Familia rota

Asesinos del Zodiaco
Asesinos del Zodiaco

Una bella mañana de primavera, un joven muy guapo, vestido con elegancia, tocaba el timbre en la enorme casa de su novia, a quien le llevaba un hermoso ramo de claveles. Al abrirse la puerta, salió una hermosa mujer, que corrió a sus brazos para saludarlo efusivamente. Estaban tan metidos en su mundo de amor, que no se dieron cuenta de la presencia de dos niños hasta que uno de ellos tironeó del vestido a su madre. El más alto tenía como mucho seis años, y el más pequeño, cuatro o menos. Ambos miraban con sorpresa y desagrado al individuo que abrazaba a su madre.

“Mami, mami , ¿quién es este señor?”, inquirió el mayor de ellos, disgustado.

“Él será su nuevo papá”, respondió alegremente la joven viuda, con su pelo azabache ondeando por la suave brisa. Su acompañante sonrió y se acercó a acariciar los cabellos de los chicos, pero ellos se apartaron bruscamente, con una mueca de asco. El inteligente hombre sonrió ampliamente y aseguró que se llevarían de maravilla, mientras el anillo dorado de compromiso brillaba en su mano. No pudieron reprimir un gesto de desagrado. No les caía para nada bien ese tipo. No se iban a llevar nada bien.

Días más tarde, las campanas de la iglesia acompañaban a la feliz pareja a su nuevo hogar. Todo era color y magia, el joven era atractivo, inteligente y educado, el príncipe azul que toda mujer desearía tener a su lado. Alguien perfecto y maravilloso. Estaban profundamente enamorados y eran muy felices estando juntos, cada día era un final feliz eterno para ambos. Por el contrario, los hermanos no estaban para nada contentos. Detestaban a aquel individuo profundamente, pero al ver que su madre era tan feliz, decidieron callar su desaprobación. Bueno, eso fue hasta que se dieron cuenta. Ambos eran muy inteligentes para sus edades y no tardaron demasiado en notar que la mirada de su padrastro no era la de un enamorado, sino la de un hambriento de poder. Entonces, le odiaron, porque estaba recibiendo algo que no se merecía en lo absoluto, el amor sincero de su madre. El mayor estaba indignado: cómo era posible que su mamá, una adulta astuta, no se percatara de la clase de persona con la que se había casado. Pero no, él seguía siendo el príncipe azul perfecto. Para vengarse, en un acuerdo tácito, los hermanos acordaron hacerle la vida imposible al infeliz: robar sus papeles de trabajo, manchar sus ropas, dañar su computadora y su libreta eran las cosas más livianas que se le hacían. Lo que más les molestaba era que el tipo era realmente un cínico, les dedica a sonrisas y trataba con falsa cortesía cuando era perfectamente consciente de lo mucho que los aborrecía. Lo odiaban, lo odiaban tanto.

Los meses fueron pasando y la Bella en Bestia se convirtió, fue perdiendo su encanto como una flor que va se va marchitando lentamente, pétalo a pétalo. Un pétalo; los esposos no paraban de pelear por cualquier cosa, cada acción del otro era seguida por una discusión. Dos pétalos; se gritaban tan fuerte, que parecían que iban a romper los vidrios de las ventanas. Tres pétalos; los golpes ya eran algo habitual entre ambos: si él le daba un puñetazo, ella respondía con una patada. Llegaron incluso a revolearse cosas. El parqué estaba decorado de sangre y lágrimas. El hermano mayor tomó la iniciativa y se incluyó en estas disputas físicas, defendiendo a su madre y lanzándole cosas a su cruel padrastro, quien a su vez le daba un buen golpe; después de todo, eran muchos años de diferencia. En cambio, el más chico no tenía otra opción que cerrar los ojos y taparse los oídos, rogando a algún Dios misericordioso que todo acabe. “Cállense, Cállense, cállense por favor”, suplicaba en su prematura conciencia.

Lo peor de todo era que al final terminaban arreglados, como si nada hubiera pasado, como si esos moretones en sus cuerpos no fueran una muestra de que no podían convivir juntos. Acababan abrazados y diciendo lo mucho que se “amaban”, ante la mirada rabiosa de sus dos hijos.

Una mañana después de una reconciliación, la madre se despidió de todos para irse a trabajar, a brillar como la excelente médica que era. Su marido le saludó con un tierno beso en su labio roto, agregando que no se preocupara, que iba a ir al súper en su lugar rápidamente, pues no iba a dejar a los chicos mucho tiempo solos. Agradecida, salió de su hogar con tranquilidad, cerrando la puerta tras ella.

Fue como el despertar de un demonio, pues apenas cerrada la puerta, se dirigió con fiereza a la cocina. El súper podía esperar. Había algo mucho más urgente que hacer.

El niño estaba jugando en el suelo del amplio comedor con uno de esos robots que tanto le gustaban, abrazando con la otra mano el conejo de felpa que siempre llevaba consigo, un protector infaltable. Se acercó despacio, no quería asustarlo. Se paró a su lado, observándole con profundo desprecio. El chiquito le devolvió una mirada tan inocente y tranquila, que no pudo evitar sonreír con malicia, levantando el cuchillo por encima de su cabeza.

Casualmente, el primogénito se encontraba paseando aburrido por los grandes pasillos de la residencia, cuando sintió ruidos extraños viniendo de la sala de estar. Asomándose, vio que su padrastro levantaba un cuchillo sobre su cabeza, en dirección a su indefenso hermanito menor. Furioso, corrió hacia ellos, interponiéndose entre el metal y la piel , insultando al adulto. Mala suerte, porque el arma impactó de lleno en su lindo rostro. Los gritos no se tardaron en hacerse presentes, junto con las maléficas carcajadas. Una, dos , cuatro, ocho puñaladas. Quedaron amontonados en el piso dos cuerpos, empapados en sangre.

La joven, desconsolada, lloraba la muerte de sus hijos abrazada a su asesino, sin saberlo. Era muy inteligente, y no había dejado evidencias de haber sido él el culpable de la masacre cruelmente perpetrada. Había logrado salirse con la suya sin que sospecharan en lo más mínimo de él. Ahora solo quedaba ese obstáculo, que se retorcía de dolor entre sus brazos manchados con la muerte de dos inocentes.

Entonces, ella cayó en un pozo de depresión profunda. No salía, no comía y apenas hablaba. Poco a poco, la tristeza la consumía por dentro, ante la mirada expectante del asesino. Su sistema inmunológico también se vio afectado, por lo que no pasó mucho tiempo hasta que contrajo una grave enfermedad pulmonar. Los médicos habían dicho que era un cuadro muy severo, y tendría que hacer reposo si no quería empeorarlo. Dejó de ir a trabajar, se la pasaba los días en casa, total, el dinero le sobraba. Paulatinamente, desmejoró hasta el punto en que no se levantaba de la cama. Sus días se vieron encerrados en cuatro paredes, con la oscuridad arrasando con su belleza y espíritu libre. Habían cesado las peleas con su esposo, quien no hacía más que atenderle y cuidarle con mucho cariño. Por lo menos lo tenía a él. No sabía lo equivocada que estaba.

Para colmo, aparte de su espectacular actuación de príncipe, estaba acelerando el deterioro de su mujer, puesto que cada vez que le llevaba la comida, colocaba unas gotas de veneno no muy potente en ella, que a la larga producían efecto.

No obstante, la situación no iba a resolverse a favor de ese desgraciado.

Una tarde, mientras acomodaba los sillones para ver una maratón de televisión, vio que uno de los cuadros tenía algo raro. Se acercó a ver mejor, y se dio con que era una foto familiar, él, su mujer e hijastros. Lo único anormal era que en su parte estaba tachada con crayón negro, como si quisieran borrarlo de la foto. Le perturbó un poco, pero no le dio tanta importancia, esos niños ya no estaban para atormentarle. Bueno, ese fue el desencadenante de todo lo otro.

Días mas tarde, se encontró con que todas las fotos en dónde el aparecía estaban rayadas. No podía ser su esposa, ella estaba en cama, los familiares no venían, y no tenían servicio de limpieza. Trató de ignorar aquellos hechos, y esconder todos los cuadros, por las dudas. Después, sus cosas empezaron a aparecer rotas. Si, sus papeles de trabajo eran destrozados, sus medias parecían cortadas con tijeras. Siguió conservando la calma, ya se le iba a ocurrir alguna explicación lógica y coherente. Mentira. Luego la cosa se puso más seria: encontró en su cena, agujas chiquitas mezcladas con la carne. Él mismo se la había preparado y el costurero se encontraba en la planta alta.

Luego, al levantarse de la cama, tropezó con un patito de hule viejo y gastado. Casi se parte la frente contra el piso, y este asunto le asustaba demasiado. Estaba preparando pizza, cuando tuvo que sacar el queso de la heladera abierta. Antes de tocar el aparato, se dio cuenta de que el piso estaba mojado, sin embargo, recordaba perfectamente que hacía un segundo no había ni una gota.

Otro ejemplo fue, cuando estaba leyendo el diario en el comedor, y sintió que algo duro le caía en la cara. Era un pedazo de techo, del ventilador que estaba por desprenderse justo en su cabeza. Tuvo que correrse antes de que se cayera y le rebanara el cuello. O cuando estaba en la computadora, y de la nada surgió un típico anuncio, con la diferencia de que éste tenía un mensaje de letras rojas que decía: Grandísimo hijo de p***. En consecuencia, la paranoia se volvió algo casi constante en su rutina, estando las veinticuatro horas asustado.

Una noche en particular, se despertó agitado porque había sentido que le arañaban la cara fuertemente. Su mujer se encontraba dormida profundamente. Pasándose, estresádo, las manos por el cansado rostro, se levantó con la intención de tomar agua, tenía la garganta seca. Bajó con temor y recelo los escalones, hasta llegar a la cocina. Buscó la botella de agua y tomó un vaso. Antes de que pudiera dar un sorbo, vio con el rabillo del ojo una sombra pequeña, de pelo largo cayéndole sobre los oscuros ojos. Pasmado, hecho a correr por las escaleras, escuchando claramente el ruido de unas risitas infantiles. Huyó despavorido hacia su oficina, y cuando quiso entrar, vio en el pasillo a la misma figura, con un cuchillo enorme en su ensangrentada mano derecha, moviéndolo amenazante en su dirección. Ahora podía ver bien su destrozado rostro, idéntico como él le dejo. Una herida sangrante en la mitad de la cara, acompañada de una sonrisa de costado, hicieron que saliera aterrado hacia el otro lado, pero allí visualizó otra sombra, un poco más diminuta, que escondía atrás su mano izquierda, y con la otra sostenía un conejo rotoso. Su cuello sangraba a borbotones, producto de la primera puñalada asestada hace mucho tiempo

Al ver que no podía seguir avanzando retrocedió como loco hacia las escaleras, con tanta mala suerte que rodó por ellas, a su vez un coro de risas transformaba su caída en un auténtico infierno. Aturdido y confundido, intentó levantarse del suelo, para darse cara a cara con su hijastro menor, que le mostraba en su mano izquierda, unas tijeras gigantes.

“Hello, daddy”, dijo con su voz espectral. Un nuevo show de gritos sacudió a la casa.

La joven se despertó de un golpe, alterada por los gritos de su esposo que provenían de la planta baja. Con las escasas fuerzas que le quedaban se puso de pie, y se encaminó con lentitud hacia el lugar. Al bajar las escaleras, se dio con el cadáver mutilado del hombre. Le faltaban los dos ojos , tenía marcas de puñales por todos lados, y también tijeretazos en el cuello y pecho. El piso estaba teñido de bordó y el olor de la muerte impregnó sus holgadas ropas. Se hubiera puesto a gritar sino fuera por los mensajes en la pared: uno con letras pequeñas, rezaba “él es un señor malo, muy, muy malo”. Y el segundo tenía un recuadro de corazón, y decía en letras mayúsculas: “WE LOVE YOU, MOM”, junto con una firma de dos manos diminutas.

La madre esbozó una sonrisa, y dos lágrimas suaves resbalaron en sus mejillas. En ese momento, un dolor en su corazón le avisó que la enfermedad y el veneno estaban pasando la factura final. De sus labios, con el último aliento susurró un ” gracias”, ante la mirada tierna de sus dos tiernos retoños manchados de carmín.

— Via Creepypastas

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