Pregúntaselo a Tara

Asesinos del Zodiaco
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Hay ocasiones en las que las ganas de saber y la curiosidad dominan la mente de una persona. Con más razón si el propietario de la mente es adolescente. Adolescentes, con toda una vida por delante y una curiosidad imposible de saciar. A veces, descubrirlo todo, puede resultar un poco peligroso.

Tara. Así se llamaba el nuevo juego que se había puesto de moda entre los jóvenes. Desde hacía unas semanas, esta aplicación era la comidilla de institutos y universidades. Un fenómeno de internet. Nadie sabía su procedencia, pero todos quedaban maravillados ante la idea de conocer su futuro o la respuesta a alguna pregunta, siempre y cuando no fuera demasiado comprometida. Tara respondía a todas tus preguntas. Lo más escalofriante era que las acertaba y no era ningún truco para engañar a tus amigos y quedarte con ellos. Tara era realmente escalofriante, no a todo el mundo le gustaba. Había gente que le asustaba la idea de saber lo que no debían. La mayoría de los jóvenes se divertían preguntándole cuestiones triviales.

Lucía estaba enganchada a ese juego. Cada día, a la hora del recreo, sacaba su portátil y escribía en un buscador “Pregúntaselo a Tara”. Aparecía una página, en negro, bastante cutre, con una barra blanca donde tenías que formular la pregunta. Tara te contestaba al instante. Ella nunca se había preguntado quien era Tara. ¿Qué había detrás de la pantalla del ordenador? ¿Qué mente brillante estaba detrás de todo ese fenómeno? Desgraciadamente, Lucía tenía por íntima amiga a Blanca. Su amiga era muy inteligente y siempre le había gustado darle la vuelta a todo y preguntarlo todo. Cuando llegó, tardó poco más de quince segundos en interesarse por la página web. Pareció gustarle la explicación que su amiga le dio. Acto seguido, se sentó al lado de Lucía, Blanca también quería jugar.

—¿Cómo me llamo? —tecleó Blanca en el portátil de su amiga.

—Blanca Cappir —salió al instante en la pantalla del ordenador.

—Te lo he dicho, lo sabe todo. El futuro también, pregunta algo más —dijo Lucía a su amiga.

—¿Qué voy a cenar esta noche? —escribió en la delgada barra.

—Merluza con patatas cocidas —respondió Tara.

Aquella misma noche, Blanca cenó merluza con patatas cocidas. Ante el reciente desconcierto, empezó a dolerle la cabeza. Siempre que se ponía nerviosa o no llegaba a entender algo, le dolía la cabeza. Estaba tendida en su cama, repasando mentalmente los apuntes de Historia, cuando vio su ordenador enfrente del escritorio. Siempre había estado allí, pero hoy lo veía con diferentes ojos. Se levantó y acarició la tapa del portátil. Después lo abrió y se sentó en la mesa. Quería preguntarle a Tara un par de cosillas. Entró a la página web y de nuevo se encontró con la barra, su cabeza estaba en blanco. Así que decidió preguntar una chorrada.

—¿Cuál es mi fecha de nacimiento? —escribió, pensando que no acertaría.

—8/04/1990 —pudo leer Blanca en la pantalla.

Blanca se inquietó un poco. Se asustó, incluso. Fue a la cocina por un vaso de agua y volvió. Ahora iba a hacer preguntas más difíciles.

—¿Cómo he llegado hasta ti? —preparó una pregunta trampa.

—Has visto jugar a tu amiga Lucía y no te has podido resistir —contestó Tara.

Blanca se apartó instintivamente del ordenador, como cuando la presa intenta huir del cazador. Lo que ella no sabía era que, en vez de alejarse, se estaba metiendo en su boca.

—¿Quién eres? —inquirió Blanca.

—Soy Tara —contestó el ordenador.

—¿Dónde estás? —escribió Blanca con más miedo que curiosidad.

—En la pantalla de tu ordenador —salió nuevamente una respuesta.

—¿Qué pretendes?

—Contestar preguntas —escribió Tara.

Blanca cerró la página y el portátil. No se volvió a meter en esa web por mucho tiempo. La fiebre de Tara se pasó y no quedó ni siquiera un atisbo de todo lo que fue en su día. Sin embargo, mientras sus amigas parecían no acordarse, Blanca continuaba pensando en el misterio que en su mente había suscitado Tara. Ya nadie hablaba de ella. A la hora del almuerzo, las conversaciones entre chavalas eran muy insulsas. Blanca intentó aportar algo de entretenimiento.

—¿Os acordáis de Tara? —preguntó.

—Desde luego, que friki eres, Blanca —contestó Lucía.

—Yo sí me acuerdo, pero hace mucho tiempo que no me conecto —dijo Mar.

—De repente, un día, se dejó de hablar de Tara —retomó la conversación Blanca.

Un día después, un sábado sin saber qué hacer, Blanca se metió en internet con el objetivo de pasarlo bien. Entró a un foro en el cual estaba registrada desde hacía ya tiempo. En el foro se hablaba de temas paranormales de actualidad; era una página bastante seria. Nada de historias de terror ni tópicos.

Fue indagando por el foro hasta que encontró una entrada llamada “Tara”. No aguantó las ganas de saber más y fue leyendo todos los comentarios. La persona que había creado la entrada se limitaba a informar sobre Tara, después la gente que comentaba hablaba sobre posibles hipótesis de qué o quién era Tara. La mayoría decía que era un programa informático capaz de registrar todos los archivos de tu ordenador, abrir tu cámara web, hacer un retrato de ti y buscar fotos y datos que se supieran de ti en internet. Esta última teoría no explicaba cómo había adivinado el futuro y cosas de otras personas.

Blanca, intrigada, volvió a la carga otra vez. Ahora no iba a asustarse y llegaría al fondo del asunto. Como sabía el URL de memoria, lo escribió en la barra de direcciones. Se llevó una gran sorpresa al ver que la página no existía. Intentó entrar otra vez; nada. La página no existía. “La habrán borrado”, pensó. Por la noche, volvió a intentar acceder a esta página, pero fue en vano.

Habían pasado meses desde que Blanca había intentado entrar en la página de Tara con un resultado negativo. Estaba en la sala de espera, en el hospital, su madre había entrado hacía veinte minutos. Se oyó un leve ruido al salir Berta, acompañada de su marido Julio. Eran los padres de Blanca. Berta se puso la mano en su abultado vientre de cinco meses y Julio la cogió de la mano. Juntos se sentaron al lado de Blanca. Tenían que esperar un poco para irse porque Berta había sufrido una rampa muy fuerte en el pie y no quedaban sillas de ruedas disponibles. El padre de Blanca se dirigió a su hija.

—Blanca, va a ser una niña —afirmó con una sonrisa en los labios.

Berta miró a su marido, parecía muy enamorada.

—Se llamará Tara —susurró la madre de Blanca.

Blanca sonrió, tardó en pillar lo que acababa de decir su madre. Pero enseguida asoció el nombre de su futura hermana con el jueguecito de la página web que había expirado.

Un momento, cinco meses llevaba su madre embarazada. Cinco meses hacía que había querido entrar a la página web de Tara y no había podido.

— Via Creepypastas

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