PRISMA

Crear un edificio inteligente es un trabajo que nunca termina. Si quieres hacer uno, no solamente tienes que saber de diseño, sino que también tienes que tener un alto grado de estudios de sistemas de control, electrometría, control digital, calidad de la energía. La mayor parte de los edificios existentes son inteligentes hasta cierto grado, pero hoy en día se dice que un edificio es inteligente cuando es virtualmente auto-sustentable, o que tiene capacidad de indicar al encargado cuando algo está fuera de los parámetros establecidos.
PRISMA

Crear un edificio inteligente es un trabajo que nunca termina. Si quieres hacer uno, no solamente tienes que saber de diseño, sino que también tienes que tener un alto grado de estudios de sistemas de control, electrometría, control digital, calidad de la energía. La mayor parte de los edificios existentes son inteligentes hasta cierto grado, pero hoy en día se dice que un edificio es inteligente cuando es virtualmente auto-sustentable, o que tiene capacidad de indicar al encargado cuando algo está fuera de los parámetros establecidos. Suena fácil, pero se requieren años y años de estudio para poder dominar la materia, para adquirir el conocimiento de cómo operan los microprocesadores en los dispositivos de control, en entender cómo las más ligeras variaciones de parámetros (frecuencia, voltaje, corriente, tiempo) pueden alterar el resultado de nuestro trabajo y nos puede obligar a replantear y recalcular, como un círculo que no parece dejar de dar vueltas. (Llevo casi ocho años en la universidad, y no me siento más cerca de poder comprender el control que cuando empecé)

El edificio PRISMA, por ejemplo, fue uno de los primeros edificios inteligentes de esta generación que vio CD. Juárez. Su diseñador -orgullosamente egresado de la UACJ- creó lo más cercano a la perfección jamás antes visto por los habitantes de la región. Para empezar, era totalmente ecológico: no dependía más que de la energía eléctrica generada por sus propios paneles solares, lo que lo hacía independiente de la red. Su abundancia de ventanales, tragaluces y puertas del mejor vidrio reforzado, evitaba que se necesitara de luz artificial durante el día, lo que ahorraba mucha electricidad y creaba un ambiente decorativo.

Estaba plagado de sensores de última tecnología que se hacían cargo de las funciones más básicas: bajarle al baño, encender las luces cuando alguien entraba (o apagarlas cuando salía), encender las decoraciones, el aire acondicionado o la calefacción, controlar las luminarias del exterior, abrir o cerrar puertas, cerrar persianas, abrir las fuentes, UPS, y otras funciones.

Y la cerecita del pastel era que tenía un sistema de control tan inteligente que podía enviar en tiempo real información a su administrador de todo lo que pasaba dentro: quiénes habían llegado y quienes no habían asistido, quién habían llamado (cuándo y a qué horas), quién estaba usando tal equipo, qué luces estaban encendidas, cuanta energía eléctrica se estaba consumiendo en ese momento; adicionalmente, podía enviar imagen y video desde las cámaras de seguridad al administrador en cualquier momento. Bien se podía decir que se podía tener completo control del edificio desde un dispositivo móvil.

Se tenía pensado subastar esta estructura, y, con propósitos de hacer demostraciones y pruebas, el diseñador y creador se puso en el sistema como el administrador, aunque sólo era provisional mientras que alguien más conseguía ese privilegio…, ese honor. Pues él nunca dejó de presumir que su obra era algo más allá de la perfección.

La noche después de la inauguración, le llegó un mensaje a su celular: era PRISMA, estaba avisando que una luz en el corredor se había encendido. Él envió la orden de apagar, pero el mensaje seguía marcando que la luz estaba encendida; no se supone que eso debía pasar. Llamó al guardia de seguridad y le preguntó si estaba dentro del edificio, a lo que éste respondió que no. Entonces tomó su herramienta básica, su celular y las llaves de su auto. Si esta era una falla en el sistema, él pensó que era bueno que la hubiera descubierto antes de presentarlo a algún otro interesado y ésta hubiera emergido, haciéndolo quedar mal. A pesar de las protestas de su esposa, no quiso esperar ni siquiera a que fuera de día: era tan perfeccionista –egocéntrico- que no quería ni que los demás se dieran cuenta de que había una falla en el dispositivo de control.

Tardó quince minutos desde su casa hasta el edificio que estaba dentro de un complejo de bodegas. Entró y, efectivamente, pudo ver una luz encendida en la primera sección. Le dijo al guardia que trabajaría en un defecto menor y que le tomaría un rato, así que no debía preocuparse si veía movimiento dentro, luego entró por la puerta principal de la estructura. Hizo varias pruebas con otras luminarias en su dispositivo móvil desde donde estaba y estas arrojaron buenos resultados, pero cada que intentaba apagar la que lo había despertado no lo conseguía. Fue hasta ella, al final del pasillo principal: abrió los circuitos, hizo pruebas con su multímetro, hizo algunas modificaciones menores a la tablilla, y al volver a intentarlo, esta se apagó. ¡Problema resuelto! Tapó la luminaria de nueva cuenta, la probó dos veces más y al ver que ya funcionaba, se dispuso a retirarse.

Al llegar a la puerta de entrada, esta no se abrió. Era otra cosa que no debía pasar, pues el horario de operación de la energía eléctrica era de veinticuatro horas, o hasta que todo el personal hubiera salido del edificio. Él tironeó un poco de ella e inmediatamente le llegó otro mensaje de PRISMA a su celular, esta vez indicando que una luminaria en el baño de caballeros estaba encendida. Esto lo puso un poco nervioso, pero no tanto como para dejar su perfeccionismo y racionalismo de lado. Intentó apagarla desde ahí, pero no funcionó. Se maldijo y se dirigió al baño. Arreglaba una cosa y otra se presentaba; supuso que era un efecto en cascada por algo que cambió en la primera luminaria.

Al llegar, probó bajando la intensidad de una en el baño y esta funcionó bien. Fue hasta la luminaria descompuesta que estaba en el cuarto de servicios; tan solo quitó una vez la fluorescente y la volvió a poner y esta volvió a funcionar dentro de los parámetros. Se apartó con mucho cuidado de ella, como si cualquier vibración la fuera a descomponer, y probó con su celular de nuevo para ver que ya estaba bien.

Al darse la vuelta, todas las luminarias se apagaron de súbito, dejando caer sobre él una oscuridad casi aplastante. Se sujetó de un lavabo para no perder el equilibrio y buscó su celular. Usando su luz, avanzó hasta la puerta del baño, pero esta no se abrió. Parecía que estaba trabada. Él, mucho más nervioso, comenzó a tironear de ella con cuidado de no irla a romper, pues era bastante delicada y cara. Intentaba forzarla cuando le llegó otro mensaje de PRISMA al celular… y el muy tonto todavía se tomó la molestia de leerlo. Decía:

Pero Esteban Ramos era el ingeniero civil que les había ayudado en la construcción de ese edificio, y a esas horas debía estar ya dormido en su casa.

Entonces el mensaje comenzó a distorsionarse y a perder letra por letra, hasta quedar así:

Esto lo hizo perder el control y comenzar a tironear más violentamente de la puerta. Cuando escuchó un ruido de agua chapoteando y cayendo al piso, fue cuando se decidió a patear la puerta y romperla del todo. (Era un material acartonado, por lo que no fue muy difícil.) Al salir al pasillo, todas las luces se apagaron, aunque no hacía falta luz para ver las puertas de salida. Corrió hacia allá e intentó volver a abrirlas, pero éstas estaban trabadas. Solamente alguien tan agnóstico como él intentaría volver a usar su celular para abrir las puertas cuando sabe bien que ya no tiene el control de su propia creación. Lo intentó una y otra vez con el comando del celular, sintiéndose más aterrado que nunca. Cuando estuvo seguro de que era inútil, comenzó a golpear las puertas y a gritar. No con la intención de romper el vidrio -era vidrio reforzado capaz de aguantar un hachazo-, sino de llamar la atención del guardia de seguridad que estaba en la caceta. Pero, con las luces apagadas y con varios almacenes de distancia, sería un milagro. Trató de usar su teléfono celular para llamar a caseta de vigilancia, pero cada vez que oprimía el número para llamar, un mensaje urgente cortaba la llamada –él había programado el sistema para que enviara mensajes de carácter urgente a su móvil capaces de bloquear la señal y cortar llamadas, cuando se trataba de una emergencia grave, como incendios u otros siniestros− antes de que el teléfono comenzara a sonar. Lo intentó cerca de cinco veces, cada vez más frustrado y espantado.

Nuevamente, se escuchó un alboroto en el baño de agua cayendo al suelo. En su mente, tenía la imagen del cadáver de una mujer, podrido y esquelético, saliendo de una de los retretes y arrastrándose por el suelo en su camino a la puerta para ir a donde él estaba y atraparlo arrinconado contra la salida cerrada. Esta imagen fue demasiado aterradora para tolerarla, por lo que corrió hacia el pasillo, dispuesto a ir a la salida de emergencia que estaba en las oficinas traseras de la planta baja. Ni siquiera se permitió voltear hacia atrás para no ver el terror innombrable que lo estaría persiguiendo. De hecho, tampoco se permitió mirar ninguna de las puertas de las oficinas a lo largo de todo el pasillo, temiendo que el mismo terror saliera arrastrándose de cualquiera de ellas. Atravesó el salón de reuniones para entrar en el aula de conferencias, para luego llegar a la oficina de administración detrás de la cual estaba la salida de emergencia.

Sólo que antes de que pudiera salir, las puertas se cerraron (ambas, por donde había entrado y por donde planeaba salir), dejándolo atrapado en la oficina de administración. Las luces LED se encendieron a muy baja intensidad en todo el edificio y con una tonalidad rojiza, excepto en la oficina en la que él estaba. Se volvió loco de miedo; comenzó a arrojar sillas y mesas contra el cristal de la puerta, que apenas si se agrietó. Estaba por hacer lo mismo con la computadora de escritorio de esa habitación, cuando notó que esta estaba encendida y que había aparecido un mensaje para él.

Un mensaje de vídeo llegó a su celular, mostrando como una distorsión oscura con forma humana, salía del baño. Espantado de muerte, alcanzó a ver como las luces en la entrada del edificio se apagaban de lleno, luego las del pasillo. Comenzó a impactar todo su cuerpo contra el cristal de la puerta que daba a la salida de emergencia; usó sus puños, sus rodillas, su propio cráneo; no consiguió más que romperse los nudillos, fracturarse la frente y empapar el vidrio de su propia sangre. Clamaba por auxilio una y otra vez, suplicaba que alguien lo escuchara, lloraba de miedo: no importaba. Las puertas seguían cerradas y, eventualmente, otra sección del pasillo se apagó, y otro mensaje apareció en la computadora.

Cayó de rodillas, mientras la iluminación de la sala de conferencias comenzaba a amainar y un sonido nada natural y espeluznante comenzaba a surgir de los altavoces de todo el edificio. Casi parecía un susurro, como si alguien hablara en voz muy baja. Era el ruido de la oscuridad maligna que avanzaba hacia él. Las luces LED del aula de conferencias dejaron de funcionar en cuanto el sonido de un nuevo mensaje surgió de la computadora.

No quería ver. De verdad, de verdad que no quería. Por lo que tomó un vaso de vidrio, lo rompió y se cortó la garganta varias veces con él, para estar seguro de que moriría antes de que la puerta de esta oficina se abriera.

No fue sino hasta que vio su sangre manchar el tapete y la vida comenzó a dejar su cuerpo que volvieron a funcionar todas las luces del edificio, las puertas se abrieron y las bocinas dejaron de emitir sonido alguno. Al ver esto, él intentó tapar sus heridas, pero murió desangrado un minuto después.

Su cadáver fue descubierto cinco horas más tarde por los encargados de mantenimiento, quienes llamaron a la policía. No hubo evidencia de que alguien más hubiese entrado en el complejo, y como el vaso se encontró cerca de él, se dedujo que había sido un suicidio.

Hubo varias teorías de que se había vuelto loco controlando el edificio, pues había agua en el piso del baño, las luces habían parpadeado toda la noche, las grabaciones de seguridad habían desaparecido, y él había sido el único presente. Sin mencionar que, tras escudriñar en el sistema, averiguaron que la computadora de la oficina en donde se había suicidado había estado en uso durante esa noche. Aunque varios expertos intentaron ver lo que contenía, ninguno pudo hallar nada más que el último mensaje enviado:

El edificio jamás pudo ser vendido, por más que se le bajara de precio, pues el hecho de que su creador se suicidara en él un día después de haberlo inaugurado era muy mala fama para cualquier empresa. Con el tiempo, PRISMA se volvió un desperdicio de 7 millones de dólares. La idea era darle mantenimiento cada determinado tiempo, pero el problema era que quien sea que entrara en ese edificio, no deseaba volver a hacerlo, pues todos afirman que hay una atmósfera intolerable adentro, que es como si alguna presencia maligna y helada siempre estuviera junto a ellos. Incluso existen problemas para conservar a los guardias de seguridad de la caseta, pues dicen que, muy adentrada la noche, las luces del edificio y del estacionamiento se encienden y apagan como locas; que las puertas se abren y se cierran sin motivo aparente; uno de los primeros guardias dijo haberse acercado al edificio al ver estas anomalías y que pudo escuchar ruidos extraños provenientes de los altavoces.

Muchos dicen que el edificio está poseído por el diablo o algún tipo de fantasma o poltergeist; es la creencia más popular. Aunque también dicen que el creador se suicidó dentro para poder quedarse para siempre. Otros tantos afirman que fue el castigo de Dios por la vanidad y mala vibra con la cual se construyó el edificio desde un principio. Como sea, escribo esta historia para hacerles saber que la única explicación creíble es la más sencilla: el dueño de PRISMA creó el sistema de control perfecto, sólo que lo hizo malo. — Via Creepypastas