La leyenda del burro diabólico (parte final, IV)

Asesinos del Zodiaco
Asesinos del Zodiaco

| GuillotinaXD | ARTÍCULO EN JUICIO

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El previo relato se sitúa en la página 30 de la colección de cuentos titulada “Las Perlas de Lucifer”, de Marcelo Noah. Es imprescindible aclarar que los cuentos que componen el libro están interrelacionados por factores comunes, como personajes, objetos, y lugares. Cuando leí “El Espectro del Puente” por vez primera, su final inconcluso me exasperó. Supongo que los lectores de este informe y los lectores de Las Perlas de Lucifer se contrariaron por la misma causa. El relato contiguo de la colección de Noah titula “Tu y yo somos yo y tú” Tal historia expone las vicisitudes de una posesión demoníaca, en cuyas etapas finales se establece un cierto tipo de “afinidad” entre la víctima humana y su invasor espiritual. Y si bien la trama fue estimulante, no presentaba ninguna referencia al El Espectro del Puente. La ausencia de complementación me desencantó y me hizo sospechar que Noah eternizaría el final inconcluso de Espectro del Puente. Durante algunos segundos lo odié por eso. Seguí leyendo por la esperanza de hallar el suplemento concluyente en alguno de los demás cuentos. Esta decisión de perseverancia fue acertada. Pues el penúltimo relato del libro, titulado “La odisea de la fe” atesora un factor común que lo emparenta con El Espectro del puente. El ambiente de la historia es un seminario. Un grupo de jóvenes sublevados pretenden abandonar sus estudios sacerdotales porque el descubrimiento de las actividades pedófilas de ciertos sacerdotes católicos siembra desconfianza por su institución en sus corazones. No obstante, poco antes de dimitir uno de los jóvenes cae en posesión de un vídeo enigmático. El vídeo lo recibió de un primo lejano. En este film se revelan imágenes inéditas sobre las etapas maléficas del fin del mundo, las cuales sobrecogen tanto al muchacho que recupera su fe con rotundidad. Desde luego, el vídeo involucrado en “La odisea de la fe” es el mismo que los hermanos del “El Espectro el puente” hallaron en el celular recuperado…
Siento que es mi deber dejarlo claro, aunque apuesto que ustedes ya lo advirtieron. “El espectro del puente” tiene una condición híbrida que entremezcla datos de realidad y de ficción. En efecto, se pueden distinguir numerosas distinciones y similitudes entre el puente Illimani y el puente Misisaga. Pienso que Noah maquilló la esencia de realidad del relato en un acto de censura y de respeto a las familias que sufrieron la caída de un ser querido durante los meses obscuros. Como creo haber mencionado antes, estos familiares dolidos se ofenden con fervor cuando la “infantil” mitología de terror y las trascendentales muertes de sus amados son relacionadas. A decir verdad, las modificaciones ficticias que Noah incluyó son irrelevantes. Por ejemplo, Noah depuso la legítima hora del apagón de las luces: 1:27. En sustitución, adoptó la hora clásica del terror, 12:00 pm. Asimismo, el autor no imprimió su propio nombre en el personaje principal, aunque nosotros sabemos que El Espectro del Puente es la derivación de una experiencia personal. Aquello hubiera sido un error, desde luego, pues delataría la legitimidad del relato, lo cual justamente es lo que el autor evita.
Estoy escribiendo esto con la tranquilidad plena propia de los tiempos pacíficos. Pero en los segundos sucesores a mi lectura de El Espectro del Puente estuve abrumado por un nerviosismo traqueteante. Y quizá este de sobra decirlo, pero los últimos párrafos fueron particularmente electrizantes. En la historia que mi padre me contó, años atrás, aquello no estaba implicado… Una segunda visita al puente, una mano roja, una luz en el cielo… ¿Se desenvolvieron los hechos reales con la espectacularidad apocalíptica que Noah declama? La pregunta empezó a palpitar en mí como un segundo corazón. Medité mucho al respecto. De hecho, fue por esa época cuando empecé a escribir las experiencias personales que viví por influencia de la leyenda del Burro de Misisaga. Lo hice porque de tanto pensar en el cuento de Noah me sobrevino el natural deseo de generar mi propia historia testimonial. Al producto final le di el título de “Diario de un creyente” Eventualmente ese trabajo espontáneo se combinaría con el reporte periodístico en el que trabajé para mi clase de pensamiento crítico. El resultado de esa amalgama es el documento que reside ante sus ojos. Y es que como hombre de letras, soy un partidario absoluto de la expresividad. Pues creo que todas las cosas, aunque por fuera parezcan cotidianas, por detrás tienen una historia cautivadora. Un productor de películas podría hacer un film exitoso si se basara únicamente en el drama anónimo de la vida “normal” de cualquier persona en el planeta. Por desgracia, muchas maravillas todavía palpitan debajo de las capas de la clandestinidad, o porque nadie tuvo la perspicacia para intuirlas y la obstinación para desenterrarlas, o porque el descubrimiento no fue hecho público. En afán de impedir que la fascinante historia del Burro de Misisaga se fosilice en los confines de Villa Alta, estoy empeñado a informar a la mayor cantidad de gente, amén de mis modestos recursos y mis torpes estrategias, sobre lo que pasó en mi ciudad desde el año 1973 hasta 1975. Os invito, entonces, a seguirme en la última etapa de mi investigación.
La famosa película de Batman, El Caballero de la Noche, me daría una innovadora idea para localizar al elusivo Mario Gutiérrez. Mi novia y yo nos encontrábamos viendo el film en la comodidad de la sala de estar de su casa. En cierta escena, los cimientos del hospital de ciudad gótica vuelan por los aires por una explosión que, cómo no, fue premeditada por el demoníaco Guasón. En escenas posteriores se revela que el fiscal de la ciudad, Harvey Dent, quien estaba internado en el hospital, no se encuentra con el grupo de pacientes que fueron evacuados antes de la detonación. El comisionado Gordon, alarmado por la desaparición de Dent, urge a los policías a revisar la lista de los evacuados con mayor cuidado en precaución de que la ausencia fuera equívoca. Ya no recuerdo bien las frases de Gordon, pero fueron algo así “¡Revisen listas, registros, todo! Si alguien pregunta por Dent, digan que sí lo sacamos!” Al oír estas palabras, una idea providencial se desató en mi mente. La chica linda, que en esos momentos estaba recostada sobre mi hombro, percibió el espasmo corporal que me provocó la emoción. Cuando me preguntó porque temblaba, le respondí lo primero que se me vino a la mente “Está haciendo frío…” y luego añadí “¿Por qué no me abrazas más fuerte?” por uno de esos momentos de genialidad que los hombres experimentamos muy de vez en cuando.
Al día siguiente acudí al Hospital Santa Penélope. Tuve que ir a pie porque todavía no había repuesto la bicicleta que me robaron. ¡Registros de hospitales! ¡Cómo no se me había ocurrido antes! En el fondo sabía que las posibilidades de éxito eran escasas… Luego de ingresar al edificio blanco me dirigí al escritorio de recepción, en donde una enfermera de atuendo prostibulario estaba asentada. Había ensayado mis líneas disciplinadamente, pero a la hora de la verdad me atormentaron los nervios. Aquella era una petición impertinente.

  • Buenos días. Eh… Soy estudiante de la facultad de periodismo. En este momento me encuentro haciendo un reporte de investigación… Entiendo que una persona llamada Mario Gutiérrez fue internada en este hospital… ¿Habría alguna manera de que pudiera ver sus registros?
    La joven de ojos místicos y pestañas mariposeadas me miró fijamente durante algunos segundos. Hizo una pompa de chicle que explosionó en el aire y que luego manchó los contornos de su boca. En un sincrónico movimiento de labios y lengua puso los salpicaduras del chicle otra vez adentro y continuó mirándome mientras masticaba. A mis ojos la escena transcurrió con la lentitud de un ensueño de sensualidad. Tragué saliva.
  • ¿Es usted un familiar del señor Gutiérrez?
  • No, no lo soy.
  • Los expedientes de nuestros pacientes son confidenciales para los que no tienen parentesco. Lo siento.
    La frustración me vulneró. Y como último recurso, recurrí a la súplica.
  • Solo necesito la dirección de su vivienda. Nada más que eso. Por favor, es muy importante para mí.
    Ella arqueó las cejas. Luego hizo una mirada circular por el salón. Cuando sus ojos volvieron a apuntarme distinguí el nacimiento de una sonrisa en su rostro.
  • Lo lamento, no puedo. Está contra las reglas.
    Debí seguir insistiendo, lo reconozco. Pero estar consciente de la irreverencia de mi petición me desanimaba. Además es justo mencionar que la hermosura tóxica de ella entorpecía mis procesos mentales. ¡Tanto trabajo malogrado por desperfectos tan ridículos! Le di las gracias por haberme donado su tiempo, e hice la retirada. En el camino de vuelta sentí escarmientos interiores por mi falta de audacia. También me culpé por no haber tenido la oportuna idea de pedirle al persuasivo Miguel que me acompañase a realizar la misión. Como creo haber mencionado antes, él es un practicante de las artes de la persuasión. Una semana más tarde volví al hospital con la escolta de mi amigo. No obstante, ni sus encantos pudieron corromper a la digna enfermera. Miguel siguió acosándola durante veinte minutos, pero la otra no flaqueó en ningún momento. Al igual que yo, mi amigo sintió un profundo respeto por su porte de sensualidad y apatía. De hecho, a la mañana siguiente él regresó al Hospital Santa Penélope, esta vez sin mi acompañamiento… pero eso es otra historia. Ciertamente, hasta el día de hoy no he podido hallar a Mario Gutiérrez. Si alguien conoce a un hombre de 62 años, de piel morena y de baja estatura que responda a ese nombre, por favor, envíenme un mensaje al siguiente correo electrónico: [email protected]. No importa si no viven en Villa Alta; tengo la sospecha de que el señor Gutiérrez, en todos estos años, bien podría haberse mudado a otra localidad.
    Así que, por enésima vez, una de mis empresas no fructificó. Se lo podía ver del lado positivo. En el desaire de la derrota sentí una ansiedad de reivindicación que me motivó a reanudar una misión largamente postergada. Se trataba de mi entrevista a Marcelo Noah. Había leído su historia, como él me propuso. Ahora le tacaba a él aclararme las cosas. Como dije en su debido tiempo, luego de leer el Espectro del Puente me afané en la escritura de “Diario de un Creyente”, lo cual monopolizaba todas mis energías. Por eso no abordé al escritor de inmediato. Pero ahora ya estaba resuelto. La tarde en que tomé la determinación de visitarlo fue dedicada a la preparación. Urdí las preguntas que lo haría con meticulosidad, de modo que ninguna de mis dudas quedara sin desvirginar al final del día. Incluso elaboré un libreto estratégico en precaución de que Marcelo se rehusara a ser entrevistado. Lo cierto es que mis paranoias eran injustificadas. De hecho, mi visita al escritor se desenvolvió en un ambiente de la mayor cordialidad.
    Marcelo era un hombre bonachón y risueño. Su esposa cocinó masas azucaradas para amenizar la reunión. De hecho, fue ella quien me abrió la puerta. Noah me esperaba sentado en el escritorio desordenado de su oficina. La superficie de madera del escritorio estaba repletas de hojas a medio escribir. Noah, despeinado y sin afeitar, me recibió con alegría. Lo primero que hizo fue pedirme mi opinión sobre su relato. Por supuesto, le dije que me encantó. Y ello no era mentira. En mi posición de investigador paranormal, me habían fascinado las líneas últimas, la mano roja, la luz del cielo, la enigmática voz que salía del aire… Pues si bien “la voz” era un fenómeno que ya conocía por las declaraciones de Mario Gutiérrez, el hecho de que un segundo individuo confirme su veracidad… bueno, pues me entusiasmaba. Por otro lado, el presunto “vídeo diabólico” del celular me tenía indiferente. Mucho días antes de aquella visita había averiguado que los celulares con cámara fueron inventados en 1997, y el puente Calacoto fue demolido en 1990. Presumiblemente, Noah incorporó el sub-trama del imaginario celular para posibilitar la conexión entre “El demonio del puente” y “Rostros en la ventana” Todo sea por el arte…
    Noah me invitó a sentarme en la silla de madera que estaba al frente del escritorio. Yo procedí.
  • ¿Su relato es real? –le pregunté sin recato.
    Luego de un preámbulo de rodeos conseguí hacerle hablar en términos claros. Marcelo Noah asegura que el contenido de El Espectro del Puente es verídico salvo por las incidencias que derivan del anacrónico celular. Vale destacar que el autor no reveló esta excepción por iniciativa propia, sino que la admitió solo después de que yo le planteé las pruebas históricas que lo evidencian. En efecto, según Wikipedia –bendita sea- “El primer teléfono completo con cámara fotográfica fue construido por Philippe Kahn en 1997” La reserva del escritor con respecto a este elemento irreal de su relato, si bien puede parecerse a la deshonestidad, en mi opinión es del todo entendible y tolerable. En mi condición de contador de historias, lo comprendo. Así como un mago opacaría el encanto de su magia si revelara los mecanismos que la posibilitan, un escritor anularía el poder de su historia si desacreditara el contenido. Coincidentemente, de la profesión de escritor fue de lo que Marcelo y yo hablamos durante una espaciosa porción del tiempo de nuestra reunión. Tanta confianza inspiraba aquel buen hombre, que me atreví a confidencial un deseo temprano cuya puerilidad me avergüenza un poco hasta el día de hoy: Vivir de la literatura. De la poesía, en particular. Marcelo, a diferencia de mi padre cuando se enteró, elogió mi ambición, calificándola de “Muy Noble” Como creo haber mencionado antes, aquel “oso” y yo congeniábamos perfectamente. Se pasó el tiempo dándome consejos para escribir mejor y para granjear el favor de los publicadores, y yo tomé nota. Finalmente propuso que me quedara a cenar, pero yo decliné la invitación porque me reclamaba otro compromiso. Estaba estrechando la mano Noah con el plan mental de dirigirme a la puerta de salida, cuando él comentó:
  • ¿Escuchaste los nuevos rumores del puente? –su tono era totalmente casual, pero yo negué con la cabeza en un estremecimiento– De seguro ya estás enterado que piensan construir un HiperMaxi y una gasolinera sobre los escombros que quedaron de la demolición. Ahora que por fin taponearon el río, esa zona es fértil. Bueno, se dice que el equipo de constructores a cargo del proyecto encontraron, al fondo de las ruinas, el esqueleto de un animal raro. A muchos se les ocurrió decir que era un burro, pero Peter Velasco, el hombre que me puso al tanto, dice que se parece a un Alkhal. Peter trabaja en MiraAmar, la empresa a cargo de la construcción; lo conociste en la reunión de la anterior noche, seguramente te acuerdas: Es el que siempre apostaba todas sus fichas sin tener buena mano. Bueno, según Peter, hay algunos miembros del personal de construcción que afirman fervientemente que el esqueleto de ese animal exhibía extrañas deformidades, y que en particular tenía… cuernos. A mí esto me interesó como no te imaginas, teniendo en cuenta mis… experiencias personales. Lamentablemente, por el momento no tengo tiempo para acechar el asunto. La vida de un escritor es humilde y el trabajo siempre sobra, como andábamos diciendo. Te lo cuento por si acaso quieres, no sé, investigar un poco al respecto. Y así vuelves a mi casa cualquier día y disfrutamos de una charla interesante sobre tus hallazgos. Si tienes tiempo, claro.
    Mis vías respiratorias hace ya mucho que yacían intransitadas, pero tuve aire suficiente para casi gritar:
  • ¡Por supuesto!
    Salí de la casa temblando como un esqueleto al viento. Al bajar los escalones del pórtico tropecé y me precipité contra la áspera superficie de la calle. La fricción del patinaje desgarró la piel de la palma mi mano. Marcelo, que me observaba desde los umbrales de la casa, se ofreció a traerme una botellita de alcohol para purgar la herida “No es necesario. Gracias” le aseguré, incorporándome de un tirón. Mi voz salía con la suavidad y con el misticismo de quien habla después de un trauma psicológico. Me despedí de él con la mano buena. Entonces caminé por las calles vacías y hermosas de aquel barrio próspero, en el cual abundaban las ardillas y las mariposas. Al poco tiempo tuve que desandar mis pasos, porque me había equivocado de dirección. Veía las cosas borrosas y quiméricas, como en un ensueño. A lo largo de las últimas semanas había hecho esfuerzos olímpicos en afán de elucidar el misterio del puente. Y pese a que los frutos de mis investigaciones eran considerables, no deja de inquietarme la ironía de que la pista más gloriosa había llegado por virtud de la causalidad. Por un lado le agradecí a Dios por la ayuda, por otro lado mi orgullo propio se resintió por el desmérito de no haber hecho todo solo. ¿Cuándo aprenderé a no prestarme a las mortificaciones del ego?
    Cancelé mi siguiente compromiso con la certidumbre de que no podría vivir sin antes ir a las ruinas del puente Misisaga a indagar. Me subí a un taxi para llegar lo más rápido posible. Las brisas de la ventana abierta refrescaron mi exaltación y despejaron mi mente. Fue entonces cuando empecé a sentir palpitaciones de dolor en mi mano lesionada. Seguí el consejo de mi profesor de biología de primaria, el señor Núñez, quien decía “Cada vez que se hagan una herida, niños, no repriman sus impulsos de chuparla, la saliva es curativa” Años más adelante, en la facultad de medicina, corroboraría la afirmación de aquel buen profesor. Entre otras sustancias benévolas, la saliva cuanta con la llamada histatina, que agiliza la cicatrización, y con opiorfina, que mitiga el dolor. De modo que pase todo el viaje lameteándome como un can. Pese al afán que puse a la tarea, dos días después mi herida adquirió un matiz verduzco que alarmó a mi madre, quien me apremió a ir al médico con angustia.
    Aquel día el sol amarilleaba la ciudad con furia. Al salir del taxi no recogí la chaqueta que en el camino me había sacado por el calor y que había puesto en el asiento de al lado. Comprendí mi descuido tardíamente, cuando el taxi se perdía en el crepúsculo de la carretera. El arranque de sus llantas expelió nieblas arenosas que se aventaron a mi cara y me hicieron toser. Cuando las nébulas de desierto se disiparon pude ver el en donde me encontraba. Específicamente, yacía al borde de un acantilado gigante. Abajo había una multitud de obreros que estaban trabajando en la edificación de tres edificios anchos que luego comprenderían el supermercado Hipermaxi. Miré a mí alrededor: Un cenáculo de pequeñas casas y edificios abundaban en las lejanías, y el glorioso e imponente Megatón se alzaba a mi derecha. Su cartel eléctrico decía que ya eran las 4:30 de la tarde. Admiré la magnificencia de aquel edificio desproporcional durante algunos segundos. Luego, sacudiendo mi cabeza, me reenfoqué en el objetivo de la misión. A duras penas me las arreglé para bajar al barranco. Tuve que deslizarme por una pendiente de tierra que estaba minada de piedras y plantas secas. Quizá por ese contacto con la suciedad mi herida empeoró tanto posteriormente. Pero todo sacrificio fue barato en comparación con mis eventuales hallazgos…
    El año 1990 el puente Misisaga fue demolido por dictamen de la alcaldía. Se trataba de una resolución inusual dada la corta edad de la construcción (17 años). No obstante, estaba bien justificada por los acontecimientos recientes. En 1985 un consorcio internacional inició las obras de desvío del río San Lorenzo. El objetivo era hacer espacio para la construcción de la central hidroeléctrica de Bastión. Participaron la constructora nacional Camargo Liz y las americanas JFL Constructions y Heron Milwork Inc. Se construyeron dos enormes túneles de concreto que desviaron las aguas del San Lorenzo a través de las montañas cochabambinas durante un kilómetro, para luego devolverlas a su curso natural. La labor absorbió cuatro años. Como resultado de la reorientación del río, el flujo de corriente que flanqueaba la ciudad pereció, y las faldas del puente Misisaga se convirtieron en un barranco desolado. En los años subsiguientes las autoridades rellenaron con tierra algunos tramos de la fisura para volverlas superficies estables donde ahora hay prosperidad.
    Pronto la inutilidad del estrecho puente se hizo evidente. Fue cerrado al tráfico en enero de 1990 al ser considerada su estructura obsoleta por el Departamento de Transporte de Villa Alta. Presuntamente, durante una inspección rutinaria, los equipos encontraron una desviación en la cubierta– una losa de hormigón que se había desplazado en la parte inferior del puente – lo que provocó su cierre inmediato. El proceso de demolición tardó 2 meses. Se utilizó una cadena de explosivos para la desarticulación general. De esta forma el puente cayó al mismo lugar a donde cayeron sus víctimas, solo que para entonces ya no había agua de río. Los materiales renovables, como el hierro, fueron provechosamente rescatados luego del advenimiento. Al contrario, los residuos inconvenientes fueron dejados donde cayeron. De manera que los escombros yacieron allí durante muchos años. Con el tiempo los lugareños se acostumbraron a llamar al lugar “Las Ruinas” Hoy en día el terreno está limpio y tiene un aire dinámico y fresco por los trajines de la construcción del pintoresco Hipermaxi.
  • Disculpe, señor… -dije tímidamente al tiempo que tecleaba el hombro rocoso de un trabajador. El cuerpo del hombre estaba apoyado en el lomo de un taladro clavado. Cuando se dio la vuelta me miró con extrañeza.
  • ¿Podría por favor decirme donde está el esqueleto del animal que encontraron? –pregunté, sintiéndome como un tonto. Las facciones del hombre se relajaron.
  • Oh, ¿El dinosaurio? Unos estudiantes se lo llevaron anteayer.
    Aquella respuesta me cogió de sorpresa. ¿Dinosaurio? ¿Estudiantes?
  • ¿Qué estudiantes?
  • Sí, unos jóvenes… creo que de la Universidad del Valle. De la facultad de arqueología, imagino.
    El nombramiento de mi universidad me quitó el aire. Aunque mi mente estaba gaseosa por la emocionalidad, logré retener cierta lucidez para analizar la situación. No existe ninguna facultad de arqueología, por supuesto. Hay estudiantes de la Facultad de Geografía e Historia, por otro lado, que se inscriben en cursos de arqueología. Pero dudé de que ellos hayan raptado los huesos del burro. Me pareció más acertado inculpar a los estudiantes de clínica forense, quienes son ampliamente conocidos por su frescura para apropiarse de cadáveres anónimos. He oído que Pedro Vargas, el profesor predominante en la carrera de clínica forense, siente indignación por la tendencia moderna de emplear cuerpos artificiales para los estudios de la facultad. También se dice que manda a sus estudiantes a profanar tumbas olvidadas y a visitar escenas de homicidios para que aprendan anatomía con la plenitud de la experiencia de la realidad. Pese a ser un hombre fantasioso, nunca le di un crédito total a estos rumores. Por otro lado, fuentes fiables me habían dicho que cuando hay una larga escasez de cuerpos humanos, el excéntrico Vargas mandaba a sus estudiantes a los barrios pobres de la ciudad a buscar animales muertos. De esta manera el docente se aseguraba que sus aprendices sensibles no se malacostumbren a la falta de contacto con la muerte
  • ¿Dinosaurio? –dije con un tono agudo de incredulidad.
  • Eso dicen –replicó el hombre. Luego arrugó la nariz en ademán de asco- Un dinosaurio bien raro. Nunca me imaginé que esas bestias fueran así.
    No pude más. Me despedí del generoso hombre con premura y partí de allí. Escalar por la pendiente de tierra fue más fácil que descenderla porque mirar arriba no provoca el miedo de mirar abajo. Tenía dinero para financiar mi transporte a la Universidad del Valle. Por suerte había guardado mi billetera en mis pantalones y no en la chaqueta que dejé en el taxi. Esta vez me movilicé en autobús. Me subí al 459, que pasa va desde el parque tenebroso de Avaroa hasta El Coliseo de los Héroes de Estaño. Viajé parado porque todos los asientos estaban ocupados. Mis manos rezumaban y sufría esporádicos escalofríos pese a que el ambiente encapsulado del bus enfatizaba el calor. Había empezado a investigar la leyenda del demonio del puente con el entusiasmo idealista de un fanático. Fue una aventura memorable, sin duda. Aunque, contrario a lo que podría suponerse, mi pasión por lo paranormal se moderó como consecuencia. Es cierto. Mi tratamiento alegre del asunto se solemnizaba a medida que la existencia de la criatura diabólica ganaba verosimilitud por mis hallazgos. Las últimas semanas traté el misterio con una actitud de temeroso respeto. Recuerdo que una noche tuve una pesadilla intensa que fue protagonizada por el burro de Misisaga. Tal fue mi impresión que a la mañana siguiente acudí a misa luego de meses de inapetencia espiritual, y encomendé la seguridad de mi alma al Santísimo en consideración a mis arriesgados entrometimientos en las intimidades del mal.
    El bus se detuvo en la parada de mi designio, y salté a la calle con ímpetu. Ingresé a la Universidad del Valle corriendo porque mi impaciencia había llegado a una magnitud incontenible. Pasé por la fuente de aguas cristalinas del patio principal, por el edificio señorial de la biblioteca, y por el taller oloroso de la facultad de arquitectura. Los estudiantes que andaban por la ruta de mi carrera advertían mi paso vertiginoso con curiosidad y reserva. No hay ninguna señal más fidedigna para diagnosticar la locura de un individuo que su preferencia habitual por correr en vez de caminar. En esos momentos de frenesí la preservación de mi dignidad social me tenía sin cuidado. Finalmente arribé al recinto de la facultad de Medicina. Estaba familiarizado con esos terrenos porque los frecuenté durante dos años equívocos. Ingresé al edificio número 4, en cuyo piso superior estaba el aula en donde Pedro Vargas enseñaba. Subí las escaleras atléticamente. Discurrí a través del pasillo fijándome en los estudiantes que iban y venían. Cuando llegué al aula de Vargas la encontré vacía. Me frustré. Y estuve a punto de dirigirme a la facultad de Historia y Geografía. Pero al final desistí, empecinado en creer en la inocencia de aquellos tímidos arqueólogos.
    Durante los siguientes minutos interpelé a varios estudiantes que encontré deambulando por los pasillos. Ninguno admitió tener conocimiento sobre el paradero de un cadáver de dinosaurio recién llegado. Pero continué preguntando a más y más personas. Tenía la convicción ansiosa de que la información invaluable se encontraba a la vuelta de la esquina. Aquel afán duró veinte minutos improductivos. Y cuando el desaliento estaba a punto de doblegarme, la aparición de ensueño de una muchacha hermosa vino a encandilar mi día. Las travesuras del destino son de una picardía intolerable. De todos los momentos de mi vida, justamente ella y yo coincidíamos durante la etapa más delicada de la investigación…Ella y yo habíamos estado abismados en un amor desquiciado durante un año. De hecho, nuestra catastrófica ruptura fue una de las razones por las que abandoné la facultad de medicina. Ella, por otro lado, aceptó una beca parcial y viajó a California para un curso especial en Neurología. Sé que si no me contengo escribiría veinte párrafos sobre nuestro romance maniaco… Pero debo ser fiel al verdadero objetivo de este documento: El misterio del burro. De ahora en adelante me esforzaré por narrar los acontecimientos que la implican a ella con el mayor recato.
    Cuando la vi en el otro extremo del pasillo, traté de dar media vuelta y huir. Pero para entonces ya era tarde, pues ella también me había reconocido. Ondeó la mano con una sonrisa entusiasta, y yo, impremeditadamente, le devolví el saludo. Nos acercamos mutuamente, a paso cauteloso. Había pasado mucho tiempo. Cuando estuvimos lo suficientemente cerca nos abrazamos con la delicadeza de la incomodidad. Lo peor fue que los dos reconocimos nuestra mutua reserva por el contacto corporal, y como consecuencia nos reímos al mismo tiempo, y luego nos reímos por habernos reído al mismo tiempo, y luego ya todo estaba perdido… Se llama Nicol. De inmediato comenzó a hacerme preguntas casuales para actualizar sus conocimientos sobre la vida mía. Yo hice lo propio. Su presencia angélica me encantaba. Tuve el impulso de olvidar los deberes de la investigación y dejar que la corriente de aquel reencuentro emocionante dicte el curso de las siguientes horas. Pero el sentido de la responsabilidad se impuso. Muy a mi pesar, corté nuestra entrañable conversación, preguntándole, al igual que había hecho con las otras personas, si sabía algo sobre un fósil que había sido traído a la universidad desde Las Ruinas. Estaba decidido a abandonarla para continuar mi búsqueda. Pero el destino tenía otros planes. Grande fue mi sorpresa cuando me dijo que estaba al tanto del asunto que me interesaba. Según ella, el fósil correspondía a un Triceratops Sylvestris joven y deforme. También me informó que eran los estudiantes de arqueología los que poseían el cadáver. Aquello me contrarió. ¡Torpe de mí!
  • Pensaba que los estudiantes de clínica forense se apropiaban de todos los esqueletos de la ciudad. –comenté, compungido.
  • ¿Qué te hizo creer que los policías estaban interesados en estudiar restos prehistóricos? –se intriga ella, frunciendo el ceño y sonriendo.
    Debí bajar la cabeza ante la perfecta lógica de aquella observación. Como mencioné antes, los estudiantes de clínica forense, por órdenes de su creativo mentor, suelen examinar cadáveres de animales. Tales antecedentes me inspiraron a incriminarlos de la desaparición del burro. Pero me había equivocado. Una vez más, para mi pesar, la fogosidad de los momentos importantes había hecho que me precipite al hacer deducciones.
    Nicol dijo que conocía la localización del esqueleto porque un amigo suyo estaba afiliado al grupo de estudio que tenía custodia de los restos. Aquella revelación me sobresaltó. De inmediato le supliqué que me guiara al lugar en donde yacía el supuesto Triceratops Sylvestris. Nicol accedió con cierto reparo, pues según dijo en quince minutos tenía que ir a la casa de una amiga porque ambas se habían comprometido a dedicar la tarde a estudiar en sociedad para un examen amenazante. Le prometí que me apresuraría para que ella pudiera asistir a su cita con puntualidad. Minutos después caminábamos con rumbo a la facultad de Historia Y Geografía. Pasamos por el patio principal, cuyo piso estaba adoquinado por pavimentos de color de tejado, y en cuyo centro hay una fuente epicúrea que escupe cascadas cristalinas. Zigzagueamos a través del tropel de estudiantes que transitaban de un aula a otra. Y finalmente llegamos a un edificio gris como cielo fúnebre, anchuroso y de tres pisos, en cuyas puertillas transparentes se había grabado con letras doradas “Facultad de Historia y Geografía” Nicol entró en el edificio con el desembarazo de quien lo ha visitado con frecuencia. Yo la seguí, retraído, dejando que ella oriente los rumbos. La suerte estaba echada.
    Mientras caminábamos por los corredores, me vi presa de la ansiedad desquiciante que precede a un momento apoteósico. ¿Qué estaba a punto de ver? ¿Cómo sería el aspecto de esa “criatura”? Durante unos minutos me afané en intuir imágenes teóricas. Entonces me sobrevino una duda arrebatadora. ¿Y qué pasaría si me equivocaba? ¿Y si verdaderamente eran tan solo huesos de dinosaurio? En ese caso, los trajines que me habían zarandeado de un lugar a otro durante las últimas horas habrían sido en vano. Me desolé ante la sola posibilidad de que tanto desgaste acabe siendo inconsecuente. Justo entonces oí un bullicio lejano que me puso en estado de alerta. La algarabía parecía provenir del piso de arriba.
  • ¿Qué son esas voces? –le pregunté a Nicol mientras emprendíamos el ascenso por las escaleras de mármol terso.
  • Seguro son los que vienen a visitar al fósil –especuló.
  • ¿Visitar al fósil?
  • Sí. Manuel y sus colegas ponen el esqueleto en exposición para que todos los estudiantes puedan apreciarlo.
    Efectivamente, al llegar al piso de arriba me encontré con un gentío efervescente. Eran al menos unos cincuenta estudiantes. La mayoría estaba arremolinados en torno a un podio central, mientras que unos algunos racimos de tres o cuatro personas yacían esparcidos por las periferias. La verdad no sé cómo describir ese lugar y ese momento… Se podía percibir en el ambiente que algo no iba bien, pero no puedo definir que era. Aquellos no eran los jóvenes que socializaban con voz envalentonada y con risas de frescura eterna, no eran los seres llenos de vida que yo veía en los jardines de la universidad y en las plazas públicas. Un ámbito de sepulcro llenaba el lugar. Abandoné a Nicol sin palabras, e incursioné en la multitud con orientación al podio central. Me entrometí en el cúmulo de personas con fluidez porque sus cuerpos desmoralizados no resistieron mi avance. Durante mi breve trayecto oí murmullos interminables que parecían ser de exasperación. Incluso, en algún lugar a mi derecha, alcancé a oír sollozos acallados. Pero, ustedes deben entenderme, en esos momentos me desentendí de todo y de todos, porque a pocos pasos de mí se hallaba lo que tanto había buscado. Lo que encontré no me gusto.
    La imagen de los huesos se impuso ante mis ojos como un shock de realidad. Me dio tanto miedo que di un salto hacia atrás, espasmódico. Habían dispuesto la estructura ósea ordenadamente sobre una sola mesa, de modo que se apreciaba la figura completa del espécimen. Una vez que me recuperé de la impresión inicial, avancé algunos centímetros con cautela para constatar lo que había visto. No había sido mi imaginación. En mi estómago se anudó un retorcimiento de repulsión. Aquello era un agravio. Aquello no podía haber sido concebido por una divinidad buena durante La Creación. La cosa que estaba encima del escritorio parecía ser un intermediario entre los insectos, los mamíferos, y los dinosaurios. No sé cómo describirlo. Tenía una columna vertebral compuesta por trillones y trillones de pequeñas piezas… Como un rompecabezas infinitesimal, solo que con la forma sinuosa de un viento. El resto del esqueleto, como la cavidad torácica, las extremidades, y la pequeña cola, presentaban un sinfín de… cómo decirlo… “fluctuaciones” Como la melodía de una obra musical, el esqueleto por secciones se enaltecía, se quebraba, se agudizaba, se mantenía, o se precipitaba. Ello conformaba “una inestabilidad estable” en palabras de mi amigo Miguel, a quien al día siguiente llevé a la exposición. El resultado final de todas esas delicadas y artísticas “fluctuaciones” era un espectáculo de la más vil repugnancia. Cerré mis ojos y volteé mi cabeza hacia un lado, golpeado por el asco.
  • Esto es una mierda –comentó el muchacho que estaba al lado de mí, indignado. Se erguía con la espalda recta y con los brazos cruzados, y tenía las pupilas flameantes enfocadas en el esqueleto.
  • No deberían exponer estas cagadas –continuó, y luego se volteó hacia mí con una sonrisa juguetona – Al menos no a esta hora, tan cerca de la cena
    Me reí sin entusiasmo. Hice una mirada circular para escudriñar las reacciones de todos los presentes. La mayoría de los rostros tenían la boca recta y los ojos vacíos… como si la sola observación de aquello los desalmara. Sentí urgencia por regresar con Nicol, a quien había abandonado ingratamente. Pero antes tenía que cumplir una última y corta misión. Del bolsillo trasero de mi jean extraje mi celular y lo programé a modo cámara, para luego posicionar la lente en oposición a la mesa en donde yacían los restos. Apenas miré al sacar la foto. No podía creer que había trabajado durante tantos meses para “eso”. Mi salida de aquel bosque de gente fue tan ágil como lo fue la entrada. Entonces busqué a Nicol en las inmediaciones de la boca de la escalera. Allí la había visto por última vez. Intuí que ella ya se había ido del edificio por su femenina intolerancia al abandono y por la urgencia del compromiso contiguo. Por eso me sorprendí cuando, al poco tiempo de mi trajín de búsqueda, la avisté. Estaba con la espalda reclinada en una de las esquinas del tortuoso corredor. Un muchacho alto de hombros anchos estaba parado al frente de ella. Por un segundo la figura del muchacho –lo recuerdo bien- hizo que lo confundiera con Benemérito Gulliani. Ella y él hablaban alegremente. De inmediato sentí una dentellada en el pecho. Solo entonces tuve la plena comprensión de que mis sentimientos por Nicol trascendían a la incompatibilidad de nuestras personalidades y a la espinosa delicadeza de nuestro pasado. Entonces me acerqué a ellos, determinado a averiguar qué ocurría.
  • ¡Oh! ¿Ya viste el fósil? –me preguntó ella cuando me vio venir. Siempre con una sonrisa elegante.
  • Sí, sí, ya lo vi. Hola –dije dirigiéndome al muchacho alto que la acompañaba. Nicol medió antes de que él pudiera responderme.
  • Manuel, Andrés. Andrés, Manuel. –dijo, presentándonos alternadamente.
    Él y yo nos dimos un apretón cordial. Su cuerpo era delgado, atlético, elástico. La cara la tenía repleta de granitos rojizos, lo cual, en combinación con sus lentes de bibliotecario, le daba una apariencia que simpatizaba.
  • Y bien ¿qué te pareció la exposición? –me preguntó Manuel.
  • Impresionante… Y también perturbadora.
  • Lo entiendo –concordó él- Es muy difícil encontrar a ejemplares de edad tan avanzada edad que tengan este tipo de deformación. Los malformados suelen morir poco después de nacer, porque sus cuerpos obsoletos imposibilitan su supervivencia.
  • A mí el bicho me pareció súper cool –admitió Nicol. Yo la miré de hito a hito.
  • ¿Qué? ¿Esa aberración te pareció cool? –arremetí, escandalizado.
  • Calma, calma… No “cool” como de atractivo, sino “cool” de interesante…
  • Es muy interesante –la apoyó Manuel.
    Mientras ambos intercambiaban comentarios afines, yo me sumergí en uno de mis transitorios ensimismamientos. ¿Qué podía estar pasando por la mente de Nicol cuando utilizo el adjetivo “cool”? Su juicio despreocupado me alarmó, pues pensé que ninguna mente normal podía ser insensible al poder de perturbación de aquella monstruosa estructura ósea… Acomplejado, la miré de reojo. Ella oía con atención lo que Manuel decía. Entonces una brisa inoportuna vino por una ventana abierta y la atravesó, y como resultado la niebla de su perfume floral me arremetió. La fragancia embriagante fluyó por mis fosas nasales y por un segundo totalizó mi alma. Reprimí un suspiro de deseo. ¡Cuánto sufro al recordar esa tarde de marzo en la que me enfrenté tanto a la faceta aterradora como a la faceta seductora del infierno! ¿Qué diría mi novia si se enterara de mis tribulaciones? Exasperado por mi manía de atormentarme con imaginaciones improbables, pugné por retomar la conciencia del momento presente. Nicol y Manuel seguían conversando independientemente. Él decía que no iba a tener tiempo libre para asistir a una fiesta anhelada porque su profesor de Arqueología le pidió un extenso reporte sobre los análisis al novedoso fósil. Al oír esa confesión reparé en un detalle relevante que hasta entonces había ignorado por descuido: Manuel estaba afiliado al grupo universitario que había examinado y articulado el cadáver… Y entonces, de repente, sospeché que él y sus compañeros de trabajo habían hecho un descubrimiento extraordinario y se lo estaban reservando. Déjenme que se los explique. Si los huesos corresponden a la mítica criatura del Puente Misisaga, cabe pensar que estos tienen propiedades diferentes a los de una substancia orgánica normal. Quizá hasta tengan poderes sobrenaturales. Para entonces estaba cansado de investigar. Pero la inédita posibilidad de que la naturaleza sobrenatural del burro haya sido verificada con métodos científicos fue tan electrizante que resucitó mi afición por el enigma. La verdad, aquello fue un último esfuerzo. Aspiré hondo y pregunté en voz alta:
  • ¿Han hallado alguna anomalía al examinar el fósil? –Manuel y Nicol dejaron de hablar y se volvieron hacia mí, un tanto turbados por la súbita reinstalación de mi presencia.
  • Por supuesto –comenzó Manuel – Está deforme.
    Nicol y él se rieron. Pero yo persistí.
  • Quiero decir, ¿Han encontrado algo antinatural o extraordinario, además de su malformación?
  • ¿Qué quieres decir? –pregonó Nicol. Yo la ignoré, mirando solamente a Manuel.
    Él titubeó durante algunos segundos antes de abrir la boca.
  • Bueno, la verdad sí. Cuando fuimos a Las Ruinas para recogerlo, encontramos al esqueleto puesto… En posición fetal. Como los mamíferos. Esto es muy raro, porque como sabemos, los dinosaurios nacen de huevos. Además el Triceratops no puede ponerse en esa posición naturalmente, porque las articulaciones de sus patas carecen de la versatilidad necesaria. Mis colegas atribuyeron la postura a la casualidad, porque no tenían otra explicación. Pero la verdad yo no creo en las casualidades…
    Aquella última frase hizo eco en mí, porque me recordó a uno de mis héroes literarios predilectos: Sherlock Holmes. En ese momento ni siquiera lo imaginaba, pero con el tiempo empecé a tomarle afecto a ese pecoso arqueólogo. En cuanto a su respuesta, debo admitir que fue intrigante. Pero no hice más preguntas. Como creo haber insinuado, ya estaba cansado de la investigación. Mi corazón ameritaba descanso. El cúmulo de estudiantes que se aglomeró en torno a la mesa exhibitoria iba disipándose, seguramente en dirección al cumplimiento de sus obligaciones del día… Al verlo tome la decisión de despedirme de mis amigos para volver a casa. Pero cuando estaba a punto de hacerlo, la aparición fugaz de una nueva curiosidad me volvió a anclar.
  • ¿Es verdad que le pusieron de apodo Sally? –preguntó Nicol entre risitas. Manuel se sonrojó.
  • ¿Quién te lo dijo?
  • Nicolás –respondió ella. Luego propinó un amistoso golpe en el hombro de Manuel, quien lo celebró a carcajadas. En cuanto a mí, mi perplejidad era total.
  • ¿De qué estás hablando? ¿Quién es Sally?
  • Un muchacho de nuestro vecindario. No lo conoces –me informó Nicol.
  • Es el chico más lindo de todo el planeta- me dijo Manuel, en tono juguetón, haciendo comillas con los dedos. Nicol le dio otro golpe.
  • ¡Son unos malos! –se escandalizó ella, pero luego no pude evitar reírse, contagiada por Manuel. Yo volví a quedarme en silencio, tratando de entender. Y ella, y notando que mi confusión persistía, se tomó la molestia de explicármelo completamente.
  • A Manuel y a sus amigos les gusta molestar a un chico llamado Sally. Cuando encontraron el esqueleto del dinosaurio, lo bautizaron con el mismo nombre: “Sally” – miró a Manuel con venenosidad- Sally no es bien parecido, pero es muy buena gente. Yo y Laura siempre lo defendemos de que… ¡Oh Dios mío! –paró de pronto, haciendo un aspaviento de sorpresa. Echó un fugaz vistazo a su reloj de muñeca, y zapateó el piso con frustración –Estoy veinte minutos tarde. Lau me está esperando… se va enojar. Tengo que irme. Bye chicos.
    A continuación se despide de mí y de Manuel, dando a cada uno un sonoro beso en la mejilla. Luego parte hacia la boca de las escaleras. Manuel y yo giramos nuestro cuello con dirección a su andar. Cuando recuerdo la escena siento vergüenza por nuestra obviedad. Nos mantuvimos tiesos mientras divisamos a su silueta ondulante de mujer perdiéndose en el horizonte del pasillo. Ambos la deseábamos por el encanto inevitable propio de una ambición imposible. Yo no podía cortejarla porque mis escrúpulos de novio fiel me aplacaban, y él no podía hacerlo porque estaba enjaulado en la engorrosa zona de impotencia, popularmente conocida como “friendzone” Lo diagnostiqué por la actitud desenvuelta y tranquila que Nicol tenía cuando hablaba con él; la confianza es de la amistad, y la timidez es del amor.
  • Tú eres uno de esos fanáticos de la leyenda del burro de Misisaga –de pronto comentó Manuel. Aquella deducción certera me puso en guardia.
  • ¿Qué te hace pensar eso?
  • Todas tus preguntas sobre el dinosaurio insinuaban la posibilidad de que sea otra cosa. Contigo ya son siete fanáticos que vienen a la exposición a interrogarnos sobre las intimidades de nuestro trabajo. A algunos de mis colegas les exaspera. A mí me divierte, así que no te hagas lío.
    Puso su mano sobre mi hombro, palmeándolo amistosamente.
  • Te lo aseguro, hermano, estos restos responden solamente a realidades científicas. Ayer mismo he pasado 4 horas delante de un microscopio, escrutando muestras de los huesos. No he atisbado ningún 666 pintarrajeado por allí. Puedes dormir tranquilo.
    Siempre me enrudezco cuando oigo el jactancioso escepticismo de los hombres de ciencia. Aquella no fue la excepción.
  • ¿En verdad crees que “eso” es un dinosaurio? ¡Ja! ¡No seas estúpido!
    Manuel se aturdió momentáneamente por el ímpetu de mi réplica. Al darme cuenta que había actuado con cierta descortesía, procuré rectificar. Igual que él, puse mi mano sobre su hombro, palmeándolo.
  • Te lo aseguro, hermano, hay cosas que la ciencia no pueden comprobar.
    Mantuvo mi contacto visual por unos segundos. Luego empezó a reírse con alegría sincera. No tardaría en descubrir que aquel muchacho era tan terco como yo. Asumió mi oposición con deportividad, y puso toda su artillería retórica en tratar de convencerme de mi error. Yo hice lo propio. De ese modo, pasamos la siguiente hora y media enzarzados en un debate ágil del que ambos disfrutamos.

Epílogo.
He tenido que hacer esfuerzos psicológicos para sobrellevar las numerosas incidencias adversas de esta investigación. Ello me ha hecho crecer como periodista y como ser humano. Por ejemplo, he fortalecido mi dominio sobre la timidez por las repetidas ocasiones en las que me vi obligado a abordar a desconocidos de la más variada procedencia para conseguir información de menester. Asimismo, en la abundancia de trabajo he descubierto el valor de la organización. Con torpeza logré que las actividades de mis estudios, de mi vida social, y de esta loca investigación convivan en un horario común durante meses. Deben creerme. Dormir solo ocho horas y suspender la cuenta de Facebook son los primeros pasos para conquistar el mundo. Me siento recompensado cuando reflexionó sobre los muchos aspectos del misterio que han sido esclarecidos por los aciertos de mi labor. Me gusta imaginar que mis humildes hallazgos son como velas iluminadoras flotando en la penumbra. Por supuesto, todavía restan muchas incertidumbres. Pero estoy convencido de que estas no perdurarán. Tarde o temprano un investigador testarudo e idealista moverá cielo y tierra para que los restos del burro se estudien con la dignidad de la ciencia pero sin las limitaciones del realismo. En cuanto a mí, no deseo nada más que encarnizar a ese investigador ideal. Pero mi momento no es ahora. Me comprometí conmigo mismo a aislarme de todo lo paranormal para descansar el alma y para subsanar el tiempo que escatimé a mis relaciones personales. La chica linda últimamente se ha resentido por la conducta esquiva e inapetente que mantuve durante los meses de mi trabajo. ¡Cómo la amo! ¡Cómo la extraño! Hemos prevalecido a las tentaciones de los desgobiernos del corazón, y ahora más que nunca tengo fe en la índole predestinada de nuestro amor. Créanme, estoy planeando unas “vacaciones” plenas y satisfactorias. Pero también estén seguros de esto: Ninguna fuerza de este mundo impedirá que retome el caso del Burro de Misisaga. Lo primero que haré será exigir que se hagan pruebas de Carbono 14 al espécimen. No se cómo, pero lo haré. Tengo fe en que algún hallazgo revelador surgirá de ello. Como creo haber dicho antes, los estudiantes de arqueología de la Universidad del Valle entregaron el esqueleto de la criatura al Museo de Villa Alta una vez que acabaron de estudiarlo. Hablé con mi amigo Manuel para averiguar más sobre el traspaso. Entre otras cosas, él me informó que los dirigentes del museo planeaban inaugurar la exposición el esqueleto del “Triceratops Sylvestris” en la sección de “Patrimonio Natural” el 29 de Abril de 2014. Los lectores que vivan en mi ciudad pueden darse por enterados. Adivino que muchos están muriéndose de ganas por ir a verlo con sus propios ojos. Son libres de hacerlo, naturalmente. Sé que la curiosidad humana pocas veces es aplacable, pero les recomiendo no buscar al burro. No les gustará lo que verán. Les aconsejo que, en vez de eso, esperen la segunda parte de este documento.

— Via Creepypastas

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