Último tren a Londres

Asesinos del Zodiaco
Asesinos del Zodiaco

Bella mañana de abril, con sus rayos solares aún pálidos, despertando de su nocturno letargo, anunciando el perfecto día que comenzaba. Pájaros entonando su humilde sinfonía, como un homenaje a la madre Tierra por tan valioso regalo: un nuevo y perfecto día… Maldito sea el destino que eligió tal perfección para sellar el comienzo del final. Algo ciertamente irónico: la perfección como preludio del caos. ¡Ja! Reír o llorar, a éstas alturas es lo mismo.

A la sombra uniforme y casi fantasmagórica del Big Ben, inició el pandemonio. Nadie lo espero, la gente ignorante como siempre, enervada por la monotonía de su día a día. No se percató del instante en que los pájaros dejaron de cantar, ni cuando las flores cerraron su ciclo repentinamente, tampoco cuando los rayos solares se tornaron en un violento rojo carmesí. Sólo cuando el infierno hizo su aparición en el horizonte y sólo entonces, pudieron vislumbrar, por unos instantes, el comienzo del final. El infierno tenía forma: una poderosa explosión originada en algún punto de la urbe, liberó una nube rojiza, y aunque su estado era específicamente gaseoso, muchos jurarían que aquel infierno era bíblico, con sus llamas calcinantes y sus demonios despiadados e irascibles…

Yo, por mi parte, me encontraba en un punto levemente alejado de la ciudad (a menos de dos kilómetros faltantes para terminar el trayecto Mortuum-Londres) conduciendo ágilmente, explotando las capacidades de mi recién adquirido Alfa Romeo… cuando tu esfuerzo rinde frutos y el porvenir te sonríe, la vida siempre está dispuesta a impactarte de bruces contra la realidad, una realidad que se forja con cada mínima decisión…

Silencio, profundo e inquietante silencio. Este fue quien me dio la bienvenida a Londres. El paisaje que se me brindaba era nostálgicamente macabro: Los edificios, sus hermosas fachadas, estaban recubiertas por una capa de ceniza de una tonalidad grisácea tenue. Esta provenía de enormes nubes pastosas que la dejaban caer sobre la ciudad, cual si de copos de nieve se tratase. Dirigí mi mirada hacia las calles, fue ahí cuando una especie de terror mezclado con una infinita compasión me dejó petrificado: cientos de cuerpos inundaban las calles, cada cual tenía la posición de lo que había estado haciendo escasos segundos antes de la tragedia, dando la impresión de estar sufriendo un pacífico letargo. Madres con sus hijos en brazos, familias enteras disfrutando de su mutua compañía, parejas felices caminando por la acera, niños jugando inocentemente. Sus cuerpos: cubiertos de aquella implacable pero paciente ceniza. La mayoría tenía su mirada fija en un punto del horizonte: el Big Ben, éste había detenido su arcaico marcaje en una hora específica: 12:00

Así se mostraba frente a mí, un fantasma de lo que alguna vez fue…

Mis pasos me condujeron a las faldas del Big Ben y de ahí continuaron su curso, siguiendo siempre la dirección de las miradas que me obsequiaban mis inertes anfitriones. De esta forma llegué a la estación principal del tren londinense. Al entrar tuve un receso a la vista, en este lugar no había cuerpos, de hecho, no había nada. El lugar estaba completamente intacto, como si nada terrible hubiera pasado allí: un ambiente solitario, silencioso, muerto… Cuando mi andar alcanzó el lugar de ascenso y descenso de pasajeros (la zona de andenes), mi visión nuevamente se vio turbada: uno de los trenes yacía descarrilado sobre las vías y, en enorme contradicción al resto del lugar, este tenía un aspecto realmente deplorable: El metal en varias partes de la estructura estaba roto (evidentemente debido a un gran impacto provocado por una explosión) y con una tonalidad carmesí, los vidrios relucían como espejos pétreos, producto de un gran calor al que fueron sometidos. ¿Qué tipo de explosión rompe el metal pero no el vidrio? Esto me resultaba sumamente confuso. Ahora era evidente que dentro de ese tren se había originado la explosión que liberó aquella nube de horrores.

Largo rato me sumergí en mis cavilaciones, muchas preguntas se generaban con cada respuesta superficial que llegaba a deducir con lo poco que sabía o creía saber. Fue entonces cuando mi instinto me alertó sobre una inminente amenaza. Instantáneamente giré la cabeza y di vuelta hacía mis espaldas: una extraña y grotesca criatura me miraba fijamente, hacía movimientos con su cabeza dando paso a un marcado gesto de curiosidad (como un niño que observa algo que hasta ese momento le es desconocido). Su aspecto era realmente atroz, su cuerpo, idéntico morfológicamente al de un humano (una mujer para ser un poco más precisos) parecía estar desollado dejando ver sus senos, sus genitales y su musculatura en general, palpitantes y rojizos, un tono es específico de ese color… carmesí. Sus ojos eran completamente negros, sin párpados y su cráneo mostraba rostros de cabello, mechones dispares repartidos en algunas partes de esa zona. No me dio tiempo suficiente para asimilar lo que estaba observando, cuando de entre las lúgubres sombras, una multitud de aquellos horrendos seres fue saliendo y agolpándose frente mio, todos mirándome con la misma curiosidad. El silencio absoluto volvió a apoderarse del lugar pero no por un lapso muy largo aunque para mí, fue una eternidad. Leves pisadas que, aumentadas por el eco asemejaban al sonido de un enorme reloj, rompieron el silencio sepulcral y la multitud de seres comenzó a avanzar hacía mi, lentamente.

Sin pensarlo dos veces, emprendí la huida: bajé a las vías y crucé al otro extremo, para enseguida correr sin mirar atrás. El sonido de las pisadas aumentó su frecuencia, sabía que iban tras de mí y el eco, haciendo su parte, me hizo sentir como si el tiempo avanzara más rápido, asemejandose a un furioso reloj descontrolado. Doblé en una esquina y entré a un cuarto de mantenimiento, cerré la puerta y la atranqué con un hacha de emergencia que yacía próxima.

Han pasado cinco horas y media desde que estoy encerrado aquí, al principio violentos golpes intentaban abrir la puerta, pero con el transcurso de las horas se fueron apagando, resignando. No me atrevo a salir, sean lo que sean esas cosas, es obvio que no quieren simplemente tomar el té conmigo. Recordando un poco su aspecto, me percaté que algunos de ellos presentaban vestigios de lo que pareciera ser una capa de ceniza. Si estoy en lo cierto, y arriesgándome a sonar como un loco paranoíco, esas cosas son los habitantes de Londres y lo que sea que haya pasado en ésta estación, los convirtió en lo que ahora son. Si tomo esto por verdad, entonces (me da miedo sólo pensar en esto) caminé por Londres rodeado de esos seres, pero… ¿por qué no reaccionaron en esos momentos?

El tiempo pasa y yo sigo encerrado en este cuarto. Hace media hora los sonidos de pisadas resonaron tras la puerta, ellos han vuelto. Ahora no golpean la puerta, pero sé que están ahí y que entrarán tarde o temprano, no tengo a dónde huir, sellé mi destino al entrar en este cuarto. Probablemente ésta sea mi última noche.

Si alguna vez llegas a leer esto, espero me perdones, Lili. No pude comprarte aquel viejo libro que tanto me habías pedido, también disculpa mi ausencia en tu cumpleaños, en una semana cumplirás 14… mi pequeña hija se está convirtiendo en una hermosa mujer…

Sonríe pensando que ahora, tu madre y yo volveremos a estar juntos y ambos cuidaremos de tí, desde el otro mundo. Se feliz, te amo.

-Tobíaz Sbenson- 29/01/2016


Evidencia física 5/39 (orden cronológico), correspondiente a la investigación del suceso denominado “Día cero, año cero”.

Último reporte no oficial del detective Tobíaz Sbenson, éste escrito fue hallado en la última exploración hecha recientemente a la “Zona Cero” (antes Londres). Ésta es una de las evidencias más estimadas, debido a la descripción que se brinda de la zona, además de contar con un escueto registro cronológico. Sin embargo lo que más resalta y el punto más notorio del por qué su estimación, es su extraña incongruencia: el detective ha firmado el final de su comunicado con la fecha “29/01/2016” pero “Día cero, año cero” no se suscitó si no cuatro años después (29/01/2020).

Por los rasgos del documento podemos descartar, casi por completo, que el detective sufriera de alguna deficiencia mental en esos momentos. Así también se puede descartar algún error o confusión al momento de redactar el escrito. Quizá el verdadero motivo de estos confusos datos sea la respuesta a algunas dudas surgidas en el caso “1975”.

— Via Creepypastas

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