Pacman humano

Asesinos del Zodiaco
Asesinos del Zodiaco

Pablo tenía el mayor récord de Pacman del local, podía estar horas jugando sin que los fantasmas lo agarrasen, podía cerrar un ojo y sumergir una mano en un paquete de snacks y aún así rodear y devorar sin piedad a Pinky y cómo sea que se llamaran los demás. Con una moneda podía estarse ahí todo el día, pero el dueño no lo echaba porque atraía a jóvenes sin oficio que le veneraban como un dios, y porque estos jóvenes gastaban dinerales en comida. Pablo se quedaba ahí la mayor parte del día. La comida que sus adoradores compraban era toda para él, y no paraba de tragar calorías procesadas de todo tipo. Un día, mientras lamía sal y restos de grasa de sus dedos y estaba a punto de alcanzar un power up, vio con el rabillo del ojo al dueño del local en la entrada, hablando con una chica. De alguna forma pudo ver que esa criatura le dirigió una mirada que le hizo estremecerse. Antes de poder reaccionar, un grito a su lado lo sobresaltó.

—¡Oh! —alguien señalaba a la pantalla de la máquina de arcade. El resto de los niños que rodeaban a Pablo murmuraban, sin entender por qué se había estrellado contra una de las paredes del laberinto cuando sólo llevaba diez mil puntos.

Pablo se centró en la pantalla sin decir nada, aunque sus seguidores seguían diciéndose cosas en voz baja. A los tres mil puntos dos fantasmas se le pusieron de cada lado, aplastándolo brutalmente. La chica con la que el dueño había hablado le había vuelto a dirigir una mirada aburrida desde un rincón del local. No podía estar seguro, pero creía que ella llevaba un vestido rosado. Intentó constatarlo sin verla directamente, pero le resultó imposible. Siguió jugando como si no pasara nada, pero entonces el paquete de papas se vació por completo. Miró a su alrededor, esperando recibir otro, pero sus adoradores se habían ido.

—Tengo hambre —dijo en voz alta, lo que siempre hacía para pedir más comida, pero no había nadie para atenderlo. Siguió jugando, ignorando a la chica, al dueño del local, y a los pocos clientes que todavía circulaban por el lugar. Perdió de nuevo apenas llegado a los setecientos puntos. Su estómago rugía. El dueño se le acercó.

—Eh, Pablo, ¿estás que terminas?

—¿Qué?

—Casi son las doce, estoy que cierro. ¿Te sentís bien? Mira que te ves un poco amarillo —agregó, un poco en broma. Pablo no respondió—. Bah, los dejo solos, ahora vuelvo.

—Tengo hambre —respondió Pablo, aunque el dueño no le escuchó. El tipo se fue por la puerta frontal. Al seguirlo con la mirada, Pablo recién se dio cuenta de que había oscurecido, no había notado el paso de las horas. Se estaba muriendo de hambre. Los clientes se habían ido, y no tenía ni un mango para comprarse algo. Pero no le importaba en absoluto: no veía a la chica por ninguna parte.

Tenía tanta hambre que empezaba a fallarle la vista. Ni siquiera sabía que eso era posible. Las máquinas de arcade, enormes, pesadas, formaban una especie de laberinto. ¿Dónde se había metido la chica? Caminó un par de metros en ninguna dirección, como si buscara algo que comer enfrente suyo, hasta que la vio.

Su vestido no era rosado. No era una chica. Era un fantasma. Era Pinky, parado en puntas de pies, apenas alcanzando la palanca de la máquina del Space Invaders. Lentamente, por última vez, Pinky fijó su mirada en él. Pablo salió disparado, tropezando con máquinas de todo tipo. Corrió hasta que consiguió un power up, y volvió, contento, para saciar su hambre.

La policía federal de Buenos Aires todavía lo buscapor el cargo de homicidio y canibalismo contra la hija del dueño del local.

— Via Creepypastas

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