El libro de la abuela

El Puente Negro
El Puente Negro

De pequeño siempre tuve interés por los libros de alquimia, por la brujería, los seres mitológicos y demás… Lo oculto, lo que siempre se escapa de nuestras manos sin dar respuesta alguna. Sí, a eso me refiero: me gustaban las curiosidades, los enigmas y cosas a las que aún hoy les busco un significado; sin embargo, lo que más llamó mi atención en mi infancia fue un viejo libro que mi abuela guardaba como oro en paño.

Mi hermano y yo siempre intentábamos buscarlo cuando la abuela no estaba presente, pero sencillamente no tuvimos suerte.

Tan hermosos sus relatos, tan bellas sus palabras… Mi abuela parecía transformarse cuando lo abría para leernos aquellas páginas, y nosotros siempre estábamos extasiados por la sabiduría que emanaba del texto y sus historias antiguas.

Pero siempre tuve mis dudas acerca del libro… ¿Por qué nunca acababan las historias, no llegaba a un final? ¿Cómo no se repetían nunca? Y más importante, ¿por qué mi abuela lo guardaba como el más preciado de sus tesoros?

Una mañana de enero, mi abuela falleció. Dejó aquel libro como herencia, pero con una condición: al leer, jamás debíamos volver a la página anterior.

Eso lo escribió antes de morir. El texto nos fue entregado por un viejo amigo de mi abuela, que aún a su avanzada edad seguía ejerciendo de notario. Para darnos el objeto tuvimos que asistir a la lectura del testamento.

Él nos advirtió: “Cuidado, vuestra abuela era una mujer impresionante pero a la vez, peligrosa; por favor, en honor a ella respétenla y sigan sus consejos. Yo se los advertí, el libro ahora está en sus manos. ¡Ah! Casi lo olvido… Deberán leerlo por separado.”

Cuando teníamos el texto en manos, decidimos dejar a la suerte la selección del primero en leerlo; esta eligió a mi hermano. Saltaba de alegría, envuelto en un aura de felicidad.

A la mañana siguiente, fui a casa de mi hermano. Me encontré con una dolorosa escena: su mujer y sus dos niños lloraban encima del cadáver de él.

Mi cuñada me llenó de reproches, y concluyó casi ordenándome que me llevara “aquel maldito libro”.

Seguramente, ella sabía los consejos que nos había dado aquel viejo notario y mi hermano no les había hecho caso. Tomé el libro y, antes de llevarle a casa, me senté unos momentos en un banco del parque y lo abrí.

Estaba escrito en latín e ilustrado con antiquísimas imágenes del demonio y cosas similares; nada tenía que ver con lo que mi abuela nos “leía” de pequeños.

No salía de mi asombro mientras develaba más la personalidad de mi abuela con cada página y descubría la historia que escondía en el más preciado de sus secretos.

Pronto caí en la cuenta de que ella jugaba con la brujería o algún tipo de arte similar. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y cerré el libro apresurado, marcando la página, y emprendí la carrera en dirección a casa para seguir investigando allí sobre él.

Al llegar, el texto se escurrió de entre mis manos y llegó a parar al suelo, abriéndose justo en una de las páginas anteriores del lugar en el que me había quedado.

En ese momento lo supe todo. Lo vi todo. Lo sentí, y los vi a ellos en esa foto. A mi abuela, a mi hermano. Presencié aquellas sonrisas sobrenaturales, terroríficas, dolorosas en la muerte. En mi cabeza resonó la voz de mi abuela.

“Serás el próximo en venir con nosotros”, decía. Ya no tenía en cuenta mi alrededor, mientras fuera de la realidad observaba la imagen de aquel par de familiares.

“Pero antes de eso, tendrás el poder que te he dejado”, continuó la voz, “sabes qué hacer.”

Paso mis días contando historias a mis nietos desde aquella vez. Cuando todo acabó, aquel libro solo tuvo que estar en mis manos para darme a entender lo que haría a partir de ahora.

Las palabras fluyen de mis labios como si conociera aquellos relatos, como si en verdad los sacara de las páginas. Los niños estaban maravillados y sería fácil concluir mi trabajo para cuando muera.

Aún no estoy seguro de a cuál de mis nietos elegir, pero sea el que sea, pronto uno de ellos estará con nosotros, con mi abuela, con mi hermano, en aquella página anterior a la que habrá leído.

— Via Creepypastas

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