La Bruja que Destruyó el Pueblo

Allá afuera
Allá afuera

Si alguien me hubiera dicho hace unos años que los objetos inanimados también tienen memoria, seguramente me hubiera reído. Eso cambió cuando fui a ese parque extremo, ubicado en un cerro cerca de nuestra localidad, cuando todavía vivía con mis padres. Un parque de atracciones turísticas que no es más que un vasto espacio entre cerros, adaptado para deportes extremos y otras actividades, como días de campo y fiestas.

Quienes viven en Ciudad Juárez, Chihuahua (donde matan mujeres, sí), bien podrían decir que es un lugar que, si no conoces su ubicación, jamás sabrías que existe; ya que su publicidad se reduce a unas cinco o seis pancartas esparcidas a un kilómetro a la redonda (en el fraccionamiento Los Ojitos, al pie del cerro) y una página de facebook. Sin embargo, la fama del parquecito se ha esparcido en la comunidad, dado su peculiar encanto y su amplia gama de atractivos. No abre sus puertas más que los fines de semana y algunos días feriados. Como cualquier negocio, ha tenido días muy buenos y ha habido días en los que está completamente vacío. El día en que yo y mis amigos decidimos ir fue uno de esos días no muy buenos.

Era el fin de semana previo a mi cumpleaños. Como yo nunca había ido, no tenía idea de qué era lo que encontraría ahí, excepto que había paintball, que era lo único que queríamos mis amigos y yo. Dada nuestra mala coordinación, terminamos saliendo de la casa cerca de las cuatro de la tarde, y como aún estaba vigente el horario de verano, no nos quedaban más que unas dos horas y media de luz solar (sin tomar en cuenta que, por estar al pie de un cerro, la luz se acabaría aún más rápido). Hicimos poco tiempo en llegar, y tardamos una hora y media jugando al paintball hasta quedarnos desprovistos de dinero y de bolas de pintura.

Sin embargo, no nos queríamos ir aún; queríamos desquitar el precio de entrada y, cuando nos dijeron que teníamos hasta que cayera la noche para pasear, nos nació a todos el espíritu aventurero. Seguimos una calle que conducía a unas palapas a un kilómetro de subida, el cual recorrimos a pié para no gastar gasolina.

Resultó que el parque era mucho más extenso de lo que nosotros pensábamos, ya que tenía pistas para motos, pistas para ciclismoextremo, tres o cuatro tirolesas, un terrario, un puente colgante, un puente extremo, una tarima para música en vivo, zonas para acampar, un jardín botánico, paseos por arroyos secos y carteles llenos de información interesante acerca del desierto.

La verdad, yo ya me estaba preocupando, pues por más que caminábamos no alcanzábamos el final del recorrido, y ya no quedaban más que el aura de la luz solar. La noche ya estaba cayendo y no sabía cómo tenía la loca idea de que alguien vendría a sacarnos del parque y nos prohibirían volver a entrar por desobedecer las reglas.

Pasamos por el mentado jardín botánico, que no era más que un pequeño recorrido a lo largo de un caminito de piedras pintadas de blanco a través de un montón de vegetación de desierto, nada diferente de la que veníamos viendo desde que llegamos al cerro. Los encargados del parque habían colocado algunos adornos en las orillas del pequeño sendero, objetos de apariencia ru ral como herramientas, sillas de madera, una carreta destrozada, vasijas de barro, cántaras de leche oxidadas, una carreta sin llanta, unos troncos de roble, etc. Más abajo, como si se les hubiera acabado su suministro de objetos rurales, alguien puso el esqueleto metálico de un reno de navidad.

Seguimos un camino que nos llevó a otra zona de acampar desértica (visiblemente ya llevaba tiempo así) al pié de un arroyo seco. Al llegar hasta abajo, contemplamos como el arroyo zigzagueaba por entre los cerros, dando la apariencia de una pared impenetrable. Aunque soy fanático de la aventura, también lo soy de las reglas; y aunque mis amigos insistían que querían terminar el recorrido, yo me planté y les dije que era hora de volver por dónde veníamos. “Si de veras hubiesen querido verlo todo en un día, hubiéramos llegado más temprano”, fue mi argumento. Pero también dije que esa era una buena escusa para volver a venir, hacer un día de campo o algo así.

Como nadie cambiaba de parecer, al final, ellos decidieron proseguir; pues sabían que terminarían regresando al jardín botánico. Yo no quise experimentar y emprendí la larga subida por donde habíamos llegado. Los esperaría del otro lado del puente colgante para bajar juntos a la camioneta, o ellos me esperarían a mí si tenían razón y llegaban antes.

Mientras subía, escuché un mugido inconfundible. No sabía cómo era eso posible: hay mucha vida silvestre en el desierto, pero no sé de ninguno que emita mugidos. Seguido de esos mugidos, se escuchó un chirrido de una rueda y voces de gente hablando allá arriba. Eran los dueños del parque que habían ido a sacarnos del parque…, según yo, así que subí el último tramo preparando mi argumento de por qué nos habíamos demorado.

Pero algo muy extraño sucedió con forme llegué al jardín botánico: las voces se desvanecieron en el aire. Al llegar al camino de regreso, todo estaba en completo y profundo silencio. Miré en todas direcciones en busca de los dueños del parque, o quizá en busca de mis amigos tratando de jugarme una broma, o en busca de cualquier persona de plano: no había nadie a la vista, ni siquiera del otro lado del puente colgante. Pensé que yo había estado en lo cierto al regresar, y que mis amigos tardarían más en llegar por el camino del arroyo que yo en regresar. Pero entonces ¿quien hablaba? ¿Quién hacía ruido?

Un chirrido rústico proveniente de mi izquierda atrajo mi atención. Justo detrás de mí había una sillit a de madera vieja y desgastada por el calor completamente inmóvil, pero no se estaba moviendo así que supuse que no pudo haber sido la fuente del ruido. Lo volví a escuchar y estaba cien por ciento seguro de que provenía de la silla, o detrás de la silla, pero estaba muy cerca. Antes de que pudiera comenzar a olvidarlo, volví a escuchar el sonido de la vaca un poco más adelante, por el caminito del jardín. Como había matorrales en varios puntos, pensé que quizá el bromista se estaría ocultando detrás de uno para tomarme el pelo. Avancé en esa dirección.

Al ir pasando junto a la carreta, esta chirrió como cuando traen mucho peso. Se me congeló el corazón. Pensé que si alguien estaba intentando jugarme una broma, estaba haciendo un excelente trabajo. Perdí toda movilidad en ese lugar, con la vista clavada en la carreta, quizá esperando (deseando) ver a alguno de mis amigos escondido detrás de ella (Miguel era quien más gustaba de esas bromas). Entonces, casi descaradamente, la carreta emitió un chirrido desde lo más profundo de su ser; al principio, casi inaudible, pero poco a poco fue aumentando de volumen hasta que tronó. Era como si le hubieran atiborrado de carga hasta hacerla romperse.

Yo olvidé todo orgullo y salí corriendo por el camino.

Al ir pasando por las cántaras, el onomatopéyico sonido una vaca agresiva me sobresaltó. Una presencia invisible y enojada pateó una de las cántaras y esta cayó a un metro de distancia de las otras, derramando leche putrefacta mezclada con sangre.

Yo hice por correr tan rápido como pude, poniendo todo mi empeño en ignorar todo lo que se suscitaba a mi alrededor, pero era imposible no escuchar o ver…, u oler. Una esencia a heno viajaba en el viento, como el que se percibe en un rancho o un pueblo pequeño.

Y luego, esas voces. Personas hablando a todo mi alrededor, riendo, junto a los troncos. El sonido de personas trabajando provenientes de la carretilla. Un asno rebuznó por allá.

Inadvertidamente, me vi rodeado por todo un pueblo invisible al que jamás había entrado. Éste había venido a mí.

Pero esta no fue la peor parte. Poco antes de llegar al final, donde tan solo había unas macetas y unas canastas rotas, las charlas de los pueblerinos se convirtieron en alaridos de dolor, y los balidos de las ovejas y otros animales fueron aplacados. Escuché gente volviéndose loca, rizas, cosas rompiéndose y quebrándose.

El aire puro del cerro había sido remplazado por un humo espeso y caluroso de un gran incendio, el cual no existía. No había nada ardiendo en el cerro, pero el humo inexistente parecía extenderse por todo el camino, porque yo por más que corría seguía inhalándolo. Tosía y carraspeaba, pero no quería detenerme. Comencé a temer el morir asfixiado, y pasó por mi mente lo estúpido que sería cuando encontraran mi cadáver, me hicieran la autopsia y se dieran cuenta. En lo que menos pensé, ya estaba frente al puente colgante. Ya no se oía nada; no había olor a humo, ni a heno, ni a nada que no fuera flora de cerro; las únicas voces que se escuchaban eran la de los encargados del parque del otro lado del puente, que estaban subiendo todo lo que no estuviera asegurado al piso sobre un remolque atado a un carro para bajarlo del cerro. La troca 4X4 que traían tenía las luces encendidas, ya que, aunque aún no era de veras de veras de noche, ya eran necesarias para poder ver por dónde iban.

Uno de los que estaban subiendo cosas se me acercó y me dijo que ya era hora de cerrar el parque, y que mis amigos ya habían bajado el cerro hace más de media hora.

Esto desde luego que no podía ser posible, porque no habíamos consumido ni diez minutos en llegar al arroyo seco y eso que habíamos ido a paso lento. ¿Cómo era posible que yo, que había cubierto casi todo el caminito del jardín botánico corriendo tan rápido como pude, hubiera tardado media hora en llegar hasta aquí? El camino del arroyo seco que ellos seguirían iba en dirección contraria al estacionamiento, así que no había forma de que hubieran tomado un atajo.

El conductor de la troca me ofreció llevarme en la cajuela con los otros encargados del parque para que llegara más rápido y yo acepté.

Obviamente pensé que había alucinado. Eso era lo más seguro y lógico; todo había sido un producto de mi imaginación. Sólo me había asustado. Volví la vista atrás para confirmar que no había nada detrás de mí; que todo estaba en orden; allá a lo lejos, se podían ver las cántaras de leche en el mismo lugar que siempre habían ocupado; la no había incendio ni humo ni gente…, a excepción de esa figura encapuchada en la sillita que emitió el primer ruido que escuché.

Aún con la poca luz que quedaba, pude ver que el chal con el que se cubría era el típico atuendo mexicano, con franjas de colores oscuros. La figura traía falda, lo que hacía evidente que pertenecía a una mujer encorvada y anciana. No miraba en esta dirección, sino hacia la dirección en la que había estado siempre la silla, hacia el cerro. No hacía nada; sólo estaba ahí inmóvil, sentada, con la vista clavada en algún punto entre las bases de los cerros.

No quise decir nada a nadie, por temor a que ellos no pudieran verlo y que me tacharan de loco o paranoico o drogado y no me dejaran ir con ellos. Me quedé ahí sentado en la cajuela de la troca, quieto y en silencio, contemplando esa figura encapuchada que no hacía más que ignorarme, hasta que la troca se puso en movimiento y bajamos el cerro. El jardín botánico en su totalidad se perdió en la distancia, así como la anciana. No quise considerar nada mientras la tuve a la vista, pero luego pensé que, aunque encorvada y acabada, su postura irradiaba territorialismo, pertenencia.

Llegué a la camioneta donde mis amigos me esperaban desesperados. Ni siquiera consideré decirles lo que había visto, ya que ni estaba seguro ni tenía ganas de hablar de ello. Estaba como en una especie de shock auto inducido en el que estaba perfectamente consciente, pero todos mis pensamientos estaban centrados en lo que había pasado, seguía razonándolo.

Pasé toda la semana pensando en ello. Para cuando llegó el fin de semana, ya tenía un plan. Volví al parque extremo yo solo (esta vez temprano) y traté de preguntarle a los encargados acerca de los objetos en el parque botánico. Quería saber de dónde habían venido, quién se los había donado al parque si es que así había sido. Como sea, nadie supo decirme nada. Algunos dijeron que sólo las habían conseguido y se quitaron de problemas. Escuché que el dueño del parque podría saberlo.

Fui a entrevistarme con el. Este era un hombre de avanzada edad. Le pregunte por los objetos y me dijo que habían estado en su familia desde que tenia memoria y quiso saber por que mi interés. Entonces decidí contarle lo que me había pasado en el jardín, todo lo que escuche, lo que creía que había pasado; le hable de la anciana, también. No se si dije algo que no debía, porque el se puso nervioso y termino con nuestra reunión. Nunca mas me volvió a recibir.

Pasó el tiempo y yo no dejé de hacer investigación con respecto a los objetos que había en el jardín botánico, esperando cada vez menos conocer su procedencia. La única información que conseguí fue que esas cosas podían datar desde las épocas de la revolución mexicana.

Luego de unas semanas, me enteré de que esos objetos habían sido retirados del jardín botánico, y, esta vez, por más que quise seguir averiguando, ya ninguno de los dueños del parque me quiso dar información al respecto. No eran malas personas, no eran groseros o maleducados; simplemente evitaban el tema o me decían que no sabían. Claro que nunca subí al jardín para verlo con mis propios ojos. Nunca volví a subir ese cerro.

Francamente, me había dado cuenta de que, si algún secreto terrible podía guardarse en objetos, podría quedarse en un lugar. No sé si estaba en lo cierto, pero no me arriesgaría a averiguarlo.

Finalmente, me di cuenta de que fuera quien fuera la anciana encapuchada que vi en la silla (cuya sola presencia sugería que no era cualquier anciana), había sido la responsable de todo el desastre que escuché, que percibí y que casi me consume, pero del que no fui testigo. Incluso cuando eran mas viejos que yo, aún estaban cargados de esa aura oscura de odio y de locura. Esa aura emanaba de la anciana en la silla, la orgullosa figura que se sentaba ahí como diciendo: “mira mi obra: nunca voy a separarme de mi obra”.

———–Gracias a Carlos Rivas por la idea

— Via Creepypastas

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