El pastor y el demonio

Asesinos del Zodiaco
Asesinos del Zodiaco

«¿Qué tanto escribes?», me preguntó una vez mi papá mientras yo tecleaba en mi computadora personal sentado en el sofá de la sala. Le dije que escribía una historia. Él quiso saber de qué, y así empezó nuestra primera conversación formal sobre mi hobby de escritor. Le conté que me encantaba inventar cosas en mi cabeza y que había encontrado en la redacción una forma de dejarlas salir.

Lo interesante de este episodio fue que mostró genuino interés en mi pasatiempo. Generalmente para él, si no es referente al estudio es una pérdida de tiempo. Pero en esa ocasión me prestó verdadera atención y pareció mostrar verdadero interés en que yo tuviese semejante forma de divertirme.

«¿Y por qué no escribes del bisabuelo?», me preguntó.

Mi árbol genealógico es una de esas cosas por las que nunca he mostrado curiosidad en mi vida. Conocí a mis abuelos paternos y conozco a mi abuela materna; según entiendo, mi abuelo materno fue ¿es?– un desgraciado que tuvo más de veinte hijos (diez de mi abuela y otros tantos con otras mujeres). A eso se reducía mi conocimiento sobre mi familia y más allá, hasta que mi papá me habló de este personaje tan peculiar que fue mi bisabuelo.

La verdad, nunca me hubiese imaginado que mi familia fuese así de interesante.

Mi bisabuelo, Jorge Villegas, fue, hasta cierto grado, un brujo. Digo hasta cierto grado porque no era nada como lo que conocemos. Se podría decir que pasaba perfectamente como una persona normal; es más, se podría decir que hasta intentaba serlo. Pero vamos por partes.

No voy a usar este espacio para contar todas las anécdotas de las que me habló mi papá, ya que aunque todas son de lo más increíble, original y a la vez tétrico que haya escuchado en mi vida, también son bastante largas. Pero voy a dar unos ejemplos.

Mi papá me dijo que para cuando mi abuela ya era una mujer capaz y sedienta de mundo, el bisabuelo Villegas trabajaba en una granja de Santiago Papasquiaro, en Durango, cuidando cabras, para mantenerlos a ambos. En ese entonces él ya tenía cerca de 60 años y estaba muy malo de su pierna derecha, apenas si podía caminar. Mi abuelita quería venirse para Ciudad Juárez, que estaba en pleno auge económico. Eran los años cuarenta, y el desarrollo industrial en el norte de la república estaba alcanzando un punto clave, además de que Juárez era la potencia algodonera número uno del mundo. El bisabuelo, como sea, no estaba para viajar ni quería dejar su trabajo. Esto impulsó a la abuela a escaparse una madrugada y venir a la frontera, mientras el bisabuelo dormía. No le fue muy difícil, ya que los campesinos migraban al norte por centenas, y ella no tuvo problema para ponerse de acuerdo con alguien que la trajera. Entraron a Ciudad Juárez por Samalayuca y fueron hasta lo que ahora es la zona centro de la ciudad, a orillas del Río Bravo y el puente Santa Fe al Paso, Texas. El viaje no duró más de un día, porque nada más se detuvieron para comer una vez.

«No me preguntes cómo, porque no sé, me dijo mi papá –pero lo primero que vio cuando se bajó del carro fue al bisabuelo Villegas sentado en la banqueta esperándola, con su bastón en la mano.» Le dijo a mi abuelita que había ido a llevársela de regreso a Durango, y cuando le preguntó que cómo había llegado, él le respondió –¡wait for it!– «Caminando».

El bisabuelo una vez fue a una boda de rancho a la que no lo invitaron e inexplicablemente hubo una plaga de víboras que terminó arruinando la fiesta. Las condenadas serpientes de cascabel salieron de todas partes y asustaron a todas las personas aunque, haciendo un recuento de los hechos, no hubo heridos ni mordidos. Quizá eso fue lo que tenía al bisabuelo en su silla, riéndose de todos mientras las serpientes lo rodeaban.

Eventualmente el bisabuelo Villegas quiso establecerse, y quiso pertenecer a la iglesia católica. Para esto, tuvo que confesar quién era y la vida tan singular que llevaba. No conozco todos los detalles de la iglesia católica: no se me ocurre una penitencia adecuada para la brujería, pero me parece que la que le impusieron fue un tanto exagerada. Un día de viernes por la tarde, le ataron las manos a la espalda, le hicieron arrodillarse y lo hicieron limpiar todo el presbiterio con la lengua. <

El bisabuelo Villegas es todo un personaje en la familia, y de hecho, existe una versión no oficial en la familia que el famoso corrido de Modesto Ayala está inspirado en él (la versión triste, en la que la novia muere al último).

Pero de todas las anédotas que me contó mi padre hubo una que me llamó la atención más que ninguna otra. Una que se remonta hasta aquel rancho de Papasquiaro, donde el trabajaba cuidando cabras y lo que le pagaban ahí era su única fuente e ingresos. No era mucho, pero necesitaba el dinero y no podía trabajar haciendo otra cosa. Su pierna tenía días buenos y días malos, y el día en que ocurrió esta anécdota que me contó mi papá, era uno de los días buenos. El había seguido a las cabras hasta los montes cercanos al rancho de la familia para la que trabajaba. Ahí se acomodó a verlas pastar.

Debían de ser cerca de las cuatro de la tarde cuando notó la discrepancia en su rebaño. Dada la naturaleza tan singular que ya describí de mi abuelo, lo menos que podría decir de él es que era una buena representación de la parábola del buen pastor. Él conocía a sus cabras bastante bien y sus ojos rara vez lo engañaban. Quizá decir eso estaba de más, ya que el rebaño del rancho estaba compuesto de cabras blancas, grises, cafés y pintas; la cabra negra que se movía entre el rebaño no pertenecía a su patrón. El bisabuelo se levantó y se dirigió hacia la cabra. No había dado cinco pasos hacia allá cuando la cabra comenzó a moverse entre el rebaño; al verla (extrañado) se detuvo y ella (aún más extraño) dejó de avanzar junto con él. Estaba seguro que lo miraba.

Volvió a ponerse en movimiento y la cabra negra lo imitó. Supo desde ese momento que su intención era que la siguiera. La cabra se apartó del rebaño y subió el cerro y el bisabuelo hizo lo mismo. Cuando se quedaba muy atrás, la cabra se detenía a esperarlo. Eran aproximadamente las cuatro veinte cuando arribaron a una cueva en la mitad del cerro que se veía oscura y angosta. La cabra entró ahí sin mucho problema, pero el abuelo tuvo que acuclillarse para poder ver dentro. Ahí dentro, había algo con luz propia. El bisabuelo lo identificó de inmediato: era oro. No solamente oro sino doblones perfectamente circulares y relucientes, como se describían en los libros de piratas y se veían en sueños. Sólo que este no estaba en un cofre sino regado por todo el suelo arenoso de la cueva, que no era recta sino inclinada hacia abajo.

Inmediatamente dejó su bastón en el suelo, se arrastró dentro y se aproximó al tesoro, que estaba a unos cinco metros de la boca de la cueva. Lo vio, lo tocó, era tan irreal.

El bisabuelo Villegas se caracterizaba, entre muchas otras cosas, porque mantenía su cabeza fría en todo momento, incluso en ese: aún con el oro frente a él, no perdía de vista que estaba debajo de un cerro, en una cueva a la que lo había llevado una cabra negra que acababa de desaparecer en la oscuridad. Quería el oro, pero se sentía en una trampa. Aún si tuviese en que cargarlo, le sería imposible sacarlo todo de una sola vez.

Se dijo que su prioridad sería sacarlo de esa cueva y luego vendría por él. Así que se dispuso a arrojar su tesoro fuera de la cueva. Pero en cuanto cogió el primer puñado de doblones y lo arrojó fuera de la boca de la cueva, algo extraño sucedió: el oro nunca todo el suelo, se mezcló con el aire y dejó de existir. Este efecto tomó desapercibido al abuelo, le pareció tan desconcertante que sintió que nada había sucedido del todo, por lo que repitió el acto. Tomó otro puñado y lo arrojó fuera de la cueva. El efecto fue el mismo, el oro se volvió aire.

«Es todo o nada», dijo una voz que no provenía de ningún lado en específico.

Papá nunca me explicó el significado de estas palabras. Para mí significa muchas cosas, pero para el abuelo tuvo un único significado. Lo entendió de inmediato y replicó: «pues sea por nada, quédate con tu pinche oro.»

Acto seguido, se arrastró fuera de la cueva y se levantó. No había dado ni dos pasos hacia su bastón cuando un poderoso impacto lo sobresaltó. Se volvió para recibir el último suspiro de esa cueva del demonio, y este venía acompañado de polvo y calor. Si no hubiese visto la gran roca moverse un poco y la arena suelta que se desplazaba libremente hacia abajo, podría haber jurado que la cueva nunca había estado ahí.


— Via Creepypastas

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