El día que mi vida cambió

Allá afuera
Allá afuera

Fui al laboratorio para realizarme mi examen anual, aquella mañana todo parecía perfectamente normal. Luego de unos minutos de aguardar en la sala de espera, la enfermera me hizo pasar al consultorio del Doctor López.

Ahí estaba él. Ese médico era todo un personaje, siempre tenía el ceño fruncido aunque estuviera de buen humor. Me observó con una mirada fría y penetrante y dijo:

– ¡Quítese la camisa!, Le vamos a sacar un poco de sangre para revisar que todo esté bien. ¡Ah!, pero antes de eso, déjeme comentarle que de acuerdo con su expediente, es el momento adecuado para administrarle la vacuna de la gripe.

– ¡Pero, Doctor!, Estamos en agosto, ¿no le parece un poco precipitado? – Repliqué sorprendido.

– Nada de eso, al contrario, si lo inoculamos de una vez nos estaremos asegurando de que ningún virus lo ataque. – Contestó el galeno.

Yo estaba muy inquieto, había algo que no me gustaba, sólo que desafortunadamente no supe que era. La enfermera llegó con una jeringa más grande de lo habitual, la cual contenía en su interior un extraño líquido de color naranja.

– Oiga Doc, Esa no es la vacuna de la influenza – Aseveré.

– Es una nueva fórmula que lo protegerá por más de dos años, de cualquier tipo de influenza (común, H1N1 etc.) así como de otras tantas enfermedades. Además, como este tratamiento se encuentra en fase de prueba, no tiene costo. Sin embargo, le aseguro que le estamos ofreciendo lo último que hay en el mercado.

Acepté prácticamente a regañadientes que me aplicarán la inyección. Comencé a sentir mareos y náuseas inmediatamente después de que salí del consultorio. Poco después llegué a mi casa, me sentía exhausto. Me recosté en un sillón y me quedé dormido hasta que el teléfono me despertó. Era Sonia, mi novia, quien me recordaba que esa noche habíamos quedado en salir a cenar. Le dije que me sentía indispuesto y ella comenzó a enfadarse pues casi todas las veces que hacíamos planes era yo quien los cancelaba a última hora. Por tanto, no aceptó un no por respuesta y quedé de recogerla en su domicilio a las nueve de la noche.

Milagrosamente para esa hora, ya me sentía mucho mejor. Los dolores y demás síntomas habían desaparecido. La luna llena iluminaba la ciudad como un enorme faro. Cuando llegué a su hogar Sonia ya estaba en la banqueta esperando, subió al auto y nos dimos un beso. En ese momento, una violenta fuerza recorrió mi cuerpo, mi voz comenzó a cambiar y mis brazos y mi rostro se comenzaron a cubrir de pelo. Yo estaba aterrado, ya que veía en el espejo los cambios que mi organismo estaba experimentando ante la mirada atónita de mi amada. Ella por su parte, se había quedado congelada.

De pronto empecé a aullar y mis manos (ahora garras) se llenaban de sangre. Sentí tal desesperación que perdí el conocimiento. Cuando desperté algo horripilante había pasado, el único rastro que quedaba de Sonia era su cabeza que descansaba en mi pierna derecha.

Fuente: cuentosdeterror.mx

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