La chica más linda del colegio

El Puente Negro
El Puente Negro

Esa noche agradable de febrero, me encontré mirando la decoración del gimnasio escolar, compuesta por corazones rojos, rosas y blancos. Era el baile de San Valentín y las muchachas bailaban alegremente en la pista con sus parejas adolescentes. No obstante, mis ojos solo podían mirar a una, se llamaba Vanessa. Estaba sentada en una mesa, sola. Sus preciosos ojos color chocolate miraban la solitaria rosa que yacía girando entre sus dedos, con resignación.

Era la chica más linda del colegio, y no lo digo solo por su delicado físico, sino también por su dulce personalidad, tan gentil y tan inocente. Me enamoré de ella desde el primer instante en que la vi. Al menos hoy, podría darle un regalo por el 14 de febrero.

—¿Tu pareja te ha dejado plantada?— Le pregunté amablemente, acercándome a ella.

Vanessa me miró y sonrió de esa manera que me quitaba el aliento. Se había puesto un vestido rojo para la ocasión, bastante discreto pero lo suficientemente atractivo como para resaltar su silueta delgada. No iba tan maquillada como las otras chicas, porque ella nunca lo ha necesitado. Tiene un aspecto radiante, incluso sin llevar una gota de maquillaje encima.

—Creo que sí— Me contestó con un suspiro—, no sé de quién se trata. Solamente dejó esta rosa en mi casillero, con una cinta y una nota que ponía: “Para la chica más linda del colegio”.

—Parece que alguien tiene un admirador secreto— Le comenté, al tiempo que le daba un ligero codazo. Vanessa simplemente se ruborizó y agachó la mirada, sonriendo con timidez—. ¿Te gustaría un poco de ponche?— Le ofrecí.

Ella asintió con la cabeza, mientras tomaba uno de los vasos que había traído conmigo.

En tanto los otros bailaban, estuvimos conversando un poco. Pero quince minutos más tarde, Vanessa tuvo un mareo y se llevó una mano a la cabeza.

—¿Te encuentras bien?— Le pregunté.

—No… no sé…— Me dijo—…me siento muy mareada.

—Ven, te llevaré a tomar algo de aire fresco— Le dije mientras la ayudaba a levantarse.

Se apoyó en mí y salimos al patio de la escuela. En vano, ella intentó reponerse.

—Debería irme a casa— Dijo tambaleándose—. Tengo que llamar a mis padres, no puedo conducir así…

—Podría llevarte yo a casa, si quieres— Le digo sosteniéndola una vez más.

Se tambaleaba como si se hubiera emborrachado, aunque sabemos muy bien que ella no es capaz de tomar una gota de alcohol, a diferencia de todos esos muchachos. Creen que uno no puede darse cuenta de cuando le ponen licor a escondidas.

—¿Seguro que puedes? No quiero causar molestias— Me dice Vanessa.

—No hay problema, estaba por irme de todos modos.

Le ayudo a subir a mi auto y le coloco el cinturón de seguridad. El corazón me latía con fuerza. No podía esperar para llevar a la chica más linda del colegio a casa.

—Gracias otra vez, por ayudarme— Murmura antes de cerrar los ojos y perder la consciencia.

—Cualquier cosa por mi alumna preferida…

— Via Creepypastas

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