Atrapados en el sótano

Gerardo y cuatro amigos estaban sentados en torno a una mesa, jugando a las cartas. Su lugar de juego era el sótano. Los antiguos dueños de la casa, los padres de Manolo, uno de los amigos de Gerardo, permitían que jugaran pero en ese lugar. Por costumbre siguieron divirtiéndose en el sótano, incluso después de la muerte de los padres de Manolo. Allí abajo tenían todo lo que necesitaban: una heladera, una mesa redonda, sillas, un ventilador y la compañía mutua. Y con algunas cervezas, fiambres y cubitos de queso, ni notaban las horas que iban pasando entre risas y bromas.

Como a la una de la mañana hicieron silencio y escucharon; a uno de ellos le pareció escuchar que tocaban el timbre de la casa.

—¿Estás seguro de que escuchaste algo? —preguntó uno, y miró sus cartas y las acomodó.

—Sí, creo que sí, pero ahora no oigo nada —le contestó el que creyó oír el timbre.

—¿Quién sube a ver? —preguntó Gerardo, y miró a trasluz una botella para comprobar si le quedaba algo. Los amigos se miraron pero ninguno se ofreció. Entonces Manolo, mientras intentaba pinchar un trozo de salame con un mondadientes, les dijo:

—No se molesten, si era alguien ya se fue. Sigamos, que les voy a ganar esta partida, y las otras, ¡jajá!

—¡Claro! Eres el rey de la buena suerte —bromeó el que hasta ahora se había concentrado solamente en sus cartas. Y así siguieron su trasnochada. Desde la calle a veces llegaba (siempre apagado) el sonido de autos circulando a toda prisa, y entre ese ruido de motores, frenadas bruscas y bocinazos, se entreveraba algún grito; pero el sonido era tan débil, y la reunión de los amigos tan ruidosa, que siguieron su juego ignorando completamente lo que pasaba en la ciudad.

Gerardo, después de bostezar, miró su reloj.

—Qué tarde que es —dijo—. Me voy a tener que retirar.

—¡Ya te vas! —exclamó Manolo—. Pero si recién son las… —y miró el reloj—, ah sí, es tarde.

A los otros también les pareció que era tarde y resolvieron dar fin a la juerga. Al salir del sótano escucharon con claridad el caos que se desataba afuera. Se miraron sin entender nada, y fue Gerardo quien reaccionó primero, y yendo hasta la ventana espió hacia afuera. No pudo ver hacia la calle, un rostro estaba recostado en el vidrio, un rostro de ojos rojos y cara sanguinolenta y desgarrada.

El susto lo hizo retroceder, pero en ese mismo instante rompieron el vidrió de un puñetazo; volaron añicos hacia todos lados, y un brazo alcanzó a Gerardo, lo jaló con fuerza y lo arrojó hacia afuera. Gerardo rodó y se levantó rápidamente; su agresor, que era un zombi, se le abalanzó intentando morderlo. Tras luchar unos segundos consiguió proyectar al zombi y tomar distancia. Sus amigos abrieron la puerta y le gritaron que entrara.

Por la calle se iban acercando otros zombis que avanzaban dando gemidos aterradores. Entre todos intentaron tapiar la ventana, pero ya era muy tarde. Entonces bajaron al sótano y quedaron en silencio. La puerta era resistente y los zombis no los habían visto entrar allí.

En la oscuridad, los escucharon recorrer la casa, y cómo luego la abandonaban.

En medio de aquella situación inexplicable y aterradora, se sintieron relativamente a salvo en el sótano; pero ignoraban que no era así, pues el arañazo que tenía Gerardo en el pecho estaba empeorando rápidamente.


Via Creepypastas


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