Dones y maldiciones

El Puente Negro
El Puente Negro

Todos tenemos dones, y a veces son maldiciones.

Fue en el último año; justo había terminado la práctica de bádminton y estaba en el vestuario, cuando entró Steven, un atleta dotado, esquiador calificado para las Olimpiadas y quarterback estrella del equipo de fútbol americano de nuestra escuela.

Fue raro que Steven se sentara junto a mí luego de la práctica de fútbol. Yo era un adolescente inseguro, apodado «Larguirucho» afectuosamente, y no era nadie con quien él hablaría.

—Larguirucho, ¿cierto? —Steven sonríe y el pánico se enciende en mi alma.

—Hola, Steven.

Mantengo la calma, pero veo sombras acechando por el rabillo del ojo. No sería capaz de predecir el desastre inminente que estaba por venir, pero huirían tan rápido como las viera.

Doy un respiro profundo:

—¿Cómo estuvo la práctica?

—Estuvo bien —Comienza a cambiarse—. ¿Por qué no probaste estar en el equipo de fútbol? —Steven se saca la camiseta y se aleja de mí mientras el alquitrán se esparce por las grietas del suelo de mosaico.

Me siento intimidado de que Steven me esté hablando, apenas puedo articular las palabras.

—Me perdí las pruebas —tartamudeó lentamente.

—Serías un gran receptor. —Steven se pone desodorante, ignorando el líquido negro que sale de su casillero, recubriéndolo de negro.

Se acerca una luz en la distancia con palabras reconfortantes que solo yo puedo escuchar.

«Dile que es amado y apreciado», habla tranquilamente una figura gaussiana borrosa.

«No, eso es embarazoso», contrarresto desde mi cabeza.

«Hazlo antes de que sea demasiado tarde», contesta severa y gentilmente.

«Todos dicen eso», respondo en silencio, nervioso.

«¡Hazlo ahora!». La luz se va con un destello.

—¡Oye, Larguirucho! —escupe Steven—. Inténtalo para el equipo del año entrante, ¿está bien? —Las sombras reptan por sus tobillos.

¿Alguna vez recibiste un obsequio y deseaste haber podido regresarlo? No estoy hablando de un regalo de cumpleaños que puede ser donado o intercambiado. Steven era un atleta dotado; yo no.

—¡Oye, Steven! —tengo el coraje de decir—. Haré el intento.

—Bien. —Su sonrisa se va, sus ojos pierden su brillo en tanto las sombras se aferran a él y no lo sueltan.

Siento una culpa enorme dentro de mí y trato de justificar mi falta de acción para no haber dicho dos palabras, «Te aprecio», y me acechará por muchos años.

No hay nada que pudiera haber hecho luego de eso para cambiar la situación. Resulta que, una hora después, Steven yacería muerto junto a la escopeta de su padre, con una nota que diría: «Me hubiera gustado que alguien me apreciara por quien soy y no por mis logros». Él había estado padeciendo de depresión a medida que fue aquejado por la presión de los partidos, las expectativas de éxito y que se reconociera su don sin que nunca fuera apreciado. Desearía haber actuado sobre mi intuición y haber reconocido mi propio don, el don de la premonición, y ese día fue evidente que tanto el don de Steven como el mío eran paralelamente nuestras maldiciones.

Juro alzar mi voz la próxima vez. Lo cual me recuerda, querido lector: «¡Te aprecio!».


Subido por: Naaga

— Via Creepypastas

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