La tía Paca

El Puente Negro
El Puente Negro

La historia que voy a contar ocurrió a finales de los años ochenta en un pueblo de Extremadura.

Antes de comenzar a relatar la historia que aún hoy recuerdo como si me hubiese ocurrido ayer, me gustaría advertir, o casi rogar, que por favor no intentéis invocar a la tía Paca. No es un juego. Sucedió en realidad y, aunque no sé el alcance que puede tener esa “maldición” en un sentido geográfico, sí que se que dura en el tiempo. Dura hasta el fin.

Me crié en una ciudad del norte de España, allí se habían conocido mis padres, se habían casado y habían fundado nuestra familia.

Estábamos adaptados al ritmo de una ciudad de tamaño considerable con una alta actividad laboral, pero en verano aprovechábamos las vacaciones para volver al pueblo natal de mi madre; un pequeño pueblo de la Extremadura profunda.

Allí teníamos la vieja casa familiar contigua a la casa de mis abuelos. Pertenecía a una hermana de mi abuela, y al fallecer esta sin descendencia, mis abuelos la habían habilitado como casa de invitados para que mi madre, al ser la única de tres hermanos que había salido del pueblo, pudiera pasar allí las vacaciones.

Yo tenía nueve años aquél verano. Como cada año atrás, al llegar al pueblo nos estarían esperando junto a la casa familiar, los abuelos y la tía Marisa y sus dos hijas: la prima Laura de 12 años, y la prima Sara, de 9 años.

Me gustaba jugar con mis primas, al menos hasta ese verano. Laura era una chica muy ordenada, responsable, agradable y cuidaba genial de su hermana pequeña y de mi. Sara era toda energía y ruido y travesuras.

Hasta entonces, pasábamos el verano siguiendo una rutina simple: nos levantábamos, desayunábamos todos en una vieja mesa de madera situada en el porche de la casa de invitados, montábamos en las bicicletas y nos pasábamos la mañana entre remojones, guerras de globos de agua, y explorar por el bosque. Al medio día regresábamos para comer con nuestros padres.

En la hora de la siesta, como no queríamos dormir, nos encerrábamos los tres en el cobertizo de la casa, a pasar calor y a contarnos cosas y demás juegos de niños.

Fue en ese cobertizo donde ese verano cambió todo.

Para empezar, ese año la prima Laura ya no me esperaba junto a los abuelos y la tía y su hermana. Se hacía mayor y ahora se juntaba con niños del pueblo que conocía de su instituto.

Sara me contó que Laura estaba en el bosque con unos amigos construyendo una tirolina. Me dijo que podíamos acercarnos a jugar con ellos, pero la verdad es que siempre he sido un chico de carácter reservado; tímido y algo enfermizo. Me aterraba la idea de lanzarme por la tirolina y me aterraba aún más pensar en chicos mayores presionándome para ello.

Al final, como es lógico, tuve que acabar conociendo a esta pandilla de la prima Laura. Y allí comenzó todo.

Una de esas tardes asfixiantes de verano, Sara y yo nos dirigimos al cobertizo con una pila de juegos de mesa para pasar el rato, y al llegar allí nos encontramos con que Laura y tres chicos más ya se encontraban en el cobertizo.

Pude notar que cuando entramos dejaron de hacer lo que quiera que estuvieran haciendo, y que uno de los chicos se guardaba algo en el bolsillo.

-Eh chicos, no sabía que vendríais. Vaya susto -dijo Laura con una sonrisa forzada-. Tranquilos, son mis amigos del instituto: Jaime, Rubén y su hermano Lolo. Son de confianza.

-Yo ya los conozco, hasta hace un par de años Rubén iba a mi mismo colegio -Contestó Sara algo orgullosa-. Este es mi primo David.

Los chicos saludaron y yo hice lo mismo, de manera casi inaudible y sin establecer contacto visual.

-¿Qué traéis ahí? – dijo Lolo mientras se levantaba de un salto y casi nos arrebataba de las manos la pila de juegos.

  • Creo que son juegos infantiles de niños pequeños – le susurró Jaime con una sonrisa maliciosa-, ya sabes; el cocodrilo sacamuelas, el parchís, etc.

-No os burléis de ellos -dijo Laura.

-Bueno, ¿seguimos, Laurita? – le dijo Jaime, mientras se acercaba a ella y posaba un brazo sobre su cuello, dejando descansar la mano sobre su hombro.

-No, ahora no, Jaime – Le contestó Laura y apartó el brazo de este de su cuello mostrándose incómoda.

-Pero, ¿cómo que no? – se quejó Jaime-. ¡Si hoy es el día! Y traigo todas las cosas.

  • Sí, es verdad: Sábado y luna llena, madeja y albahaca, cabello de virgen y romero para la tía Paca- recitaron Rubén y Lolo.

  • He dicho que no -protestó Laura-. Y no habléis más del tema. Mi primo duerme en esta casa, y es pequeño aún y además vive en la ciudad y no está acostumbrado a estas cosas. Esta noche nos reunimos en el bosque y jugamos.

Todos acataron el requerimiento de mi prima Laura no sin alguna que otra queja y más de una alusión vedada a lo molesta que resultaba la presencia de un chico de la ciudad por allí.

Más tarde, cuando el calor dejó de abrasar las calles y pudimos salir a dar un paseo, la curiosidad pudo más que mi timidez y por fin le pregunté a Sara acerca de lo ocurrido en el cobertizo.

-Oye, Sara. ¿Qué estaban haciendo en el cobertizo tu hermana y esos chicos?

-Bah, no era nada. Supersticiones de pueblo. no tienes que hacer caso- mintió para intentar abandonar el tema-.

-No, en serio. ¿Qué es eso que recitaron acerca de una tal tía Paca? -Le insistí.

-Es una tontería – insitió-. ahora van de mayores porque están en el instituto y quieren hacer todo el tiempo cosas de mayores y jugar a juegos de miedo.

-¿Juegos de miedo?

-Sí. El rito de la Tía Paca. Ya sabes -añadió-; la hermana de la abuela. Era una vieja solterona que vivió bastante aislada en la casa que ahora han dejado para invitados. Ya sabes que esto es un pueblo pequeño, y se dicen cosas de cualquiera que sea un poco raro.

-El rito de la tía paca. En qué consiste. Qué se supone que pasa al hacerlo.

-¡Pues nada! -espetó-, todo el mundo lo sabe, hasta los niños más pequeños que nosotros saben que es solo una tontería para pasar el rato. Se supone que cuando hay luna llena y cae en Sábado, si te reúnes y recitas unas palabras, la tía Paca te responde preguntas.

-¿Que te responde preguntas? ¿Pero cómo?

-Escribes en el suelo “sí” y “no” dentro de un circulo hecho con cabello de virgen. Mamá dice que alguien virgen es alguien que aún es un niño – aclaró-. Luego Quemas romero y sostienes una madeja de hilo de cuya punta cuelga un alfiler. Dicen que puedes preguntarle cosas acerca del futuro y que la tía Paca mueve el alfiler que cuelga de la madeja hacia el sí y hacia el no.

-La tía Paca -susurré pensativo-.

Durante el resto del día no pude pensar en otra cosa que no fuera el ritual de la tía Paca. No podía parar de pensar en esa hermana de mi abuela que había sido tomada por loca o por bruja por el resto del pueblo y que había muerto casi en soledad en la casa en la que residíamos durante las vacaciones.

En la cena saqué el tema de una manera sutil, para ver si mis padres me podían aclarar algo más acerca de aquella misteriosa figura, pero todo fueron evasivas.

La verdad es que creo que mis esquivas preguntas y alusiones no fueron muy bien recibidas. Todas las menciones fueron rechazadas con frases cortas y carentes de profundidad.

Pero no importó. Estaba apunto de descubrir más acerca de la tía Paca de lo que me gustaría.

Y es que esa noche no podía dormir. No sabía bien por qué. A través de la ventana de mi dormitorio podía ver la luna llena brillando por encima de os árboles. Estos proyectaban sombras que se extendían más y más y se colaban dentro de la habitación. Se movían con el viento, y también sus sombras se deslizaban por la habitación: de los pies de la cama al armario y de este a la silla que había junto a la puerta en un balanceo sigiloso que parecía el vaivén de las olas en un mar algo agitado.

Tenía miedo, lo cual no era extraño en mi. Pero tenía un miedo extraño. Jamás había visto a la tía Paca, pero no podía evitar sentirla, imaginarla ahí en las sombras, deslizándose por la habitación como la silueta sigilosa de los arboles a la luz de la luna.

Se que no tenía sentido, pero la imaginaba ahí, arropada por las sombras. Con una sonrisa malévola en su boca desdentada y un hilo de baba cayéndole desde la mandíbula. La imaginaba mirándome y riendo con la risa de aquel que se sabe superior e invisible y con ventaja. Una cara arrugada de una piel que mas bien parecía barro ya. Unos ojos desorbitados y saltones como solo la locura los puede tornar. Un amasijo de harapos y unas manos largas y huesudas saliendo de estos, llevando su tétrico dedo indice hasta sus labios. “ shhh, David, silencio. Estamos solos tu y yo”.

No podía ser real, era solo mi imaginación. O al menos eso es lo que yo pensaba. Pero justo cuando creía que iba a enloquecer de terror, esa risilla socarrona en la cara de la tía Paca se hizo sonora. Así fue. Comencé a escuchar unas risas seguidas de un golpe y mi corazón se paró por unos segundos que me parecieron una eternidad. Sentí que mi vejiga desertaba y me hacía pis encima. Creí que iba a morir de terror.

Unos segundos después, por suerte, mis sentidos y mi cerebro pusieron toda la información en orden y contexto, y percibí que aquellas risas y golpecitos sutiles venían del cobertizo.

Salí de la cama alimentando mi voluntad de curiosidad que en ese momento ganaba por unos centímetros al terror y vi a mi prima Laura entrando la última al cobertizo y cerrando la puerta tras de sí.

No sabía bien que hacer. Me pareció que no me había visto. La casa estaba en silencio, todos dormían. Incluso mis padres habían apagado ya la televisión de su dormitorio donde mi padre veía hasta altas horas combates de boxeo. Esa noche la casa estaba envuelta en una inmóvil quietud.

Al final me decidí y agarré la linterna que siempre tenía sobre la mesilla, junto al vaso de agua.

La encendí. recorrí la habitación con el haz de luz: ni rastro de la imaginaria tía Paca. Realicé la misma operación por cada estancia que me separaba de la puerta de la calle y salí al porche. Me quedé un rato de pie pensando en si hacer o no lo que estaba pensando.

A pesar de lo cobarde que era y de lo retraído y propenso a a enfermedad de mi carácter, era muy curioso respecto a asuntos misteriosos.

Ganó la curiosidad. Caminé sigilosamente, ya con la linterna apagada hasta una de las ventanas que daba al cobertizo. una ventana que sabía que era vieja y estaba especialmente atrancada, y me aposté junto a ella.

Tal y como esperaba, allí estaban mi prima Laura, Jaime y los dichosos hermanos burlones.

Laura estaba de pie de espaldas a la ventana por la que yo miraba y movía los brazos como realizando una operación que requiriese habilidad, en uno de estos movimientos vi que sostenía lo que parecía una madeja de hilo rojo en una mano.

Agachado delante de ella estaba Jaime, escribía en el suelo con tiza roja y tenía una bolsa pequeña de plástico con algo dentro junto a él.

Rubén encendía cerillas y Lolo sujetaba unas hierbas que parecían ser romero y otras variedades más. Uno prendía y el otro sujetaba y colocaba.

A veces susurraban algo, pero no podía captar lo que decían.

Cuando hubieron terminado, al parecer, cada uno su labor, hablaron ahora un poco más alto y pude empezar a oír.

-Vale, ¿quién pregunta hoy? -dijo Laura sin dejar de mirar el circulo en el suelo ante ella-, ¿quieres preguntar lo de vuestros padres, Rubén?

-No, hoy te toca a ti, Laura – interrumpió Jaime-, ¡Vamos, diviértete!

-Si, es verdad, te toca a ti, Laura. ¿O es que tienes miedo?-se burlaron los hermanos.

-Eh, ¡ya basta! -les amenazó Jaime-. Adelante, Laura.

Formaron un circulo alrededor de Laura, todos sentados excepto ella. Sostenía una madeja de hilo rojo de la que colgaba la punta con un alfiler que apuntaba hacia el suelo.

De repente empezaron a susurrar algo ininteligible que no pude entender hasta la cuarta o quinta repetición:

“Sábado y luna llena, madeja y albahaca, cabello de virgen y romero para la tía Paca”.

Ahora que lo veo desde la distancia, imagino que sería una cuestión de sugestión, pero en aquél momento, mientras observaba desde aquél ventanuco a mi prima y sus amigos recitar aquellas palabras, sentía que con cada repetición, la noche se volvía más densa.

Mis vellos estaban completamente erizados y el ambiente se volvía como el de justo antes de una tormenta. Lo repetían y lo repetían: “Sábado y luna llena, madeja y albahaca, cabello de virgen y romero para la tía Paca” y el ambiente se volvía irrespirable.

Fue entonces, cuando absorto y aterrorizado, con la respiración entrecortada y los vellos de punta, lo sentí.

Unos dedos como garras se me clavaban en el costado, justo a la altura de los riñones y sentía como la vida se me iba. Literalmente, todo se apagaba para mi: Mis esfínteres se relajaban y soltaban lastre y yo me veía en una fracción de segundo siendo arrastrado a la oscuridad del bosque por la tía Paca, para ser aterrorizado hasta la muerte en la soledad y la oscuridad.

Al apretón de las garras le siguió una risotada, y no fue siniestra ni de ultratumba. Reconocí esa risita: la prima Sara.

-Eres imbécil -le dije ahogando un grito de ira y vergüenza- No tiene ninguna gracia.

-Calla y escucha- susurró aún sonriendo.

Dejaron de entonar el cántico y Laura se adelantó un paso y comenzó a hablar.

-Tía Paca, tía Paca, ¿estás ahí?

Pasaron unos segundos y nada parecía suceder. Podía ver la espectación en la cara de los allí presentes.

-Tía Paca, tía Paca – insistió-, ¿estás ahí?

-!Se ha movido! -gimió en un grito contenido, Lolo-, ¡Ha dicho sí!

-Tía Paca, ¿podemos jugar contigo?

-Joder -se lamentó Jaime- Se ha movido claramente al no.

-Tía Paca, ¿Quieres jugar con nosotros?- preguntó Laura.

-Vale, ahora si que quiere. Se ha movido claramente al sí- dijo Jaime mientras continuaba haciendo de transcriptor.

-¿Estás en la habitación?

-Ha dicho que no.

-¿Estás ahí fuera? ¿Puedes vernos?

-Oh, ¡Dios mío!, se ha movido claramente al sí.

-¿Puedes responder a mis preguntas, tía Paca?

-¡Guau! ¡Se ha lanzado al no!

-Tía Paca, dijiste que jugarías con nosotros-casi lamentó Laura en un susurro.

-Pero, ¿qué está pasando, Laura? ¿Estás moviendo tu el hilo? No tiene gracia.

-¡Claro que no! -lloriqueó-. Mira la aguja, golpea tan fuerte que parece intentar clavarse en el sí.

-Eh, chicos: parad con esto, ¿vale?. Estáis asustando a Lolo – pidió Rubén.

-Tía Paca, ¿qué ocurre?, ¿dónde estás? Si estás aquí con nosotros, danos una señal.

Entonces fue cuando pasó todo de una manera fugaz, pero yo lo viví a cámara lenta. Lo viví fotograma a fotograma. Mi prima Laura emitió un grito agudo y soltó la madeja cuando las luces de las velas y las linternas se apagaron al parecer, por una corriente fuerte de aire, ya que el romero ardiendo en incienso cogió el color de las ascuas y casi emitió una llamarada.

Cuando la madeja cayó al suelo, la punta con el alfiler salió disparada en dirección a la ventana por la que Sara y yo mirábamos y no nos alcanzó por una cuestión de centímetros gracias al enredo de la madeja que no dejó desprender más hilo sin modificar la dirección del proyectil. Luces apagadas, llamarada del romero, golpe sordo de la aguja en un lugar cercano y gritos ahogados. Todos salieron corriendo a sus casas cerrando el cobertizo de un portazo.

Yo estaba petrificado, como si hubieran ocurrido tantas cosas de una forma tan rápida, que mi cerebro no pudiese aún darle a cada cosa su lugar e interpretación, provocando así un bloqueo en mi capacidad motora.

Cuando por fin pude tomar el control sobre mi cuerpo, me encontré en la oscuridad de la noche, agazapado frente a una ventana que daba a un cobertizo totalmente oscuro.

Sólo caí en la cuenta de que No estaba solo, de que Sara se encontraba junto a mi, cuando el terror me invadió al escuchar las palabras “quiero dormir”, en una voz quejumbrosa sin apenas aliento.

Me giré y allí estaba Sara. Mirando sin ver. Paralizada y escrutando la oscuridad del cobertizo con sus extremidades colgando flácidas periféricas a su torso.

-Sara, ¿Qué ha sido eso? – pregunte tomándola de los hombros.

-Quiero dormir -repitió con la misma voz, sin mirarme siquiera-.Quiero dormir.

Tenía la sensación de que no reparaba en mi, como si se encontrase en estado de shock y solo pudiese repetir en bucle esas palabras.

-Sara, tenemos que irnos. Vamos, prima -le insistí-, todos han salido corriendo, tenemos que irnos.

Entonces Sara empezó a temblar. Sus extremidades temblaban como cuando uno se encuentra en un estado de shock severo. Su garganta empezó a emitir un sonido como mecánico, algo parecido a cuando los gatos ronronean pero más agudo.

Entonces se giró y me miró directamente a los ojos. Nunca olvidaré ese momento: No eran sus ojos, eran unos ojos blancos como muertos. Clavo esos ojos de pez en mi y pronunció de nuevo: “Quiero dormir”.

De nuevo sentí que me desvanecía. Mis piernas querían rendirse y dejarme caer a la húmeda hierba, pero de alguna forma y sin saber cómo, me estaba abriendo paso a través de la distancia en dirección a la puerta de la casa de invitados a una velocidad de vértigo con la sensación de que en cualquier momento unas manos invisibles me agarrarían y me arrastrarían a las profundidades del bosque.

No fue así. Llegué a casa, entré y subí las escaleras corriendo hasta mi habitación.

Una vez allí salté a la cama, me introduje en ella y me tapé la cabeza con la sábana.

No paraba de sudar y temblar completamente aterrado. Mi cuerpo entero vibraba con los sonidos de la noche y del bosque. Estaba tapado hecho un ovillo y con los ojos cerrados muy fuerte, tratando de no pensar en aquél asunto. No quería recordar, mi mente no podía soportarlo. El sonido de las hojas de los árboles movidas por el viento me hacía crepitar como una hoja en otoño, me destrozaba. El ulular de las lechuzas, el corretear de algún tejón, todo me hacía estallar en temblores de puro terror.

Fue entonces cuando a modo de Epifanía tuve una revelación. Una terrorífica revelación.

O quizás solo fue un mensaje de mis sentidos a mi mente con cierto retraso en su recepción. Mi mente se inundó con la idea: “He dejado la ventana del cuarto abierta”. El sonido de la rama de algún árbol sobre el tejado me llevaba aterrorizando unos minutos. Necesitaba levantarme y cerrar la ventana, no sabía por qué, pero necesitaba hacerlo.

Saqué una mano de la sabana buscando a tientas la linterna. Con cada intento creía morir de terror, pero no la alcanzaba.

Tras unos cuantos intentos caí en la cuenta de que me había metido tan rápido en la cama que no me la había sacado del bolsillo. La encendí bajo las sabanas y abrí un hueco para iluminar la habitación y mirar por una rendija: ciertamente, me había dejado la maldita ventana abierta.

Poco a poco fui adquiriendo el valor para sacar la cabeza del todo y alumbré toda la habitación. Apunté con un ojo medio cerrado al sillón junto a la puerta esperando ver allí sentada a La tía Paca o a la prima Sara en esa nueva versión que me había mostrado hacía un rato frente al cobertizo. No había nadie en la habitación. Eso me hizo coger fuerzas para salir de la cama y ponerme en pie. No podía estar bajo la cama. Era una cama nueva que habían comprado el año pasado y tenía debajo lo que se conoce como canapé; una especie de compartimento donde se guardan cosas.

Estaba algo más tranquilo a pesar de mi preocupación por Sara. Al fin y al cabo era mi prima, una niña sola ahí fuera en la noche. Caminé un par de pasos hacia la ventana para cerrarla ya más confiado y al extender la mano parra agarrar la manilla de la hoja, de la parte superior de la ventana apareció la cara de lo que una vez fue mi prima Sara. Colgaba bocabajo, con toda su melena cayendo al vacío, los ojos blancos con esa sórdida mirada medio tierna medio cínica. Ahora su cara era como una gran pasa, su carne era como cuero viejo. Se quedó colgando justo frente a mi, su boca se abrió y dijo: “Quiero dormir”.

Mi boca se abrió para emitir un grito que nunca parecía salir y antes de producir ningún sonido, se encendió la luz.

-¿No crees que ya es hora de estar metido en la cama?

Mi padre se encontraba justo detrás de mi, en la puerta de la habitación. En frente de mi no había nada más que el bosque, el cielo y la luna. Ni rastro de la prima Sara.

Cerré la ventana con el seguro y le dije a mi padre que no podía dormir. Le dije que había tenido una pesadilla por culpa de una película que había visto en la televisión.

Mi padre siempre fue un hombre comprensivo, me preguntó que si estaba pidiendo ir a la cama con mamá y con él. Le dije que si y que si podía pedirle algo más. Quería saber si había alguna puerta o ventana abierta y me dijo que revisaríamos la casa como hacíamos cuando era pequeño y tenía miedo. Así lo hicimos. Me fui a la cama con mis padres algo más tranquilo.

Durante toda la noche no paré de tener pesadillas de todo tipo. Veía a la tía Paca. Y a la prima Sara, y a una devorando a la otra.

Cuando desperté estaba solo en la cama. Vacilé antes de sacar los pies de la cama, ponerme en pie y llamar a mis padres. Los llamé y no me respondieron, pero escuchaba el rumor de cierta actividad en la cocina.

Allí, mi madre estaba al teléfono con cara de preocupación y mi padre estaba plantado frente a ella como esperando descifrar en sus gestos y sus escasas palabras algún mensaje en clave.

Cuando colgó el teléfono en su soporte de un golpe, se abrazó a mi padre consternada.

-¿Qué ocurre, mamá? -le pregunté.

-La prima Sara, hijo-me contestó con lágrimas en los ojos-, que va camino del hospital. La ha recogido una ambulancia. Lleva toda la noche con fiebre altísima y convulsiones. No saben qué puede ser.

Sentí que me iba a volver loco. Visualicé a la perfección aquella cara desencajada colgando del tejado frente a mi. Aquella sonrisa demente. Esos ojos vacíos. Me puse a llorar y me abracé a mis padres.

-Tranquilo, hijo. Se va a poner bien.

Mi prima Sara se pasó tres semanas en coma. Le diagnosticaron una encefalitis hasta entonces desconocida. no sabían muy bien si era vírica ni qué la estaba produciendo. Nosotros volvimos a la ciudad antes de que se recuperase y mamá viajaba a Extremadura los fines de semana mientras Sara seguía hospitalizada.

Nunca hablé con Laura acerca de aquél incidente.

Tampoco hablé nunca con nadie del asunto.

Sara nunca terminó de recuperarse, empezó a ir mal en los estudios y tenía problemas para relacionarse. Achacaron todo esto a la enfermedad que había aparecido, pero su estado no paraba de empeorar y llegó incluso a agredir de una manera bastante brutal a unas compañeras en los baños de la escuela. Fue expulsada.

Durante toda esta etapa no volví a relacionarme con ellas ni con esa parte de la familia. Dejamos de bajar a veranear a la casa del pueblo.

No tengo miedo de mi prima Sara, se que no es ella, es esa otra cosa: La tía Paca.

Ahora voy a verla un sábado de cada mes a la institución psiquiátrica en la que lleva interna desde los doce años. No voy a decir el nombre para preservar su intimidad. Las visitas curiosas podrían alterarla.

La visito una vez al mes y cuando me dejan con ella en la habitación se que no estamos solos. La siento. Siento su podrida respiración. Huelo su pestilente baba, su maldad. Nos observa desde cada espejo, desde ese rincón en la oscuridad. Susurra con el viento entre las hojas: “Quiero dormir”.

Siempre le llevo incienso de Romero a Sara y quemamos un poco.

Se alimenta del incienso de Romero y del miedo y la oscuridad.

No quiere jugar, quiere dormir.

Quiere dormir.

¿Podéis oírla?

— Via Creepypastas

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