Hidrofobia

Asesinos del Zodiaco
Asesinos del Zodiaco

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Julia se sintió mareada nuevamente. Comenzó a ver doble el apagador de la luz de su cuarto. Hacía un par de semanas que su salud empezaba a decaer. Justo la semana pasada se había desmayado en el parque. Su médico lo atribuyó a una insolación, pero Julia estaba segura que había visto algo ese día. Algo tan horroroso que la hizo perder el conocimiento. No recordaba qué había visto, pero sentía un temor irracional.

Apoyó su mano en la pared, con la otra apretó sus sienes. Respiró profundamente tres veces con los ojos cerrados. Al abrirlos, la visión doble se había quitado. Suspiró aliviada, no tendría que alarmar más a sus padres. Tomó su toalla y se dirigió al baño para ducharse.

Las gotas de agua tibia corrieron desde su cabeza hacia sus pies generando un efecto relajante en la adolescente. Pensó en su mascota, un gato llamado Pippy, que no había visto en casi un mes. Pippy acostumbraba salir de casa por los días pero siempre regresaba al anochecer. Pero hace un mes su gato regresó y sin saber por qué mordió la mano de Julia, después no volvió a la casa. Su madre despreciaba a Pippy, simplemente porque no le gustaban los felinos. Por esa razón no les dijo a sus padres que Pippy no estaba y que le había mordido. A final de cuentas, solo era un rasguño leve poco visible y su gato regresaría tarde o temprano.

Abrió los ojos con la cara frente a la regadera. En ese momento vio un rostro grotesco dirigirse hacia ella con gran velocidad. Gritó aterrorizada. El sobresalto la hizo dar un paso hacia atrás pero su pié resbaló. Girando sobre su pié logró poner las manos antes de estrellarse en el piso de la bañera evitando golpear su cara, mas su muñeca derecha cedió al recibir el impacto dislocándose al momento. El inmenso dolor la hizo gritar nuevamente.

Por fuera del cuarto de baño, su madre gritaba alarmada tratando de abrir la puerta sin éxito. Julia se levantó rápidamente, trastabillando retiró el seguro de la puerta y se sentó en el excusado. Su madre entró llenando a la joven de preguntas. Julia sólo se limitó a indicar que se había resbalado, omitiendo la visión que la hizo caer. Su madre, consternada, la ayudó a vestirse para dirigirse al hospital.

Afuera llovía, como normalmente llueve en verano. Las gotas de lluvia formaban delgados canales sobre los vidrios del automóvil. Julia miraba hacia afuera con la mirada perdida cuestionándose sobre lo que había visto en la ducha y si era prudente decírselo a alguien.

Al llegar al hospital, la madre de Julia estacionó el auto. Abrió la puerta trasera para sacar el paraguas, mientras, Julia bajó la mirada desde el cielo hasta un charco en el pavimento. De ahí salió una cabeza muy similar al horrible rostro que la hizo caer en la ducha. La criatura sacó una mano de dedos alargados y membranosos con la que se apoyó para salir del charco como si de un agujero se tratase. Al revelarse completamente, la figura mostró un cuerpo humanoide desproporcionado. Sus brazos eran más largos que sus piernas. Sus ojos estaban abultados y sobresalían como protuberancias de su frente. Su piel se veía lisa, brillante como la de una salamandra. En un parpadeo, la criatura se abalanzó hacia Julia. Ella abrió los ojos de par en par, intentó gritar pero sus pulmones acababan de exhalar. El monstruo llegó en instantes a la puerta del automóvil y saltó en dirección de la ventana.

Julia apretó los ojos al ver la figura volar por el aire, pero al abrir nuevamente los ojos solo vio una gran ola de agua rompiendo en la ventana del pasajero. Su madre asomó la cabeza para gritar un insulto a la ambulancia que había pasado junto a ellas a toda velocidad, arrojando una cortina de agua en su dirección. Al deslavarse el exceso de agua, Julia pudo ver a la ambulancia alejarse y nada más.

Una vez dentro del hospital, mientras enyesaban su muñeca, Julia volteó hacia la ventana del consultorio. La lluvia se había convertido en un aguacero torrencial. El viento mecía violentamente las ramas de los árboles. La densidad de la lluvia no dejaba ver más allá del jardín central del hospital. Ella se sentía adormecía por los analgésicos que le habían suministrado. Su vista se desenfocaba en intervalos. Observó a través de la ventana cómo desde la cortina de agua salían más figuras como la que vio afuera del hospital. Primero eran tres, después ocho, poco después eran más de doce. Poco a poco sus números se incrementaban al salir más criaturas del agua.

Un hombre que corría por el jardín para liberarse de la lluvia pasó justo enfrente de uno de los monstruos como si no los viera. Las criaturas por su parte, se limitaron a seguirlo con la cabeza. En cuanto el hombre entró al hospital, ellas reanudaron su caminata en dirección de la jovencita. Sus miradas fijas en Julia. Ella quiso gritar, pero su mirada se había hecho borrosa. Se llevó la mano a la cabeza y perdió el conocimiento.

Al despertar, la adolescente se vio rodeada de enfermeras. Entre la multitud distinguió a su madre preocupada quien le dijo que todo iba a estar bien. El médico entró para atender a Julia. Tras verificar información con una de las enfermeras se dispuso a hablar con la madre de su paciente. Julia no pudo escuchar lo que decía, mas alcanzó a leer en labios del doctor que su temperatura estaba muy elevada y que probablemente estaba delirando.

Julia se sintió de alguna forma aliviada al enterarse de eso. Era muy probable que sus visiones se trataran de eso nada más. Recargó su cabeza en la almohada para descansar su cuello. Su mirada se fijó afuera de la habitación donde una enfermera tropezó con un camillero dejando caer un vaso con agua. El horror recorrió todo su cuerpo al ver una mano con dedos membranosos salir del charco de agua dejado por el accidente. Julia gritó nuevamente, tomando a todos fuera de balance. Se puso de pié violentamente arrancando la intravenosa de su brazo. Corrió hacia la salida del hospital mas no pudo cruzar el portal. Afuera llovía a cántaros y las creaturas, que ahora eran cientos, esperaban en el agua caminando entre los autos y a través de las banquetas. Un hombre entró apresurado, chorreando agua desde su gabardina empapada. Detrás de él, uno de los monstruos le seguía hasta donde el agua dejo de escurrir. El anfibio ser se giró hacia Julia y extendió el brazo. El rostro sin párpados, con los labios tan delgados que no cubrían una dentadura de largos incisivos provocó que la adolescente desmayara en un ahogado grito de repudio hacia el agua.

Cuando volvió a despertar, Julia se encontró amarrada a la cama. Dedujo que era para evitar que saliera corriendo nuevamente. Sabía que tenía que estar cansada pero una corriente de adrenalina en su cuerpo la mantenía alerta. Sudaba en frío mientras volteaba a todos lados para ver si las criaturas la habían seguido. Tenía que correr, explicarle a alguien lo que veía y que todos ignoraban. Comenzó a sacudirse para intentar soltar sus ataduras mas no pudo lograrlo. Gimió y gritó desesperada apretando los dientes con frustración. Alguien tenía que escucharla. Alguien tenía que creerle. Alguien tenía que ayudarle a correr la voz. Todos debían alejarse del agua.

Continuó peleando contra las ataduras al punto que ignoró a una enfermera que llegaba saludando amablemente. La enfermera traía una bandeja con agua y unas vendas. Le explicó que debían bajar su temperatura lo más rápido posible y que el medicamento no daba resultados. Julia solo vociferó violentamente ordenando que alejaran el agua de ella. El monitor conectado a su dedo, indicaba un ritmo cardiaco muy acelerado e irregular. La enfermera al percatarse de esto, dejó la bandeja junto a la cabeza de Julia y asomó por la puerta para llamar al médico. La adolescente se sacudía tan violentamente que tiró la bandeja, regando el agua por todo el piso del cuarto. Desde ahí salieron tres creaturas que la miraban fijamente con sus ojos lechosos sin pupilas. Julia gritó desgarrando sus cuerdas vocales cuando los monstruos le tomaron de la frente cubriendo sus ojos.

En su mente comprendió todo. Entendió que ellos viajaban a través del agua, atrapados en la nada donde el tiempo era solo una palabra sin valor ni significado. Condenados a solo absorber la vida de aquellos que los pueden ver. En la antigüedad se regocijaban con las vidas humanas pero con el paso de los siglos era más difícil que nosotros los podamos ver. El sabor de una vida humana se había convertido en algo altamente adictivo y escaso. Más ahora que solo se alimentaban de pequeños mamíferos insípidos. Ella comprendió que a partir de este momento sería parte de ellos hasta que le consumieran por completo. Entendió sus nombres, la razón de su maldición y la eterna miseria a la que fueron y serán sometidos eternamente.

La enfermera volteó al no escuchar los gritos de Julia. La vio en la cama, con la espalda encorvada antinaturalmente rígida y hacia atrás. En el instante en que la enfermera registró la escena en su memoria, el cuerpo de su paciente se relajó. El monitor emitió el monótono sonido que indica la falta de pulso cardiaco. Rápidamente llegó el médico con más enfermeros dispuestos todos a reanimar a la jovencita. Pero no lo lograrían. Pues la vida de Julia pertenecía ahora a los condenados.

Tras la autopsia, los médicos informaron a sus padres la causa de muerte. Les explicaron que la fiebre, los episodios de violencia y las alucinaciones se debían a que su hija, de alguna forma que no lograban comprender, había contraído el virus de la rabia. También conocida como hidrofobia.

— Via Creepypastas

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