McDonalds: ingrediente secreto

Asesinos del Zodiaco
Asesinos del Zodiaco

Regresaba agotado de una larga conferencia de trabajo. Era tarde y quería ir a mi casa; pero no soportaba el hambre. Así que conduje hasta una hamburguesería McDonalds. Estacioné mi camioneta; solo había 2 autos más. Al entrar, una familia de tres personas ya se retiraba. El lugar quedó vacío. Supuse que el otro auto era del empleado; su placa ponía “David”.

Me acerqué para ordenar. David parecía cansado; se había quitado la gorra y se le veía aquel pelo negro con cola de caballo. Como necesitaba algo ligero, pedí ensalada. Después, me senté en un sillón junto a la ventana y vi los autos pasar. El joven me avisó cuando la orden estuvo lista. Al tomarla me sonrió. Mientras comía la ensalada, sentí cada vez más cansancio y pesadez, hasta que me desmayé.

Desperté con dolor de cabeza. Me habían atado a una cama de cirugía. Estaba a oscuras. Olía a basura y comida putrefacta. Todo se aclaró al encenderse una luz. Parecía un sótano. Una mujer de mediana edad se encontraba inconsciente. Había sangre en las paredes. Se oyeron pasos. David sonreía como maníaco y murmuraba «Otro». Se acercó con un carrito con cuchillos e instrumentos de cirugía.

—Como eres nuevo, te haré una demostración.

No entendía qué pasaba. Se acercó a la mujer y la desvistió. Entonces, cogió un cuchillo y cortó una silueta en su cuerpo y tiró el trozo de piel al suelo. Hizo cortes en sus órganos que no podía ver por el ángulo en que me hallaba.

Se me ocurrió una idea; empujé mi brazo entre el cinturón que lo sostenía y agarré una pequeña sierra circular que estaba en el carrito.

—Qué bueno que no pediste una hamburguesa; ya se nos acababa la carne, y no quería hacer esperar a un cliente.

Sentí náuseas. Prendí la sierra con el botón rojo que tenía y corté el cinturón de mi mano. Liberé mi extremidad y le arrojé la sierra a David, cortándole sus labios. Se retorció de dolor en el suelo, chorreando y escupiendo sangre. Aflojé el cinturón de mi mano izquierda y de mis pies. David maldecía y gritaba por ayuda. Así un cuchillo del carrito y lo apuñalé en su pecho; hubo un silencio.

El intestino delgado de la mujer yacía en un moledor de carne manual y había sido parcialmente molido. Vomité. No obstante, no podía hacer nada para ayudarla.

Salí del restaurante y entré en mi camioneta. Mi ropa estaba manchada de sangre. Miré mi reloj; era de madrugada. Necesitaba volver a casa y relajarme. Conduje hasta ella, me duché y me dormí.

PD.: Les quiero agradecer a dos estupendos amigos al darme la idea para esta historia. Son lo mejor.

— Via Creepypastas

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