Evil Otto

Asesinos del Zodiaco
Asesinos del Zodiaco

¿Alguna vez has jugado Berzerk? Yo no. Es un juego muy adictivo. No obstante, si hubieras visto lo que vi y sentido lo que sentí, no jugarías tampoco. Era 1981 y, según recuerdo, un sábado por la mañana. El sol apenas había salido. Jeff tenía diecinueve años. Sin embargo, solamente era unos meses mayor que yo. Mi amigo y yo nos solíamos levantar temprano los sábados para sentarnos afuera de la sala de videojuegos a esperar que abriera. Una vez, incluso nos dieron sillas por tanto esperar.

Miré a Jeff y le pregunté qué hora era. Sacó un coriáceo reloj de mano —que nunca antes había visto— de su bolsillo. Tal vez, se lo robó, ya que siempre había sido un poco rebelde. Miró el reloj y, entre suspiros, me dijo, eran las seis y media.

—¿Cómo es que siempre vienes tan temprano? —pregunté.

—Te lo he dicho millones de veces —me respondió—. Yo siempre quiero ser el primero en jugar Berzerk.

¿Berzerk…? Él siempre jugaba Berzerk. Cuando jugaba en aquella máquina, se sacudía ligeramente de la emoción. Esperamos una hora más. A cada hora, gente —con más sentido común— aparecía.

Por lo general, teníamos que esperar dos o tres horas, desde que llegábamos, para que el lugar abriese. A las ocho en punto, un hombre barbudo se acercó desde el interior de la salón y abrió la puerta. Jeff y yo —y la pequeña multitud de personas a nuestro lado— nos apresuramos a pasar a través de las puertas de la sala de juegos. Jeff fue el primero en llegar a la caseta de monedas. Dio sus cinco dólares al joven en el otro lado del mostrador. Él le entregó veinte créditos con veinticinco céntimos. Apretó los dólares en su puño y los guardó en su bolsillo trasero. Corrió hacia la máquina de Berzerk e insertó veinticinco céntimos en la ranura. Presionó el botón de inicio y fue recibido por una voz cibernética que —a mi entender— decía “atácalo”.

Una gran sonrisa invadió su rostro. Corrió a través de cada nivel del juego, destruyendo, a su paso, a cada robot y evitando al invencible e imparable Evil Otto —o, como yo lo llamaba, la “sonrisa de la muerte”.

Después de haber gastado mis diez créditos, saqué una silla y comencé a observar a Jeff jugar Berzerk como solía hacer. Aunque la máquina llamaba poderosamente mi atención, supuesto que Jeff la ocupaba todo el día, nunca la usé.

Puso su cara contra la pantalla.

«Vamos», podía oírlo susurrar repetidamente aumentando su fuerza y violencia.

Le disparó al último robot en la pantalla y se topó con Otto. La pantalla destelló; Jeff consiguió la puntuación más alta.

Cayó al suelo. Al principio, pensé, era una broma, y reí. Empezó a revolcarse en el suelo.

—Jeff, ¿estás bien? —le pregunté.

—¡¡Jeff!! —grité tan fuerte que casi todos en la sala de juegos me miraron y al cuerpo revolcándose.

Caí de rodillas y puse mis manos en su pecho.

—¡¡Llamen al 911!! —les grité.

Cuando me volteé, pude notar que la pantalla de Berzerk brilló nuevamente. En ella, podías ver a la sonrisa demoníaca riéndose.

—Fuiste tú —le susurré.

Siempre supe que ese juego era siniestro. Nunca me agradó. El cuerpo de Jeff dejó de moverse.

—Oh, Dios mío —sollocé con mi cabeza en su pecho—. ¿¡Dónde está la ambulancia?!

Diez minutos después, oí una sirena, y, en cuestión de segundos, unos paramédicos se llevaron a Jeff. Uno de ellos trató de reanimarlo.

—¡¡Despejen!! —gritó sacudiendo la cabeza— No es bueno.

Otro se lo llevo a la ambulancia y colocó al cuerpo ya sin vida de mi compañero en una bolsa. Me apoyé en la pared junto a la máquina para sollozar.

Salí afuera y vi a la ambulancia dirigiéndose hacia el hospital. Oficialmente, Jeff murió de un ataque de corazón. Nuevamente, entré en la sala de juegos y miré a Berzerk. La sonrisa de la muerte todavía estaba allí regocijándose.

—Fuiste tú —dije señalando la máquina.

Con mi ira, atravesé la pantalla con mi puño. Volaron chispas y la pantalla se despedazó. Observé mi mano, a la cual se le había incrustado un trozo de cristal. Un largo hilo de sangre recorría mi brazo.

—¡Oye, ¿Estás loco!? —gritaba el propietario.

—No…, solo enojado.

Tras eso, abrí la puerta y salí del salón.

— Via Creepypastas

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