La dama del velo blanco

El Puente Negro
El Puente Negro

El silencio se adueña de la Villa Rica de la Vera-Cruz. Un silencio profundo, tremendamente profundo… Un silencio que hacía pensar en la ausencia total de la vida; que hacía pensar en la ausencia total de la vida. Y así, pálidos rayos de luz rompen el manto tenebroso de la oscuridad, sembrando débiles reflejos que apenas si taladran el espesor de la negrura infinita de la noche.

Envueltos en ese silencio pavoroso, envueltos en esa oscuridad absoluta, apresurados transitan dos garridos mozos, valerosos y alegres; que sin temor alguno y sin hacer caso a quienes les suplicaban no aventurarse por las lóbregas calles de la Villa Rica, quieren demostrar que, para valientes, ¡sólo ellos! Pero el silencio es aterrador, la oscuridad penetra hasta lo más recóndito del alma y los jóvenes no pueden substraerse al ambiente angustioso que envuelve la Villa Rica de la Vera-Cruz. Desde que a media voz, medrosamente, comenzó a susurrarse que a deshoras de la noche, por las calles de la Alhóndiga (hoy Zamora), por las de La Parroquia (hoy Independencia), por las de San Juan de Dios y Pescadería (hoy Miguel Lerdo) y por frente a la casa municipal (hoy Palacio Municipal), solía verse en tenue visión la figura de una dama envuelta en blanco ropaje, y a la que el vulgo, siempre acertado, había bautizado con el nombre de La Dama del Velo Blanco.

Y decíase que, quienes para su desdicha habían tropezado con la dama, apenas mirarla, habían caído muertos; sin tiempo siquiera para encomendar su alma a Dios. También se decía que la aparición de La Dama del Velo Blanco era precedida por el llanto de un niño; y por el alarido infrahumano de una mujer, y los rumores, cada vez en aumento.

Habían llegado al extremo de asegurar que la dama no sólo aparecía en las calles de la Villa Rica; sino que penetraba en los hogares. Cuando sus moradores se aprestaban al descanso y ante sus ojos asombrados aparecía algo así como una transparencia que se convertía en la sombra vaga de la mujer envuelta en blanco ropaje; deslizándose lentamente hasta desaparecer en algún rincón de la estancia, mientras ellos sentían sus cuerpos paralizados, sus lenguas trabadas, su espíritu apretado y oprimido el corazón.

El terror hacía presa a los habitantes de la Villa Rica de la Vera-Cruz; por ello, fue que los jóvenes de nuestra historia (pues ésta narración tiene más de historia que de leyenda), llenos de fanfarronería, guiados por el espíritu juvenil de la aventura, paseaban, apresuradamente, eso sí, por las oscuras callejas de la Alhóndiga, de Pescadería y San Juan de Dios y llegaban hasta Plaza de Armas, donde según los decires acostumbraba aparecer La Dama del Velo Blanco, después de escucharse, ¡naturalmente!, el llanto del niño y el alarido infrahumano de una mujer.

Pasan los jóvenes de marras, son valientes y hasta temerarios; pero ese silencio atroz, esa oscuridad profunda y un algo especial imposible de definir, va poco a poco dominándolos; no quieren ellos mismos confesarlo, pero, ¡cuánto habrían dado por no haberse metido en ésta aventura!

A lo lejos, escúchase al sereno en su grito inveterado: “Las doce de la noche… Oscuro y sereno”; y es cuando los jóvenes que atraviesan Plaza de Armas sienten que el terror los embarga porque a sus oídos llega el llanto de un niño, y llega después el alarido infrahumano de una mujer.

Los mozos se miran aterrados, sienten las mandíbulas trabadas por el miedo, un miedo imponente, irresistible; no pueden moverse y su espanto llega al máximo cuando a su vera aparece La Dama del Velo Blanco… Es un esqueleto, las cuencas vacías despiden un fulgor de llamas infernales; los dientes brotan de entre las descarnadas encías, y un hedor, nauseabundo, de cloaca, circunda el ambiente.

El blanco ropaje flotante envuelve la osamenta que parece bailar cadenciosamente y que cruje, cruje, entrechocando los huesos en un concierto macabro y espeluznante… Y así, bailando, bailando, las manos descarnadas se tienden hacia los desdichados, que imposibilitados de hacer movimiento alguno, sienten sobre sus rostros la monstruosa caricia, todo desaparece ante su vista y los cuerpos de esos dos jóvenes caen sobre los adoquines al perder la vida, presos del más absoluto terror.

Y La Dama del Velo Blanco se aleja, lentamente se aleja, tal parece que va flotando, hasta desaparecer envuelta en su blanco ropaje y envuelta también en un halo de inmisericordia y de terror…

Se cuenta que algunas noches, cuando la luna se oculta y negros nubarrones cubren el cielo, por las callecillas de Plaza de Armas se ve deslizarse, a deshoras de la noche, como una transparencia, la sombra de La Dama del Velo Blanco, mientras allá a lo lejos… ¡Surge el llanto de un niño y se escucha el alarido infrahumano de una mujer!

— Via Creepypastas

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