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¿De qué trata?: Una mujer llama a sus hijos para la hora de la cena, no sin antes advertirles que se limpien los pies. Esta familia guarda un oscuro secreto. Personajes: Sarah, Bill, Lauren, Elliot Sarah terminó de cortar las patatas y comenzó a hacer el puré para la cena. Estaba haciendo la comida que más le gustaba a sus pequeños hijos, pastel de carne con guisantes. Ahora podía verlos jugar en el jardín, corriendo y saltando en medio del lodo.
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¿De qué trata?: Una mujer llama a sus hijos para la hora de la cena, no sin antes advertirles que se limpien los pies. Esta familia guarda un oscuro secreto.

Personajes: Sarah, Bill, Lauren, Elliot

Sarah terminó de cortar las patatas y comenzó a hacer el puré para la cena. Estaba haciendo la comida que más le gustaba a sus pequeños hijos, pastel de carne con guisantes. Ahora podía verlos jugar en el jardín, corriendo y saltando en medio del lodo. Sus zapatitos irremediablemente se llenarían de fango.

Había llovido bastante anoche, ¿pero qué se le iba a hacer?

Los vigiló por un momento mientras terminaba de preparar los alimentos y salió al comedor para poner la mesa. Su marido acababa de llegar y ahora lo podía escuchar haciendo cosas en su pequeño cuarto del fondo, su refugio.

—¡Niños, a cenar! —gritó Sarah a través de la ventana de la cocina, llamando a sus hijos.

Los niños corrieron a casa.

—No olviden limpiarse muy bien los pies antes de entrar —les advirtió ella—, no quiero volver a tener que limpiar la alfombra. Ya saben lo grande que es y lo complicado que es sacarle las manchas.

Se sentaron los chiquillos a la mesa y ella también. Bill, su esposo, llegó y ocupó el lugar de la cabecera con expresión malhumorada, resoplando y sirviéndose en su plato sin disimular su estado de ánimo.

Sarah solo sonrió.

—Lauren —le habló a su hija—, ¿qué tal te fue en la escuela hoy? Escuché que rompiste tu marca en atletismo, ¡100 metros sin cansarte! ¿Quieres hablarnos de eso?

Lauren sonrió de manera amplia y abrió la boca para hablar. En ese instante, su padre refunfuñó y bruscamente, se levantó de la mesa con su plato, dirigiéndose a la sala de estar para ver la televisión.

La sonrisa de la niña se desvaneció.

—No, no, cuéntame a mí —le pidió Sarah tomándole la mano—, no te preocupes.

Así, Sarah se pasó la siguiente hora charlando alegremente con sus hijos, quienes le comentaron todo lo que habían hecho a la escuela. La pequeña Sarah cada vez iba mejor en la clase de deportes y Elliot, el niño, estaba ya muy avanzado en su programa de lectura.

Eran dos niños inteligentes y hermosos de los que se sentía muy orgullosa.

Esa noche los mandó a dormir y les dijo que después de lavar los platos, subiría a darles las buenas noches. Los niños se fueron.

Bill se levantó del sofá con su plato vacío y entró en la cocina, donde su esposa fregaba los trastes tarareando una canción por lo bajo. Suspiró, dejó el plato sobre el mostrador y se acercó a ella.

—Sarah, no podemos seguir así —le dijo—, esto está saliéndose de control. Tienes que entenderlo. El hecho de que te comportes como si los niños aun estuvieran aquí, no los va a revivir. Están muertos.

Sarah se volvió hacia él con una sonrisa tensa.

—No, no están muertos —negó, obviando el espantoso accidente que habían tenido meses atrás—, ellos siguen aquí. Si no fuera así, ¿cómo es que todas las mañanas encuentro sus pequeñas pisadas, llenas de fango sobre la alfombra?

Rió.

—Siempre les digo que se limpien los zapatos y no hacen caso.

— Via Creepypastas