Hebras de cabello

Asesinos del Zodiaco
Asesinos del Zodiaco

“No puedo creer que estoy aquí, junto a ti. Dejando mi corazón dividido. Sin poder saber si quedarme o partir, si estar a tu lado o buscar un nuevo lugar para estar. Desearía que me dijeras algo, que pudieras hablarme al oído como solías hacerlo. Pero no oigo más tu voz, ni veo tu cara; sólo me puedo quedar aquí parado, esperando que el viento me dirija a la primera vez que te vi”.

Su nombre era una mancha blanca para mí. No conocía más que su cara al verla pasar. Siempre sonriente, siempre alegre; pero aún sin conocerme. Fue hasta aquel día, mientras yo leía en la biblioteca, ella apareció casi como si mi corazón la hubiera llamado, casi como si deseara estar ahí tanto como yo lo deseaba. Mi corazón latía a gran velocidad sólo con verla, mis manos sudaban; no tenía idea de qué hacer. Me levanté de mi silla y la saludé. Sonrió y provocó que cada parte de mi cuerpo quisiera salir corriendo pero me quedé. Le devolví la sonrisa de manera titubeante. Hubo un pequeño instante de silencio y pregunté su nombre. Sonrió de nuevo.

–Me llamo Giselle, mucho gusto. ¿Tú cómo te llamas?

–Francisco. ¿Necesitas que te ayude en algo?

–Busco un libro.

–Ok, entonces, ¿cuál es el nombre del libro?

La guié hacia los estantes y estuvimos buscando por varios minutos aquel libro que ella necesitaba; estuvimos a punto de rendirnos cuando, como por arte de magia vi el libro asomarse entre los demás. Rápidamente le dije que lo había encontrado y ella saltó de alegría por todos lados y me abrazó. Sus ojos encontraron a los míos y podía sentir su aliento en mi cara. La besé sin pensarlo dos veces. Ella me miró fijamente y yo no sabía qué decir, sólo pasó por mi cabeza besarla de nuevo y eso fue lo que hice. Nuestros labios empapados de saliva se acoplaban perfectamente. Nuestros corazones se escuchaban en el silencio del lugar, nuestras manos se tocaron lentamente. Cuando terminamos, por un momento no dijimos nada, pero al cabo de segundos hablé.

–B…bueno, me alegra haberte podido ayudar. Cuando necesites algo más…

–Sí, gracias, mmm, nos vemos luego.

Tomó el libro y se marchó. La alegría que tenía en mi pecho era un sentimiento que nunca antes había experimentado. Caminé fuera de la biblioteca con su cara en mis pensamientos y con el sabor de sus labios en mi boca.

“Qué mundo tan podrido, tan cruel. Qué mundo me puede quitar lo que más amo sin ninguna consideración. Me clavas la puñalada más dolorosa en el lugar más vulnerable. Éste mundo huele a miedo y sin embargo, juntos estábamos superando la maldad que nos rodeaba”.

Viene a mi mente aquel día lluvioso cuando caminaba a casa. Todo parecía tan normal como de costumbre. El sol ya se escondía tras el horizonte, cuando vi algo inusual. Un grupo de hombres atacaban a una mujer en un callejón. Corrí gritando y tratando de ahuyentarlos, pero sólo conseguí que me atacaran. Mientras yo trataba de llegar a la mujer, dos de ellos me sujetaron y el otro la sujetó a ella. Peleé con ellos de la mejor manera que pude, pero cuando menos lo esperaba sentí como un cuchillo atravesaba mi espalda, y justo cuando otro cuchillo estuvo por acabar conmigo, la policía apareció y los hombres se marcharon.

La mujer se acercó a mí; yo no podía distinguirla en la oscuridad, pero cuando escuché su voz supe que era ella, era Giselle. Ella me tomó entre sus brazos y me abrazó mientras yo lentamente perdía el conocimiento; lo último que sentí fueron sus lágrimas cayendo sobre mi cara.

Al despertar sentía que todo me daba vueltas y mientras abría mis ojos la luz del día me lastimaba, pero poco a poco, delante de mí aparecía la cara más hermosa que existía, su cara; ella se había quedado conmigo toda la noche a cuidarme. Mientras ella dormía delante mío tomé su mano y ella despertó. Me miró y un par de lágrimas salieron de sus ojos. Me abrazó y se partió en llanto.

–Creí que morirías. –dijo ella, mientras secaba las lágrimas de sus ojos. La miré.

–Un pequeño cuchillo de cocina no es suficiente para acabar conmigo.

–Gracias por salvarme, sin embargo casi mueres por mi culpa.

–Preferiría mil veces morir yo y que vivas feliz que vivir sin ti.

–Yo tampoco podría vivir sin ti. Tomo mi mano y me besó. –Está bien. Te perdono pero si me aceptas una invitación al cine. Ella sonrió y sus mejillas se ruborizaron; se veía tan hermosa y yo estaba tan feliz a su lado que a pesar de estar al borde de la muerte, ella me hacía sentir inmortal.

“Vivimos tantas cosas juntos. Pasamos tanto años amándonos, conociendo hasta el más pequeño detalle de nosotros; defectos, virtudes, todo aquello que hacía que nos amaramos. Y ahora no puedo recordarte, no puedo verte, no puedo tocarte. Hoy me desperté solo”.

Han pasado ya tres años desde aquel incidente; en ese tiempo Giselle y yo llegamos a conocernos como casi a la perfección; no fue difícil ya que ella y yo teníamos tantas cosas en común, incluso llegamos a pensar que en vidas pasadas fuimos la misma persona. Hace aproximadamente un mes, ella y yo nos habíamos despedido; cada quien había regresado a su hogar para pasar las fiestas de navidad con nuestros familiares. El día de nuestra despedida había sido muy duro para mí, había sentido al verla ir como si una parte de mí se fuera con ella, lo único que me daba esperanzas era verla de nuevo. Después de dos largos meses nos vimos de nuevo. Lo primero que hice fue abrazarla con todas mis fuerzas y besarla hasta que nuestros labios no pudieron más.

Cuando regresamos a nuestras vidas normales; a nuestro trabajos y ocupaciones decidí que era hora de pasar a algo más serio con Giselle, así que tome todo lo que había ahorrado para comprar mi coche e invertirlo en algo más brillante, así que le compré un anillo de compromiso; estaba listo para pasar mi vida al lado de ella. Al llegar a mi casa me encontré con la sorpresa que ella y mis amigos habían organizado una fiesta de cumpleaños sorpresa para mí.

–Feliz cumpleaños, amor. Dijo ella mientras me abrazaba.

–Cuando termine la fiesta tengo que hablar contigo, amor.

-Le dije al oído.

Ella me miró sorprendida y caminó para atender la puerta. Toda la fiesta no pude hacer más que mirarla y a pesar que mis amigos intentaban platicar conmigo yo no podía concentrarme en otra cosa que no fuera su belleza, su cabello, sus hermosos ojos. Bailamos juntos esa noche. Mis amigos pusieron la canción con la que yo le había dedicado hace algún tiempo y con esa pieza musical nuestros recuerdos nos llevaron a ver dentro del ojos del otro y a sonreír; no necesitábamos palabras para saber que lo que pensábamos era la palabra: “te amo”.Al terminar la fiesta y cuando por fin nos despedimos de todos los invitados, Giselle y yo, nos fuimos a nuestra habitación; aún bajo los efectos del alcohol recordaba que en mi bolsillo había un anillo que debía de entregárselo.

–Mi amor, tengo algo que darte.

Nos sentamos en la cama y tomé su mano.

–Giselle, me harías el hombre más feliz del mundo y aceptas ser mi esposa y poder compartir nuestras vidas para siempre.

Ella miró amorosamente el anillo, después me miró y con lágrimas de alegría me abrazó.

–Claro que acepto, amor. Te amo y nada me haría más feliz.

La besé y poco a poco deslicé mi mano por sus pechos. Nos recostamos en la cama y lentamente nos quitamos la ropa. Ella me tomaba del cabello y yo rozaba mis labios en su abdomen. Subí lentamente hasta llegar a su boca. La miré.

–Amo que hagas eso. –dijo ella.

– ¿Hacer qué? –respondí.

–Cada vez que me miras lo haces como si yo fuera la única mujer del mundo. Cada vez que me miras me haces sentir protegida y amada. Nos besamos y nos hicimos uno, Su respiración agitada excitaba mi cuerpo, su sudor caía sobre mi pecho y sus mojados labios besaban mi cuello. Así la noche fue pasando y nos amamos hasta que nuestros cuerpos quedaron agotados y caímos en el más feliz sueño de amor.

“Debo saber si en verdad en algún lado estás. Al amanecer tu imagen se va de mí. Dejaste en mí un corazón sin dios. Sin ti estoy en un mundo frío. Te busco pero no te encuentro. Todo se derrumbó frente a mis ojos”.

Desperté y Giselle no estaba; lo único que había quedado en la cama eran las hebras de su hermoso cabello. “Seguramente se le hizo tarde para ir al trabajo”. Yo tenía el día libre, así que decidí ir a caminar un poco, pero antes de eso me preparé algo de desayunar, me bañé y miré las noticias un momento; había un reportaje sobre un terremoto en el centro de la ciudad pero no logré oírlo bien. Apagué la televisión y me fui a caminar. Intenté comunicarme con Giselle pero no contestaba “debe estar ocupada”. Al llegar a un puesto de bebidas que había en el parque donde caminaba, escuché que unas personas hablaban sobre el terremoto de esta mañana. Cuando oí el nombre del edificio que se había colapsado, sentí un frío en todo mi cuerpo. “Ese es el lugar donde trabaja Giselle”. Corrí lo más rápido que pude para tomar un taxi, pero el tráfico estaba detenido por el terremoto.

Miré a mí alrededor y vi que un hombre se acercaba en una moto. Lo derribé y tome su vehículo. Aceleré y me dirigí al lugar del desastre. Al llegar ahí la policía intentó detenerme pero mis deseos de ver a mi amada y saber si estaba bien me hicieron atacarlo hasta que pude pasar. Subí hasta el piso donde ella trabajaba y no veía más que polvo y escombros. Grité su nombre por todos lados. La desesperación me estaba llevando a la locura, pero justo antes de perderme la oí; ella me llamaba; muy débilmente pero me llamaba. Corrí hacía su voz. Removí escombros, muebles y todo lo que había en mi camino hasta que la encontré. Sus piernas estaban atrapadas por un librero.

Me recosté junto a ella.

–Tranquila, amor, todo está bien, ya estoy aquí. Trate de mover el librero pero justo en ese momento hubo otro terremoto. El techo cayó sobre nosotros pero yo logré cubrirla con mi cuerpo. Ahora los dos habíamos quedado atrapados y una pesada barra de metal aplastaba mi espalda.

–No te preocupes amor, todo saldrá bien. Ella me miró.

–Amor, tu espalda está sangrando.

–Estoy bien, esta barra pesa, pero no puedo dejar caer sobre ti. Juré que te protegería ante todo y no me importa perder la vida para que estés a salvo.

–Te amo.

–Yo también te amo. Pronto saldremos de aquí. A mi alrededor había chispas y pude sentir un fuerte olor a gas; en ese momento supe que el lugar iba a explotar y todo se vendría abajo.

–Giselle, quiero que sepas que eres lo mejor que me ha pasado.

Mi vida cambió al conocerte, he pasado los mejores años de mi vida contigo. Cada vez que te veo siento que mi corazón pertenece a otro mundo. Que puedo hacer cualquier cosa. Me hace sentir inmortal, me haces alcanzar el cielo; es por eso que no te dejaré morir. Cubrí su cuerpo con el mío y en segundos todo se llenó de llamas. El suelo se colapsó y todo se oscureció.

“Lo único que logro recordar de ti son las hebras de tu cabello en mi almohada”.

Oía gritos, oía llanto, veía luces y mucha gente. Mi cuerpo se movía por sí sólo. Cuando pude notarlo me dirigía en una camilla hacia una ambulancia. Entré y vi el cuerpo de Giselle sobre otra camilla. Intenté tomar su mano pero no podía mover los brazos. Uno de los paramédicos decía algo de múltiples heridas, pulmones colapsados, quemaduras de tercer grado. Sentí que me sedaban y antes de dormirme vi como los ojos de Giselle se abrían.

Ya pasaron cinco años desde que te vi por última vez, amada mía. Lo único que logro recordar de ti son las hebras de cabello sobre mi almohada. Ya pasaron cinco años desde que te perdí, y, aún después de tantos años sigues trayendo flores a mi tumba.

— Via Creepypastas

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