Un olor embriagante

Asesinos del Zodiaco
Asesinos del Zodiaco

Siempre me ha encantado el olor de las flores, creo que por eso sigo con la que me ha dejado mi madre desde que murió. Todo ha sido raro desde entonces, las personas esperan que les vaya bien en su negocio, pero no creo que sea mi caso. La primera vez que hubo una gran venta en la florería, dos días después, tuve que hacer una entrega de flores a un funeral, un familiar materno había fallecido, es muy curioso, pues toda mi familia materna es muy saludable y murió de un paro cardíaco, pero no pude atar cabos en ese entonces, una cosa no tenía mucho que ver con la otra, pero ahora lo veo tan claro… y quizá nunca me debí de dar cuenta.

Al día siguiente, las flores estaban tan hermosas y tan radiantes, tenían un aroma increíble, un olor dulce, tan pero tan adictivo, aunquela venta no fue la gran cosa ese día,eventualmente, el día llegó, hubo una gran venta de tan bellos objetos. Pasaron de nuevo dos días y la noticia llegó a mí, otro familiar materno, no lo podía creer, pero la venta iba muy bien, no podía darme el lujo de mandar flores, un poco egoísta de mi parte, lo sé, pero no nos llevábamos mucho y ver cómo el negocio prosperaba me daba tanta alegría. Poco a poco las flores empezaban a carecer de belleza, se veían tristes, casi marchitas, la venta iba decreciendo, hasta tener que pasar días sin vender. Así pasaron un par de meses sin siquiera vender una mísera flor, estaba entrando en la desesperación, no podía pasar más tiempo sin vender o tendría que cerrar el local de mi madre. Un día, con el alcohol en la sangre, la desesperación y el estrés en viva piel, llegó a mi cabeza una conjunción de cosas, las flores estaban maravillosas después de haber muerto un familiar y haber mandado flores, entonces, solo tenía que elegir a un familiar y mandarle flores, solo… flores.

Esa noche fui hacia la foto de mi madre en la tienda, le pedí perdón y con lágrimas en los ojos, agarré un cuchillo, me dirijí hacia la casa del familiar más cercano, tardé alrededor de treinta minutos en coche. Llegué a su casa, escondí el cuchillo en el bolsillo trasero y fui caminando lentamente a la puerta, paso tras paso que daba resonaba en mi cabeza, ¿Qué estaba haciendo en ese momento?, toqué un par de veces la puerta de mi tía, ella me abrió. Me saludó con un atisbo de extrañeza en su semblante, se le hacía curioso que yo la fuera a visitar después de tanto, ví que le incomodaba mi presencia, lo suficiente como para no invitarme a pasar, sospechaba algo, maldecía en ese momento que las personas mayores tuvieran cierto “tino” ante las situaciones. Intenté hacerle plática, pero ella me era muy evasiva, poco a poco, la desesperación se apoderaba de mi, patee la puerta y ella dio un salto hacia atrás, la tomé del cuello, la azoté contra el suelo, montando en ella, quitándole la movilidad y sacando el cuchillo con la mano libre, pensé, por ultima vez, lo que estaba haciendo, mis músculos se empezaban a relajar. Mi vista terminó postrada en la mesita del comedor, en ella se encontraban unas maravillosas flores, podía casi oler la esencia de aquellas flores, aquel gran olor. Por mi cuerpo entró una rabia jamás vista. Cuando caí en cuenta de mis actos, el cuchillo había insertado al menos quince veces por todo el cuello, las flores de la mesita se encontraban en mi regazo, siendo tambaleadas por el temblor de mi cuerpo, me recorría el miedo, la excitación y la adrenalina, estas salpicadas de aquel líquido rojo proveniente de mi familiar, el olor de estas mezclado con la sangre, se hacía un portento. Al día siguiente las flores de la tienda de nuevo contaban con un espectacular aspecto.

Cada momento en el que las flores empezaban a carecer de aroma, de porte, de belleza, conseguía un familiar, los visitaba y corrían la misma suerte. Hasta el momento en el que no encontraba más familiares, había acabado con toda mi familia, yo solo. La desesperación llegaba de nuevo, veía como las flores se les iba su característico olor y cómo perdían la belleza. Una fría noche en que la tienda ya estaba a punto de cerrar, no aguanté más, me hallaba enojado, empecé a tirar todo, entre todo lo roto en el suelo, se encontraba una carta, en ella pude leer que ella también usaba sangre de personas para rociar las flores, esto las dotaba de un aroma característico, de una belleza inigualable. No aguantaba más el hecho de no tener las hermosas flores, con mi cuerpo tambaleante, como si estuviera en una etapa de “abstinencia”, tomé las tijeras que se usan en la florería, agarre con mis dos manos, y con la mayor fuerza que se pude, clavé las tijeras en mi garganta y con la consciencia que se me iba yendo junto a la vida, empecé a dar vuelta, chorreando borbotones de sangre en las flores. Lo último que puse sentir fue un olor embriagante.

— Via Creepypastas

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