Mi abuelo lo sabía

Todo comenzó cuando mi abuelo llegó a vivir a mi casa. El primer día me dijo algo que no puedo olvidar: “Sentía muy cerca la muerte, pero estando aquí la puedo ver”. En ese momento no le tomé mucha importancia, pensé que era una forma de quejarse por haberlo casi obligado a vivir con nosotros: él amaba la soledad y no quería dejar la casa donde pasó sus mejores años.
Mi abuelo lo sabía

Todo comenzó cuando mi abuelo llegó a vivir a mi casa. El primer día me dijo algo que no puedo olvidar: “Sentía muy cerca la muerte, pero estando aquí la puedo ver”. En ese momento no le tomé mucha importancia, pensé que era una forma de quejarse por haberlo casi obligado a vivir con nosotros: él amaba la soledad y no quería dejar la casa donde pasó sus mejores años.

Mis papás decidieron que compartiría mi recamara con el abuelo, acepté y colocaron su cama justo al lado de la mía, solo separadas por una pequeña mesita de noche. Como era la primera vez que dormía con alguien así, estaba un poco incómodo. Batallé bastante para dormir y, justo cuando por fin me estaba quedando dormido, un quejido me asustó.

Encendí la lámpara, pensando que era mi abuelo, pero él dormía tranquilamente. Apagué la luz y volví a acomodarme, pero de nuevo volví a escuchar el quejido, esta más largo y me provocaba escalofríos. Decidí no quejarme y no supe cuándo me quedé dormido. La noche siguiente fue peor, ahora el quejido estaba acompañado por alguien que jalaba sin mucha fuerza la sábana de mi cama y, cuando volvía a encender la luz, no pasaba absolutamente nada, así que sin más me dormía, tratando de no pensar en eso.

Pero todo cambió la tercera noche, ya ni siquiera podía dormir por pensar en qué escucharía, así que, después de un rato de esperar y esperar, me convencí de que eso ya había acabado, apagué la luz y me acurruqué en las almohadas. El quejido regresó con la sensación de que alguien iba subiendo por mis piernas. No era mucho el peso, pero sentía la forma de una persona. Quería gritar, pero no salía nada de mi boca.

Estiré la mano sobre la mesita de noche para levantar a mi abuelo, pero parecía que la mesita no acababa, no podía alcanzarlo, y cuando sentí unas manos muy delgadas por mi abdomen no supe de dónde saqué fuerzas para salir corriendo a la recámara de mis papás.

Les conté todo y supongo que al ver mi cara supieron que no jugaba. Me acompañaron a mi recamara, pero lo único que encontramos fue el cadáver de mi abuelo. Había muerto esa noche.

— Via Creepypastas