Perra caliente

Asesinos del Zodiaco
Asesinos del Zodiaco

Una hermosa chica de cabello negro y corto despertaba de a poco, mareada y confundida; yacía atada a una silla y miraba alrededor del lugar, tratando de recordar como terminó en ese sitio. No se veía nada mal: parecía el departamento de una persona de buena posición económica. Trató de levantarse de esa silla, pero cayó en cuenta de la presencia de aquellas sogas que la mantenían unida a ese objeto.

Cuando quiso mirar hacia otro lado, se encontró con una persona que se acercaba a donde ella estaba. Intentó gritar, pero no salía ni un grito; sólo quejidos gracias a aquella pelota que tenía en su boca: estaba tan aturdida que ni siquiera notó eso.

  • Al menos ya despertaste, ramera de mierda -Decía ese joven, de cabello largo y castaño, mientras caminaba. Llegó finalmente y se ubicó detrás de la silla.- No recuerdo haberte dado una invitación para que entraras a mi casa, ¿por qué diablos lo hiciste? -Le jalaba fuertemente de su cabello, inclinándola hacia atrás- ¿Venías a buscar una verga o qué?

La pobre chica sólo se quejaba, e incluso empezaron a escurrir lágrimas de sus ojos; por desgracia, ver eso emocionó al joven a tal grado que empezó a lamer sus mejillas, por las que corrían las lágrimas.

  • Llora, perra; llora como si no hubiese un mañana. Soy capaz de ir a buscar a tu puta madre y cortarla en dos con tal de que llores más… -Lamía con desesperación mientras ella seguía llorando, esta vez en mayor cantidad.

Con ayuda de sus dedos, abría los parpados de la dama y lamía ese hermoso ojo color miel; su lengua (que parecía más de una serpiente) recorría con placer aquella esfera. El rostro de la joven se teñía de horror pataleaba y apretaba la silla tratando de moverla para caer pero era inútil.

  • Maldita sea, me encantan tus ojos… Tendré que quitarte ambos; si uno sabe tan delicioso, los dos deben saber a gloria. Aunque, pensándolo bien… Toda tú ha de saber muy bien… -Le diouna fuerte cachetada, separándose de ella; de su bolsillo extrajo unos guantes de látex, para después ponérselos.

La nena sólo seguía llorando, cerrando sus ojos; tal vez, si los cerraba lo suficientemente fuerte no le harían tal daño, o por lo menos le dejarían uno. Después escuchó aquellos pasos que se alejaban, y al rato se acercaban nuevamente. Ese joven debía estar tan cerca de ella que podía sentir su olor. Sólo porque ya lo conocía sabía que era hombre: realmente ni lo parecía, y tampoco olía como uno. _“Puto de mierda, me matará si no salgo de aquí…”_decía entre sus pensamientos, mientras la saliva goteaba de su boca. Si él no la mataba, sus propios fluidos aprisionados por aquella pelota la ahogarían.

Sintió unas manos que quitaban suavemente esa pelota de su boca: su ropa se mojaba con todo el líquido que escurría. Aún sin abrir los ojos, sintió sus manos volver a tomar su rostro y acariciar su mejilla, que estaba roja del primer golpe que le habían dado.

Poco a poco, sus labios chocaron con los labios de otra persona: parecía que eso era como el fetiche de alguien enfermo, que primero maltrata y después complace; pero los pensamientos de ella fueron interrumpidos por un dolor indescriptible y un sonido similar a si hubiesen arrancado un trozo de carne. Una fuerte mordida y su lengua pasó a ser arrancada de raíz. No pudo evitar abrir los ojos y mirar con horror cómo ese muchacho tenía la lengua de ella en su boca; como si nada, la alzó con sus manos y la masticó como si fuese una gomita. De la boca de la joven salía a borbotones la sangre; ya no podía articular ni una simple palabra. Sólo se escuchaban sus quejidos horribles mientras se agitaba de la silla.

  • No me quiero imaginar cómo te hubieses puesto por tu ojo… Por favor, ¡sólo es una puta lengua! Aunque, ¿ahora cómo le chuparás la verga a tus clientes? -Se burlaba él, para después acercarse a ella con un pela-papas que había tomado de la cocina anteriormente. Tomaba una de las piernas de ella, mientras soportaba las patadas que le daba con la otra.- Puta madre, ¡deja de patearme o te voy a arrancar la pierna!

Le hizo un corte en la otra pierna con la punta del utensilio. Los quejidos de ella se hacían más fuertes, hasta que la piel de su pierna era rebanada; para ello había buscado ese objeto ese desgraciado ser. La desollaba con ayuda de ese objeto, dejándola en carne viva: se notaban los músculos, y la sangre caliente manchaba a ese chico.

  • Me a cierto asco lamer tu sangre, no vaya a ser que me des sida, con lo fácil que eras, debes de tener hasta enfermedades que ni si quiera han sido descubiertas… Aunque, ya comí tu lengua… -Miraba como esa joven de a poco se desmayaba; era lógico, tanta sangre que salía de su cuerpo la había puesto demasiado débil.

Esta situación hacia enojar al joven, por lo que tomó una rebanada de limón y la apretó con todas sus fuerzas, haciendo que el líquido goteara en esa carne roja, ensangrentada. Esto hizo que la chica se estremeciera y soltara un débil ruido, apoyándose completamente de la silla.

  • ¿Por qué diablos ninguno aguanta? ¡Perra de mierda! Despierta… -Se levantó para después bajar la bragueta de su pantalón y sacar su miembro; apuntaba con él hacia el cuerpo de la dama, para así comenzar a orinarla. Aquel líquido amarillento y tibio cubría a la chica, la cual ya ni si quiera se movía.- Ya está fría como un helado, un helado de puta… -Decía, acercándose lo más que podía, desatándola y tirándola al suelo justo en ese charco de orín. Ese ser enfermo se deleitaba con el cuerpo frágil que yacía en ese piso.- Sería una pena desperdiciarte… Lo malo que ya no sientes nada y ni siquiera estas tan pútrida como para que me excites. Pero como soy una buena persona, te haré el favor de ser tu último polvo, porque después que termine no creo que quede ni un pedazo de ti.

Tomó el cuerpo inerte de la dama, para después arrastrarlo hacia un lugar más cómodo: en este caso, era la cocina. La acomodaba en el suelo para después ponerse en una posición confortable, y con una navaja pequeña le cortaba el pantalón hasta que de esa prenda sólo quedaron hilos colgantes.

Miraba la ropa interior de esa chica, y para sorpresa de él, al querer quitarla de la intimidad, estaba cubierta por una toalla femenina. Como si nada, la hizo a un lado, viendo el ensangrentado panorama. Acercaba su lengua y lamía con gusto hasta meterla por completo; succionaba toda la sangre sobrante. El hedor repulsivo de esa sangre pútrida para él era algo exquisito, tanto, que hasta comía los coágulos de sangre como si fueran pedazos de fresa.

  • Sabes mejor muerta que viva…

Lamía sus labios, manchados ahora de la sangre de ella. Por un momento pensaba en tener sexo convencional con ella, pero para él era más divertido como lo realizaba. Con la misma navaja entre sus manos, la metía hasta el fondo de la chica; la movía en varias direcciones, rompiéndole el interior. Si ella hubiese estado viva, esta vez los gritos hubiesen sido mayores… pero qué pena, ella ya no sentía ni padecía.

  • Me recuerdas tanto a María… A ella le hice lo mismo, sólo que con un cuchillo. Al menos, ella sabía moverse mejor que tú… -Replicaba sacando aquel arma. Miraba con desprecio a eso que antes era un cuerpo: le aburrió tanto… Siempre se divertía, pero esta vez fue tan simple.- Es hora de hacer otro juego…

Al siguiente día del hecho, un chico de cabello largo y oscuro guardaba uno que otro refractario en el refrigerador: estaba cansado por tantas cosas que había hecho el día anterior. Sus pensamientos se habían ido a cierto momento… aunque estos fueron interrumpidos por un suave golpe en la puerta.

  • ¿A quién demonios se le ocurre venir a estas horas? -Enojado, se encaminó y abrió la puerta, dándose cuenta que quien llamaba era su amigo.

  • Te ves fatal, aunque eso no sorprende de ti… -Decía el visitante, mientras tiraba el cigarrillo que estaba fumando y lo aplastaba con su pie.

  • No estoy para tus bromas, imbécil. Entra… -Respondió, dejando la puerta abierta. El joven pasaba y cerraba la puerta tras de sí, rápidamente se quitaba su chamarra negra y la dejaba en el suelo, mientras que el otro se dirigía a la cocina.

  • Deberías deshacerte de esa peluca café. ¿Sabes? Me parece que tus técnicas son muy amariconadas.

  • El fin justifica los medios, idiota. Que seas igual a esos bastardos no es mi problema, yo pienso en todo lo necesario. Y no se te ocurra tocar esas hojas, juro que si llegas a mancharlas te voy a cortar la pija que tienes -Contestó el castaño enojado, corriendo hacia donde estaba su amigo y alejando las hojas de color verde que antes mencionó de la mesa.

  • ¿Amaneciste en tus días o qué? No entiendo esa verga, ¿y piensas que me interesa?

  • ¡En sus días estará tu puta madre! Y lo sé, eres tan ignorante y patético que jamás tendrías un trabajo como el mío, muerto de hambre -El castaño se alejaba con las hojas, escondiéndolas en una gaveta.

  • Prefiero muerto de hambre a ser un maricón y contador mediocre -El otro, ya exaltado, se acercó para jalarle del brazo y hacer ademán de darle un golpe.

  • ¡Atrévete perra, que si lo haces te largas y comes de la basura! Maldito engendro, aborto de puerco… –Sin temor le gritaba casi en su cara, mientras se apartaba el cabello que le estorbaba en su rostro: eso era lo malo de tener el cabello así de largo.

Se tranquilizaba poco a poco hasta que se soltó del hombre, para después ir hacia la cocina. La visita se sentó en la mesa mientras el anfitrión le servía algo en un plato, como era de costumbre, a pesar de primero pelear de esa forma. Pero esto era típico de ellos: incluso casi llegando a los golpes, insultos y demás.

  • Más te vale que lo tragues, Reck; si no lo haces, te lo meteré por el ojo del culo.

  • ¡Siempre tan servicial, Dami! ¿No has considerado dejar tu trabajo y dedicarte a ser mesera de bar?

  • Cállate y come.

Aquel trozo de carne que estaba en el plato realmente se veía asombroso, tostado y al mismo tiempo jugoso. Al darle la primera mordida, sentía un sabor equilibrado, ni tan salado como tampoco tan dulce; en su punto, para ser más exactos.

Le daba varios mordiscos y le gustaba aún más el sabor, aunque también sentía algo extraño cuando llego a más de la mitad de la carne: se sentía salada, y salía un líquido no muy usual en la comida, pero después pensó que era parte de la grasa que expide y la importancia que le dio fue la mínima. Mientras tanto, el de cabello largo le sonreía de forma extraña al chico: no era una sonrisa de alegría ni hipócrita, parecía más bien hecha con malicia.

  • Y cuéntame… ¿Cómo te fue con esa hermosura? Me contaste que estaba muy rica -Decía el otro mientras comía otro bocado.

  • Eso dímelo tú.

-¿Qué? No entiendo a qué te refieres. Ni si quiera conozco a la puta esa.

  • Ya la conoces, es aburrida y tiesa. Tiene el hueco más grande por el que he entrado, pero tiene algo lindo. Y eres el segundo en probarlo… -Decía, mientras tomaba un pedazo de esa misma carne para meterla en su boca.

  • ¿Te diste un golpe en la cabeza o qué? -El visitante soltaba el tenedor mientras miraba fijamente al chico.

  • Tiene un buen sabor; además, tampoco sabía que el semen quedaba con la carne -Replicó, mientras bebía un poco de agua y miraba la cara de sorpresa del contrario, cuando por fin se daba cuenta de lo que había comido.

— Via Creepypastas

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