Maigo

Asesinos del Zodiaco
Asesinos del Zodiaco

¿Por qué ella había llegado a tal punto?

El suicidio de su marido había sido noticia durante unas horas, las cuales por unos instantes se convirtieron en eternidad pues los noticiarios repetían una y otra vez la noticia cubriendo cada detalle como si de unos buitres peleando por quedarse con un trozo de carroña se tratara, aun así, cuando la carroña se vio agotada cada uno voló lejos dejando en el olvido la noticia y al estúpido infeliz que la protagonizaba. Su marido en un acto desesperado se había aventado a sí mismo a las vías del tren.

Desde que lo habían despedido de su empleo él no era el mismo, pasaba día y noche estresado estrujándose los sesos intentando de forma inútil encontrar algo para solucionarlo todo: la casa, el coche, los servicios, todo y mil cosas más se acumulaban de a poco en una lista de deudas que no parecía tener ni pies ni cabeza. ¿Por qué? ¡Maldita sea, ¿por qué demonios había hecho algo tan estúpido?! Ella aún no podía digerir todo ello por completo, simplemente no lo comprendía. Él no se había parado a pensar un solo segundo lo que le sucedería a su esposa y a su hijo, abandónalos sin más con todas esas deudas y sumarle una más. ¡Era como si metiera el dedo justo en la llaga y presionara sobre esta cada vez con mayor fuerza! En Japón las empresas ferroviarias tienen absoluta potestad de cobrar a las familias de los que se suicidan en las vías una cuota en función de la gravedad del tráfico interrumpido, ahora era algo con lo que debía lidiar.

Las preguntas eran tan fuertes que le arrancaban el sueño y le hacían pasar las noches enteras viendo al techo rogando que la tierra le tragara, la ansiedad se hacía presente con mayor frecuencia y el impulso casi desesperado de morderse los dedos para intentar controlarse ahora era el pan de cada día. El tiempo arrasó con el poco dinero que le quedaba y su mayor preocupación se concentraba en lo que sería de su pequeño hijo de cinco años, Hayato, su amado hijo quien en unos inicios era la luz de su vida y la causa de todas sus alegrías, nunca hubiese pensado que por su culpa pasaría instantes tan amargos, el amor por su pequeño pronto se tornó en una repugnancia que desembocaba en la acción de arrancarse el cabello ante el simple hecho de pensar en lo que haría con él. Por su culpa, por su maldita culpa, eso sonaba razonable para ella, pues un niño era solo una carga, un maldito zángano al que tendría que mantener… Un simple estorbo.

¿Qué se hace con los estorbos? Se había preguntado ella un día al volver de compras con las bolsas semivacías, una vez preparando la cena y al percatarse de que ésta no sería suficiente para los dos: la solución se coló a su cerebro. Una risa quisquillosa se le escapó de los labios. ¿Cómo no se le había ocurrido antes?: hay que deshacerse de ellos, de los zánganos, de los estorbos. Para la sorpresa de la mujer la respuesta era más sencilla de lo que pensaba y sus problemas serían solucionados en poco tiempo, los cuentos de su madre y su abuela sobre aquel lugar, ese cuyo solo nombre le provocaba escalofríos era la puerta para salir de todos sus problemas y para su suerte no quedaba muy lejos de Shizuoka, su ciudad de residencia.

Al día siguiente ella personalmente se ocupó de preparar a su pequeño y llevarlo hasta el coche. “Mami te ama”, le dijo antes de cerrar la puerta trasera para luego dirigirse al asiento del conductor y emprender la marcha.

_ “Este niño llora muy a menudo y no puedo muy bien dormir esta noche. Duerme, niñito mío y déjame dormir hasta mañana por la mañana. _

_ Hoy, regreso a casa mía del otro lado de la montaña. “ _

Musitaba ella mientras conducía, la letra repentinamente le parecía irónica y divertida para una canción de cuna titulada “Nana de Takeda” la cual curiosamente a su pequeño le fascinaba.

Una vez llegado a su destino, la mujer tomó en brazos al pequeño el cual se había quedado dormido, con una vana esperanza de ella pudiese regresar de los adentros de ese lugar comenzó a introducirse en el bosque. El paisaje sombrío, el olor a muerte inundaban el lugar, por el suelo se veían algunas prendas desgarradas y solo fue cuestión de adentrarse lo suficiente para comenzar a toparse con los cadáveres, algunos ahorcados, otros parecían haber sido atravesados por los mismos árboles. Descargó al pequeño sobre el suelo y le acomodó cerca de un cuerpo de una jovencita el cual parecía ser algo reciente

“Cuida de mi pequeño”, le había dicho al cuerpo inerte mientras se alejaba tarareando una canción alegre con la confianza de que nunca volvería a ver a su pequeño engendro, ni sus gritos, ni el llanto y muchos menos las súplicas podrían ser escuchadas, ese bosque, no, ese maldito infierno es un laberinto de agonía, si se logra adentrar lo suficiente en el corazón de Aokigahara no queda otra opción más que morir.


Ese insignificante hecho le había traído un cambio radical a su vida, no solo había salido de las deudas, también el desafortunado caso de “secuestro” de su pequeño fue una excusa para librarse de algunas situaciones y atraer tanto la atención como la compasión de unos tantos. Ya no tenía importancia aquel estorbo, incluso su ingenio le fue a favor para contraer nupcias con un empresario importante.

Conducía con una sonrisa en el rostro y un brillo infantil en los ojos, ansiosa por contarle la buena nueva a sus padres acerca de su nuevo señor esposo. Miraba su reflejo en el retrovisor mientras se acomodaba los mechones de cabello que le caían sobre la frente, sin embargo, cuando puso la mirada nuevamente en el frente su sonrisa se desvaneció y una mirada de horror se apodero de sí: un niño, repentinamente, se cruzó en su camino y aunque intentó maniobrar a tiempo para evitar atropellarle, perdió el control del coche. Un tanto aturdida salió de entre el automóvil el cual había dado unas cuantas vueltas de campana hasta estamparse contra una señal de tránsito. Estaba atónita, no entendía cómo podía estar de pie y caminar a pesar de aquel accidente. Cuestión de suerte, supuso y sonrió para sí, su cabeza sangraba y sentía el dolor de los vidrios del panorámico clavados en su antebrazo.

-¡Alguien llame a una ambulancia!-

Gritaban los presentes a medida que se acercaban a ayudarla, un hombre la ayudó a tomar asiento en el pasto mientras aguardaba por ayuda médica, todo parecía volver a la calma. Un ruido familiar retumbó en sus oídos, un llanto agudo y estremecedor. Temblorosa giró la mirada hasta el otro lado de la vía, su mirada se posó en el pequeño el cual se frotaba los ojos quitándose las lágrimas. “Maldito mocoso”, chilló ella al tiempo que se levantaba de improvisto en medio de la sorpresa de los presentes quienes intentaron detenerla, pero era demasiado tarde. Ella, con la fuerza que le quedaba echó, a correr pasando por entre varios carriles hasta llegar a la calle principal donde no vio lo que le venía de frente. Los espantosos gritos y quejidos de la mujer resonaban por la calle mientras sus huesos se rompían lentamente bajo el peso de las llantas del vehículo el cual avanzaba lentamente sobre su estómago. Éste se detuvo y dio reversa al tiempo que ella vomitaba una buena cantidad de sangre; su vientre estaba bañado en sangre y sus ojos parecían estar a punto de salirse de su lugar, aun así, pudo estar lo suficientemente para ver a Hayato que la observaba de lejos con lágrimas en los ojos.

Autora: [1]

— Via Creepypastas

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