Una triste feliz navidad

La navidad se considera la época más feliz del año. Debería serlo. Pero para desgracia de muchos, esa época resulta ser la más triste de todas, como le pasó a cierta familia, la noche justo antes de navidad. La familia Fasolis era una de las más adineradas de la ciudad de Córdoba y también la más humilde; cosa que era algo raro si los comparaban con las demás familias adineradas.
Una triste feliz navidad

La navidad se considera la época más feliz del año. Debería serlo. Pero para desgracia de muchos, esa época resulta ser la más triste de todas, como le pasó a cierta familia, la noche justo antes de navidad.

La familia Fasolis era una de las más adineradas de la ciudad de Córdoba y también la más humilde; cosa que era algo raro si los comparaban con las demás familias adineradas.

Mónica Piangenti; esposa de Horacio Fasolis, era la mujer más hermosa y amable de todas. Dueña de un gran emporio de belleza y de una humildad increíble. Horacio Fasolis era dueño de una distinguible marca de autos lujosos, elegantes y sobretodo caros. Ambos tenían un hijo, Facundo Fasolis de tan solo 12 años recién cumplidos. Los tres conformaban una hermosa familia, con la cual podrías pasar la más alegre navidad. O eso esperaban ellos…

La noche del 24 de Diciembre, a unas cuantas horas para la media noche para celebrar la llegada de la navidad, tocan la puerta. Siguiendo indicaciones de su madre, Facundo se dirigió a abrir la puerta. Detrás se encontraba un hombre alto con cabello desordenado, ropas andrajosas y sucias, con una ligera sobra de barba y un casi perceptible olor a podrido. Sin duda alguna, un viejo vagabundo. El aspecto del hombre casi le provoca hacer muecas de asco las cuales a toda costa tuvo que evitar. También le daba mala espina su aspecto, algo en su mirada quizá, estaba por cerrar de nuevo la puerta hasta que llegó su padre y lo invitó a pasar antes de que su hijo le azotara la puerta en la cara. Horacio guió al hombre a través de la sala donde se podía apreciar el hermoso árbol de blancos colores adorando con adornos de cristal y otros con tonos ligeramente dorados, con regalos debajo y una estrella que coronaba la cima.

Mónica lo recibió con una amable sonrisa apenas lo vio entrar al comedor. Fue y volvió de la cocina con un plato extra para su invitado. Los cuatro tomaron asiento y comenzaron a platicar mientras degustaban la deliciosa cena que Mónica había preparado con tanto esmero. Ya habían dado las 10:30 pm cuando el timbre de la puerta sonó para avisar que tenían unas visitas más.

Horacio se dirigió a la sala para abrir la puerta, y en cuanto la abrió un bate de béisbol se estrelló de golpe contra su cara, rompiéndole el tabique de la nariz y tirándolo al suelo dejándolo medio desmayado. Entraron dos hombres más. Uno de ellos era bastante alto, de piel tostada, cabello largo, y tatuajes en los brazos. El otro era más bajo que él, más robusto d cabello negro y piel morena. Ambos sucios con ropas andrajosas, y sobretodo, armados. El tipo alto llevaba en manos dos navajas suizas, el tipo robusto llevaba el bate el cual usó para derribar al primero que le abriera la puerta, sea quien sea.

Entraron y empezaron a romper todo a su paso. Los jarrones, los cuadros, los vidrios y hasta el árbol terminaron hechos pedazos en el suelo. Facundo tuvo miedo, fue corriendo a esconderse detrás de un sillón que tenían en el comedor, Mónica intentó llegar al teléfono con la intención de llamar a la policía hasta que un golpe con el plato de porcelana la dejó tirada en el suelo y con una herida brotando sangre. Nadie más que el hombre al que habían invitado a cenar fue el causante de todo.

Los otros dos se encontraron con el primero en el comedor hablando y riendo que su plan había funcionado. Habían comenzado a saquear los bolsos, cajas, cuartos, cajones y demás lugares que tuvieran algo de valor en la casa. No fue sino hasta que uno de ellos pasó cerca de Horacio para que lo agarrara del pie tirándolo al suelo intentando quitarle el arma para poder tener algo con qué defenderse y ayudar a su familia. Pero desafortunadamente, le dieron un golpe por la espalda, el sujeto alto de cabello largo le clavó su navaja suiza en el hombro y lo golpearon hasta que quedó tirado de nuevo en el suelo. El que había sido invitado, sacó dos pistolas calibre 52 de sus bolsillos, se acercó a Horacio, y de a no ser porque Mónica le dio un empujón que lo hizo tirar una de sus armas y fallar un tiro, Horacio hubiera terminado muerto. Le asestó un golpe en la cara que la dejó escupiendo sangre. La miró un minuto, luego miró a Horacio y volvió a su vista a Mónica y una sonrisa se formó en su rostro. Sujetó su cabello con fuerza y la llevó casi a rastras hasta la habitación de arriba. Cuando se escuchó lo que pasaba en esa habitación, los cómplices empezaron a reírse a carcajadas mientras mantenían apresado a Horacio contra el suelo. Se empezaron a turnar uno por uno para poder gozar la buena esposa que el hombre tenía, mientras que dos de ellos se quedaban sosteniendo a Horacio quien solo podía maldecirlos y forcejear para liberarse en vano, mientras derramaba pequeñas lagrimas por el daño que le hacían a su amada esposa.

Para Facundo eso era un infierno. Los gritos desesperados y enojados de su padre, los gritos y llantos de su madre, y las horribles risas de esos malditos hombres. No lo podía soportar más, esto era demasiado para él, se cubrió el rostro intentando retener las lágrimas, cuando de repente, y sin previo aviso. Con tan solo dos disparos todo se acabó.

La casa se encontraba completamente destruida. Todas las pertenencias; las que quedaron en la casa, destruidas y esparcidas por el suelo, las luces rotas, los cuerpos ya sin vida de sus padres; el de su madre…despojada y lesionado. Ya eran las 12:00 pm y los fuegos artificiales daban la bienvenida a la navidad, la fiesta que él quería celebrar con sus amados padres, y ahora gracias a unos malnacidos, ya no podría.

Ahí, sentado en el suelo en medio del cuerpo de su padre y el de su madre; el cual arrastró hasta la sala, se encontraba Facundo con lágrimas brotando de sus ojos a más no poder y el arma en su mano. Miró el rostro inexpresivo de ambos padres, miró hacia la ventana donde aún explotaban los fuegos artificiales. Les dedicó una última mirada, sonrió con las lágrimas mojando aún más su rostro y llevó el arma hasta su cabeza.

-Feliz navidad mamá y papá… ¡Y feliz año nuevo! –

Jaló del gatillo, y todo acabó con esa triste noche.

— Via Creepypastas