El niño monstruo

Asesinos del Zodiaco
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Niño monstro

Le veía cada mañana cuando pasaba por delante de su cuarto. El niño monstruo. Probablemente ni si quiera fuera humano, a pesar de que sus padres se empeñasen en ello. Con esos ojos que casi no se veían tras tantos bultos extraños, esos dedos que no eran dedos… ¡y ni si quiera tenía nariz! Bueno, según sus padres sí tenía, sólo que tenía una forma distinta a la nuestra. Ya, claro. Sus padres decían tantas cosas…

El niño monstruo estaba ahí desde que David tenía unos dos o tres años, no lo recordaba bien. Lo que sí tenía muy claro es que desde el principio supo que no era humano, aquella cosa no podía serlo. En realidad al principio no podía saberlo, era demasiado pequeño como para poder pensar; pero, aun así, lo sentía, lo intuía. Aquella cosa no era humana, no podía serlo. Había conocido a muchos seres humanos a lo largo de su aun corta vida y podía afirmar con total seguridad que los humanos no eran así. Aquella cosa tenía que ser un monstruo. Un bebé monstruo, un niño monstruo, pero un monstruo al fin y al cabo.

Lo peor de toda aquella situación, pensaba David, es que él parecía ser el único darse cuenta de lo que era en realidad el ser que vivía en la habitación de al lado, bajo su mismo techo. Sus padres, no contentos con decir que era humano, se habían empeñado en hacerle creer que además era su hermano. Y, peor aun, querían “curarle”.

Le llevaban al hospital muy a menudo, para que le hicieran operaciones que le hicieran parecer más humano. No se daban cuenta de que aquello era imposible, era como si quisieran transformar un pez en un elefante. Una locura, lo miraras por donde lo mirases. Además, iba –todas las semanas a ver a una señora que le enseñaba a hablar. Como si los monstruos fueran capaces de hablar como los humanos.

Una noche, a una hora a la que él debería estar dormido, escuchó a sus padres hablar sobre el niño monstruo (a quien ellos insistían en llamar Adrián) y él mismo:

–Estoy muy preocupada por David. –dijo su madre–. Sigue obsesionado con eso de que Adrián no es su hermano y que es un monstruo. Yo ya no sé qué hacer, la situación me supera… He leído un cuaderno que encontré en su habitación, y hay varias páginas sobre “cómo eliminar al monstruo”. –esto último lo dijo a punto de echarse a llorar.

–¿Crees que deberíamos intentarlo de nuevo con el psicólogo? –se preguntó su padre–. Sé que las primeras veces no sirvió de nada, pero ahora que es algo mayor, quizás entre en razón.

–Dudo que sirva de algo.

David dejó de escuchar a partir de ahí. Estaba harto de todo aquello. ¿Por qué sus padres no lo veían? ¿Por qué se empeñaban en creer que el problema era él, cuando el problema era claramente que compartían casa con un monstruo? Había llegado el momento de pasar a la acción. Si sus padres no hacían lo necesario, tendría que hacerlo él mismo: acabaría por fin con el monstruo.

Decidió no retrasarlo más. Esa misma noche, entró a la habitación de “su hermano” el monstruo. Estaba dormido, así sería más fácil. Había visto muchas películas, con todo el tiempo que pasaban en el hospital sus padres no le controlaban demasiado las horas de televisión, así que tenía muy claro lo que debía de hacer a continuación. Cogió del armario la almohada de repuesto. Se quedó unos instantes mirando la cara del niño monstruo, observando como dormía tranquilamente, creyendo que les había engañado a todos. Pero no era así, él había sido más listo. Y entonces lo hizo. Colocó la almohada sobre su cara y apretó. El niño monstruo se despertó, pero no pudo hacer gran cosa aparte de patalear un poco. David era pequeño, sí, pero él lo era más, y tras tantas operaciones estaba aún más débil.

Finalmente, resultó que David tenía razón: sus padres vivían bajo el mismo techo que un monstruo. El problema es que se había equivocado sobre quién era ese monstruo.

— Via Creepypastas

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