Mutilate-a-guy

Asesinos del Zodiaco
Asesinos del Zodiaco

Comenzamos con esta típica historia, de esas que le sucedieron “al amigo de un amigo”, y siendo el último quien me lo contó. No hay que subestimarle, sin embargo, tal como no lo hemos hecho con la primera historia de este estilo que nos contaron.

Los hechos se ubican hace alrededor de un año, aquí en Argentina. “Julián”, como me ha pedido mi amigo que le apodase para este relato, era el típico adolescente que se pasaba casi todo el tiempo fuera del colegio durmiendo, o en la PC. Uno de sus varios entretenimientos durante lo último era un juego llamado “Mutilate-a-guy”, de Orava; es este un sandbox en el que eliges cómo, con qué y a cuántos muñecos asesinar, pudiendo desplegar en esto tu creatividad.

Las gráficas no son una maravilla, pero yo, personalmente, le encuentro bastante entretenido… Como sea. Este juego sólo está disponible en una de esas páginas en las que los “cookies” que dejan en el historial pueden ser un tanto dañinos; fue esta la razón por la que su hermano mayor bloqueó el acceso al sitio. Esto generó una discusión entre ellos, por obviedad, y terminó en el deseo de Julián a su hermano: “¡Ojalá te mueras!” Entonces, ya harto del problema, se instaló en la computadora y buscó alguna forma de jugar. En las primeras páginas no encontró algún otro acceso; es más, tampoco lo hizo en las siguientes treinta. Sí, tal era su determinación.

En un momento, fue al baño a atender sus necesidades y, al volver, notó que “alguien” había accedido a una de las páginas de búsqueda, la última. Sólo aparecía un único link, con el título de “Mutilate-a-guy”. Julián había oído que existía una versión hackeada del juego, aunque no la había encontrado hasta ahora. Curioso a más no poder, entró. Se abrió una nueva pestaña, la cual era totalmente blanca. En medio de la página, un recuadro en el que se situaba el juego. Al cargar, este era igual al que conocía, con la pequeña excepción de que el muñeco, que normalmente sitúa uno mismo, ya estaba en su lugar. El fondo de la página había sido ahora cubierto completamente por escrituras en código binario; pero esto no le importó. Siguió jugando, concentrándose en mutila al muñeco. Le golpeaba contra las parees, le estiraba, le cortaba…

Habiendo terminado con el primer muñeco, las destrozadas partes desaparecieron para dar lugar a una nueva “víctima”, que esta vez tenía en el rosto una cara que parecía ser un emoticón. Arriba de este, estaba un texto escrito en perfecto español: “¿Ya has terminado con ese? Prueba con este otro.”

Resultaba muy extraño. Él bien sabía que el juego, tanto en su versión originada como en el hack, estaba en inglés. Permaneció observando la pantalla por unos momentos, pensando en quién podría haber hecho aquella versión; fue interrumpido cuando el texto cambió: “¿Qué sucede, te has hartado del festín de sangre? Bien, entonces, imagina que el muñeco se acostó con tu madre y tu esposa, a la vez.” Tal parecía que el juego había sido hecho en broma, y le provocaba a seguir. Decidió hacer lo que el juego pedía, y usó un maso para destrozar al muñeco.

Nuevamente lo mismo: los restos del muñeco (en este caso, casi inexistentes) desaparecen para dar lugar a otro más, con un rostro que ahora asemejaba a uno humano. Nuevamente aquel texto de “¿Ya has terminado con ese? Prueba con este otro.” Empezó, sin esperar a que lo pidiese el juego, a torturar al nuevo juguete. Pero al comenzar, apenas recibió el primer golpe, este gritó de dolor… Claro está, este era un grito poco realista, como de un juego viejo; de todas formas, tenía el volumen alto y se asustó bastante.

Se quedó observando el juego unos minutos. La expresión del muñeco pasaba de su inicial alegría al dolor, y entonces apareció otro texto: “¿Qué sucede? Es sólo un muñeco, ¿o no? ¡Acaba con su vida!” Esto ya parecía una orden, y Julián se encontraba profundamente aterrado. Sin embargo, obedeció por alguna razón. A pesar de los gritos y su rostro, era sólo un muñeco; no había razón por la que alarmarse…

Y así siguió; a cada muñeco terminado le seguía otro con rasgos cada vez más realistas, y el juego le incitaba a seguir. En un momento, dio un salto directo: al terminar con un muñeco, en lugar de aparecer otro, apareció un humano en miniatura. El juego, sin diferir, le ordenó matar a esa persona. Cerró la pestaña, no lo soportaba más; sin embargo, esta por sí sola se volvió a abrir, exactamente igual a como estaba antes de cerrarla. Sólo había cambiado el texto por: “¿Ahora te acobardas? No, tienes trabajo que hacer… Sólo es un tipo más en la multitud, alguien que nadie extrañaría. Hazlo, ¡ya!”

A partir de allí, ya él no controlaba nada. El cursor se acercó al sujeto por sí solo, y este huía de él. Llegó hasta la pared, que le cerró el paso; fue capturado por el cursor, el cual tiró de los intestinos de este, sacándolos de su cuerpo, y usó estos para ahorcarlo.

No se dio cuenta cuándo el código binario del fondo había cambiado sus ceros y unos por una enorme cantidad de números seis, repetidos miles y miles de veces en un color rojo sangre, brillante. Al morir el hombre en pantalla, el cuerpo quedó ahí, a diferencia de lo usual; sin embargo, el otro apareció de inmediato. Era este un rubio de ojos verdes; el texto “¡Mátalo!” apareció, y el cursor hundió los ojos del sujeto tan profundamente en su cráneo, que salieron disparados por el lado opuesto. El cadáver también se mantuvo allí, y llegó uno más; y así seguía el juego, mostrando cada vez muertes más brutales y tan realistas, que se podría asegurar que eran grabadas en la realidad, y posteriormente introducidas en el juego.

Eso duró alrededor de unos veinte minutos, hasta que retomó en control del cursor. Apareció en pantalla un sujeto mas, como siempre, pero… este tenía la apariencia exacta de tu hermano. Casi se desmaya por el terror. Apareció el texto: “¿No deseaste acaso que se muriera? Es tu oportunidad perfecta. Me has ayudado ya bastante, te debo algo… Es mi regalo. Vamos, aprovecha. No te arrepentirás”.

En ese justo momento, su madre entró a la habitación; era hora de cenar. Tras mirarla a ella, volvió la vista a la pantalla; todo había vuelto a donde estaba. Nuevamente en la página de búsqueda de Google en la que había estado antes de irse al baño. Abrazó a su madre, muerto de miedo, y le contó la historia que acababa de vivir. Le preguntó si habían escuchado acaso aquellos gritos tan fuertes, y ella respondió: “¿Qué gritos? Hasta ahora, la casa ha estado en silencio total.”

La cena transcurrió con mayor tranquilidad a la usual. Julián no estaba (en lo más mínimo) con ánimos de discutir cualquier cosa a alguien. Terminada la comida, rogó a su hermano que le acompañara con él a la PC, para demostrarle la verdad de su historia. Al convercerle, entró en el historial: no existía menor rastro de que hubiese entrado a tal página. Decepcionado, cerró el navegador, sólo para darse cuenta de que todos los íconos del escritorio habían cambiado su título por un dígito.

Estaban ordenados de forma que se leía una frase: “No hoy, no mañana; pero un día tendrás que volver a usar la PC, Julián:) “.

Desde entonces, nunca, en ninguna circunstancia, se volvió a acercar a sí sólo a una computadora… Es por eso que le pidió a mi amigo que le encontrara a alguien que pudiese contar a los demás su historia. En cuanto al cambio de nombre, lo hizo para que, fuera lo que fuere que le hubiese hecho presenciar eso, no reconociera el suceso y dejara a quien lo publicase hacerlo sin modificación alguna. Pero quién sabe, digo yo; si fue capaz de mostrarle a su hermano y pedirle que le mate, no creo que un simple cambio de nombre le ayude en lo más mínimo…

— Via Creepypastas

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