Yo no quiero ser vampiro (Alondra)

**********************Después de Yo no soy un vampiro********************************************

Ya ha pasado un año y medio. Me establecí temporalmente en una comunidad rural de Mérida, en Yucatán. No podría estar más lejos de Cd. Juárez a no ser que quisiera cruzar a Centroamérica. Trabajaba para un hacendado local que tenía su rancho cerca de San Pedro Chimay.

No ganaba mucho. No soy vaquero: no se arriar, ni pastorear, ni ordeñar, ni dar a luz, ni hacerme responsable de animales de ningún tipo más que perros, y como no tenía ni licencia de conducir ni auto, no podía ayudar transportando producto. (Los estudios universitarios no sirven de nada en el interior de la república, en especial si no los terminas, no importa lo que escuchen) Así que más que nada me ganaba mi alimento y mi techo juntando estiércol de ganado para venderlo como abono. Era un trabajo cansado para alguien como yo, un citadino acostumbrado a trabajar con habilidad más que fuerza y que, además, se desacostumbró a trabajar con las manos para poder estudiar. Y, ciertamente, trabajaba tanto con estiércol que lo olía todo el día. Lo olía de noche. Ya estaba olvidando el aroma de muchas cosas, pues aunque estaba rodeado de naturaleza hermosa y pura, mi obligación era estar donde los animales hacían sus cosas. (Probablemente era a lo que me sabía la comida).

El trabajo era duro y no pagaban tanto, pero a todo esto, se podía decir que era feliz. Tenía muchas cosas a mi favor. Por ejemplo, mi jefe era una buena persona. Se sentía bien trabajar para una buena persona y no para un gerente extranjero al que rara vez veía y que no me dirigía la palabra. Cuando trabajas en un negocio propio (ya sea rancho, tienda, pequeña empresa, etc.) todos tienen ese sentido de pertenencia que te hace sentirte parte de la familia. Todos los domingos, el jefe nos invitaba a comer en la casa comida preparada por su esposa. Cada tanto por las tardes (generalmente los viernes, pero otras veces entre semana), traía una hielera llena de Modelo Especial y nos decía que la jornada había terminado para que lo acompañemos a beber. Mis otros compañeros de trabajo también eran accesibles con mi inexperiencia y me ayudaban a aprender cosas nuevas cada vez. Mi problema es que tengo muy poco sentido de la naturaleza y obviamente ellos, que han vivido su vida en lugares como estos, que llevan la ranchería en la sangre, tienen un mar de ventaja sobre mí. Pero me esforzaba por aprender bien.

Además, trabajaba al aire libre. Es una desventaja cuando hace calor, pero por lo general, lo prefiero a estar todo el día en una silla. La comunidad que me rodeaba era muy bella y rural: los campos, los árboles, las plantas, los animales, las casas, la pequeña ermita a San Pedro en el campo, la gente; uno llega a amar estas cosas.

Otra de las ventajas, quizá la más importante para mí, era la que ellos jamás se hubieran imaginado, y que yo tampoco les diría: la jornada iniciaba cuando el sol salía y terminaba antes de que el sol se escondiera.

Los hombres se quejaban de que era demasiado trabajo, y era cierto. No tardé en descubrir que el cansancio era tal que varios de mis compañeros tienían determinado un lugar y un momento en el día para reposar un rato…, o sea dormir. Claro que no está permitido, pero hasta el jefe supo cómo pedir las cosas. “No quiero por ninguna razón verlos dormir en el trabajo”, dijo él. Así que siempre avisaba con anticipación cuando iba a salir al campo. (Y los rancheros se escondían muy bien para que él no los viera.) A mí, por otro lado, no me importaba trabajar seis días –a veces los siete- siempre y cuando fueran eso exactamente: días. Tuve la suerte de que la mujer que me rentaba hospedaje sabía que yo apenas si estaba ahí para dormir y bañarme, pues me había rebajado su tarifa en un cuarenta por ciento. Todos los días me despiertaba con el sol y salía cuando ella apenas se estaba despertando. (El horario es algo que se me acomodó al instante, quizá lo único en lo que era bueno en esta vida en el campo). Como me cobraba también por comida, no comía más que una vez con ella y el resto del día lo que me daban en la hacienda.

Sabía lo que era el cansancio en el trabajo, lo supe desde las primeras horas que pasé moviendo heces de ganado bajo el sol. Pero nunca me había dormido durante mi turno, y creí que nunca lo haría. Lo creía incluso antes de dormirme en esa acequia seca. Estaba bajo la sombra de un árbol durante una tarde particularmente calurosa, custodiando a las cuatro vacas y dos bueyes que rumiaban en un terreno baldío dentro de la comunidad. Primero me senté dentro de la acequia, con la espalda contra la loma opuesta a donde estaban los animales para poder observarlos. Apoyé mi cabeza contra la tierra para mirar arriba. La sombra de los árboles era fresca y abundante; la canción de los pajarillos era alegre y melódica, en contraste con los quejidos de las vacas. Por el momento que cerré los ojos, me sentí bendecido…

Pero ese momento terminó tan pronto empezó, pues la siguiente vez que abrí los ojos, la noche había caído y yo estaba todo acostado dentro de la zanja aún seca. Me levanté sobresaltado y miré a mi alrededor. Los pajarillos ya no cantaban; las vacas y bueyes ya no estaban, seguramente habían venido por ellos y no me habían visto (quizá supusieron que me fui temprano); la luna estaba en lo alto. El cansancio me venció y se me hizo de noche.

Sé que debí haberme apurado a toda velocidad a la pensión para encerrarme en mi cuarto y ponerme a salvo, como he venido haciendo cada noche desde que escapé de Cd. Juárez. Pero antes de que me levantara, una esencia –la primera que no me recuerda a heno o, lo usual, estiércol en mucho tiempo- captura mi nariz. Es dulce y cautivadora, además de extrañamente familiar, evocativa. No tardo en ubicar la flor rosada que resplandece con la luz de la luna. Está como a dos metros de la acequia y sobresale de todas las otras flores y plantas del campo, por lo que me pregunto por qué no la vi cuando llegué en la tarde. Sencillo: es de las que florecen durante la noche.

Me aproximé y me arrodillé frente a ella para luego inclinarme y aspirar profundamente. El aroma me impregnó toda el alma. La misma paz de esta tarde me invadió a tal grado que no me di cuenta de que iba cayendo poco a poco hacia el suelo mientras trataba al mismo tiempo de tocar y no tocar esa cosa tan bella… hasta que mi cabeza tocó algo que no era suelo en definitivo, según mi sentido dimensional me indicaba. Cuando unas manos suaves me acariciaron el rostro, supe que estaba en el regazo de alguien.

“¿Te gusta mi flor?” me preguntó una voz femenina que sonó en extremo amable y dulce, tanto que por un momento pensé que era la flor hablando. Tardé un segundo en comprender esto y me volví a sobresaltar. Pero antes de que pudiera incorporarme, las manos me presaron contra el regazo y la dueña de ambos rió con la misma dulzura con la que me habló. “Tranquilo, ¡calma! Chisss… De cualquier forma, ya te tengo, y no te dejaré ir”. Y era cierto. Por más que tironeé de mi cabeza para zafarme de su presión, era como una prensa. Me quedé inmóvil y con la respiración agitada mientras me daba cuenta de que caí en una trampa.

“Aw, mira Alondra, está muerto de miedo. Eres muy cruel” dijo otra que no podía ver, pero provenía detrás de mí. Inadvertidamente, pensé en el número mágico y me di cuenta de que hacía falta una tercera… la cual apareció en mi campo de visión un instante después. Su vestuario consistía en una blusa de corche color azul luna, un pantalón de mezclilla negro y unas zapatillas del mismo color y supuse que las prendas de las otras consistían más o menos en lo mismo.

“¿Insisten en jugar con su comida?”, les preguntó a las otras dos. La actitud de la única que podía ver parecía severa, así como sus ojos, y me esperaba algo peor de las demás. Si has visto ese documental de NG donde la leona sostiene el pescuezo de la gacela mientras otras se aproximan y la presa intenta escapar, tendrás más o menos la idea de cómo me sentía. La presa puede patalear y tironearse, pero rara vez escapa. Casi nunca.

“Oh, él está bien. ¿No es cierto?”, me levantó la cara de la barbilla para permitirme verla. Su falda es de mezclilla azul, su blusa tipo ciganinha color púrpura. “Sólo nos estamos conociendo”.

“¡Hay, por favor!”, reprochó la otra.

“¿Sabes algo? Un amigo de Juárez me habló de ti. Dijo que fuiste un buen amigo suyo, y que debíamos tratarte como tal”, me dijo la tal Alondra, como de forma burlona. Yo sé quién es ese amigo.

Una mano me tomó del tobillo y la vampira mala me jaló hacia la acequia para… no me importa para qué. Me retorcí para liberar mi tobillo y me arrastré de vuelta a la que me atrapó.

“¡Qué, es broma!”, exclamó la mala.

“Oh, Minerva, ¿no puedes ser menos amargada? Mira esta escena y dime que no te entusiasma”, se quejó Estefanía.

“¡No, Estefanía, no empieces con eso!”, le rugió la tal Minerva a la segunda vampira, a la que yo identifiqué como la más joven, con su vestido regional suelto y zapatillas ligeras.

“Mira, Alondra. Creo que le gustas”, dijo Estefanía.

En realidad, quería postergar mi muerte tanto como fuese posible. Pero las palabras de esa vampira me dieron una idea. No sé si funcionaría, pero no podía pelear contra ellas tres y no quería morir. A fin de cuentas, si algo demostré con el incidente en Cd. Juárez es que soy bueno fingiendo.

“Si tengo que morir, prefiero que me mates tú”, le dije a Alondra.

Esto le arrancó una sonrisa a Alondra. “Wow, ¿Y a qué viene eso? ¿Crees que te dolerá menos si lo hago yo?”

Esto me trastornó, pero no dejé que se notara.

“No lo sé, pero prefiero morir a manos de la más bonita de las tres”.

Estefanía emitió un suspiro, Minerva emitió un soplido y a Alondra se le borró la sonrisa.

“Alagarme no te va a servir de nada”, me dijo con actitud severa.

Tan aprisa como pude, me alcé y le di un rápido y repentino beso en la boca. Esto la sorprendió mucho, y Estefanía se tapó la boca y gimió.

“¿Esto te parece un alago?”, le dije inmediatamente después del beso. Ella me mandó rodando por la terracería de un solo empujón. Desafortunadamente, no caí lejos, no tanto como para aventurarme a escapar de este trío.

“¿Ya tuvieron suficiente, chicas?”, preguntó Minerva, ansiosa por matarme.

“No, absoluta y definitivamente, no”, dijo Alondra, que se levantó y avanzó hacia mí furiosa.

“¡Por supuesto que no: es oro puro!”, exclamó Estefanía emocionada echándose a andar tras Alondra. Es cuando empecé a preguntarme si la decisión que tomé fue la correcta o solamente agravó mi situación.

“¿Qué tan caro crees que vas a pagar tu osadía?”, me preguntó cuando estuvo bastante cerca.

“No tan caro como tú pagarás el matarme. Eso te lo garantizo”, le dije con ansias renovadas de vivir. Me puse de pie y me quedé en mi lugar para no mostrar mi miedo.

“¡PER-DO-NA-ME!”, exclamó indignada.

“Cuando me hayas matado, tardarás otra eternidad en encontrar a otro hombre que te diga la verdad como yo lo estoy haciendo ahora, vampira. Y si tanto temes escucharla, entonces mátame ahora. Ese será tu castigo”.

Ahora que lo pienso, nunca supe de donde venía todo eso, pero supongo que del hecho de que no estaba mintiendo del todo.

Ella rió, de verdad mucho, luego agregó: “¿Quién te crees, Romeo? ¿Crees que eres el único hombre que me ha besado…?”

“Sí. Creo que he sido el único que ha visto tu verdadero tú y se ha atrevido a besarte genuinamente”.

Se puso roja de ira. Me tomó del cuello y me alzó sin ningún esfuerzo.

“¿Crees que has visto mi verdadero rostro, ternurita?”. Su rostro se transfiguró grotescamente, desterrando ese poco rojo que había adquirido y adoptando un blanco sepulcral. Una forma demoniaca amenazaba con brotar de su cara. “¿Quieres verme antes de morir?”

¡Pronto, una mentira!

“Creo que voy a ver… lo que tú quieres que vea. La única asustada aquí eres tú”, espeté con mi voz estrangulada.

Estefanía volvio a gemir como enamorada y mira a Minerva, que seguía con su inexpresiva y mortal actitud. Al darse cuenta de eso, Alondra me dio dos fuertes golpes en el estómago y me volvió a arrojar al suelo. Esa vez, me costó levantarme.

“Pobre tonto. Crees que eres especial, ¿no es cierto?”, me dijo.

“¿Qué no se supone que ibas a matarme? Las chicas van a creer que tienes sentimientos hacia mí”.

Su rostro se volvió a poner rojo. Miró a Estefanía y a Minerva y, esta vez, ambas asentían.

“Tú, patético y engreído truhán. No eres nada comparado con los hombres con los que he estado, por los que sí he tenido sentimientos”.

Se acercó a mí y yo presentí el final, por lo que me puse de rodillas y me abracé a sus caderas.

“¡Y qué con eso! ¿Tenían ellos sentimientos por ti? ¿Sabían quién eras? Apuesto a que no. Seguramente te divertiste mientras ignoraban tu verdadera identidad, pretendiendo. Pero en el fondo, esperabas el momento de demostrar tu verdadero rostro. Al menos yo habré sabido que temes involucrarte”.

“De veras, Alondra. No tenemos toda la noche”, insistió Minerva.

Ella se volvió a poner de rodillas, me obligó a mirarla y me dijo: “El vampiro al que amo me conoce, me ama, sabe que no temo involucrarme, y juntos hemos matado a miles como tú”, acto seguido, sonrió para dejarme ver que sus incisivos estaban listos para chupar.

Pero yo reí, con la misma risa sínica y honesta que ella me dirigió cuando le dije el error que cometería al matarme. Al ver la sinceridad de mi risa, ella dejó de sonreír.

“Eres tan inocente que siento que te amo. No hay amor entre muertos, no importa lo que pienses. Lo que crees que sientes es prestado, robado más bien, de las personas a las que les quitas la vida. Por eso nos necesitan, para volver a sentir.” De pronto, puse mis manos en sus mejillas. “El calor que sientes ahora es real, porque yo estoy vivo. Esto jamás lo sentirás con tu amigo vampiro, y jamás lo tendrás tú misma, no importa cuánta sangre bebas. Así que puedes matarme si quieres, pero deja de mentir, mentirme a mí y te mientes a ti misma. El beso que te di ha sido el único beso honesto y real que te han dado en mucho tiempo.” Acto seguido la volví a besar. “Así es como moriré”. Y seguí besándola. Al principio sus garras estuvieron contra mi pecho, pero me sorprendí a mi mismo apartándolas y aferrándola a mí con fuerza.

“No es cierto”, exclamó Minerva.

“Debe ser un sueño”, dijo Estefanía.

Puede que sí, porque al estar besándola, sus labios y sus mejillas fueron aumentando de temperatura drásticamente. Incluso el color volvió a su rostro. Todo esto lo noté de manera superflua pues nunca aparté de mi mente mi verdadera intención. Estaba junto a la barda que separaba el campo de la carretera, todo lo que requería era un acopio de fuerzas y un instante. Si fallaba en mi intento, estaba muerto; si no, estaría a salvo…, creo. Tenía una sola oportunidad y no pensaba fallar.

Dejé de besarla tan repentinamente que se quedó con los ojos cerrados, tomé impulso y brinqué la barda. Justo al otro lado, a unos metros de mí, estaba la ermita de San Pedro, una estructura resistente de unos tres por cinco y con una puerta de varillas que siempre tenía la llave puesta. Entré, me encerré, quité la llave de la cerradura y me aparté justo antes de que las manos me atraparan. Caí contra el suelo de la ermita y me retiré aún más. La ermita no era muy grande, pero tenía al menos dos metros de seguridad entre el altar y la puerta, ante la cual estaban parados los tres demonios.

“¿Qué es lo que estás haciendo?”, me preguntó Minerva.

“Ustedes no deben entrar aquí. Es un lugar santo”, les digo.

“Has visto muchas películas de vampiros”, me dice Minerva, con las manos en las varillas.

“Pero también he convivido con algunos, y eso es más de lo que me gustaría decir de mi vida”. Luego, miro a Alondra, que ha sido relevada a segundo plano por Minerva y se encuentra confundida y furiosa de que la haya engañado. “De hecho, fue tu buen amigo de Juárez quien me dijo como sus poderes se acaban en un lugar santo, por lo que yo podría ganarles con facilidad a las tres. Agradécele de mi parte cuando lo veas otra vez”,

“ ¡Eres…un…!”

“¡Cállate ya, Alondra! ¿Quieres? Tú sólo… CALLATE. Ya hiciste suficiente”. Alondra volvió a segundo plano, con su mirada perversa y sus labios apretados. Se sentía traicionada. Luego, Minerva volvió conmigo y sonrió. “Muy bien, muchacho. Creo que Víctor no estaba exagerando contigo. Eres bueno”. Se lo pensó un momento y luego agregó. “Sí, podrías ser buen vampiro”.

“¡En tus sueños, bruja!”, le respondí de inmediato.

“¿En serio? Porque no es como si tuvieras mucho a tu favor en este momento. Eres un paria, viviendo a varios estados de tu hogar, trabajando con mierda”, me dijo Estefanía. ¿Cómo sabían todas esas cosas de mí?

“No quiero ser un vampiro, gracias. Mejor me quedo con la puerta de varillas que me separa de ustedes”.

“Ah, pero no has pensado en la mejor de nuestras armas”, dijo Minerva burlona mente: “el poder de convencimiento”.

“¡Auxilio! ¡Un pervertido trató de atacarnos! Se encerró en la ermita de San Pedro y quitó la llave. ¡Hagan algo!”, grita Estefanía, llorando y moqueando. Su actuación fue tan buena que hasta pude haberle creído.

Y así fue. Finalmente me atraparon en Mérida. Las vampiras atrajeron la atención de todos los vecinos a la redonda, quienes rodearon la ermita y me aprisionaron en su interior. Ellas me delataron como el asesino y violador en serie de Cd. Juárez y creo incluso que la gente discutió acerca de incendiar la ermita conmigo dentro antes de que llegara la policía.

“El extraño que trabajaba para el hacendado”, decía la gente.

Pude haber salido y dejar que me linchara en ese momento, incluso creo que hubiese aceptado que me quemaran. Pero, seamos honestos: todos creen que llegado el momento, serían valientes y aceptarían su propia muerte, hasta que ese momento llega. Todos quieren vivir.

No pudieron abrir las puertas por más que intentaron. Comenzaron a arrojarme piedras desde el exterior, sin importar que les gritara que ellas estaban mintiendo y que yo era inocente. No me mataron a pedradas porque un convoy militar llegó a tiempo. Echaron la puerta abajo y me sacaron de la ermita a rastras, lleno de moretones y sangre. Me temblaban todos los huesos de dolor. La gente indignada se amontonaba en torno a los militares para lanzarme golpes, de los cuales uno que otro dio en el blanco. Me estaban metiendo en el transporte militar blindado cuando vi a las tres vampiras. Minerva y Estefanía sonreían abiertamente; Alondra, por otra parte, estaba furiosa. Pareciera que no le cupiera en la cabeza que me tuvo entre sus garras y no pudo matarme. No sé si haya castigos entre vampiros, pero supuse que de ser así, ella estaría castigada mucho tiempo. Eso es lo mejor que puedo decir que logré aquella noche, porque por todo lo demás, se fue a la mierda.

Dos días después se hizo oficial: el asesino en serie de Juárez había sido apresado por las fuerzas militares de Mérida, Yucatán. Me tuvieron todo ese tiempo esposado en una celda oscura. No me limpiaron las heridas. No me dejaron bañarme. Ni siquiera inodoro había en la celda, y como no me quitaban las esposas ni para orinar por mucho que pidiera (nadie quiere a los violadores asesinos), mi pantalón estaba todo empapado de orines. Así fue como me vio la gente cuando por fin me sacaron de la jaula para llevarme al famoso muro de fotos, una pancarta con cientos de pequeños logos de “Gobierno de la República” en la que paran a los criminales famosos para presumir a la TV y los medios que el sistema judicial funciona. La gente no podía creer que hubiese tanta maldad en alguien como yo.

Si algo salió de bueno en todo esto, fue que pude ver a mi familia una vez más. Mi madre se desmayó al ver en el estado en el que me encontraba (no Yucatán; el estado físico) y mi padre me dijo que contrataría el mejor abogado que pudiera encontrar. No es que yo quisiera que lo hiciera: ni el mejor abogado del mundo podría convencer al jurado de que había sido inculpado por vampiros.

Mi juicio fue largo y aburrido…, y cantado. Fui encontrado culpable y sentenciado a una vida en un penal conocido como “Almoloya”. Lloré mucho, amigos. No se los puedo negar. Mi familia lamentó mi condena, pero creo que en el fondo dudaron de que yo fuera inocente. Es mejor así. Que vuelvan a Juárez y se olviden de mí, pues es mejor que sepulten en el rincón de la vergüenza a su hijo asesino a que persistan en mi inocencia y llamen la atención de los vampiros.

Estoy esperando mi traslado, que será en uno o dos días. Estoy nervioso y tengo miedo. Otra vez, olvidé como sentirme optimista porque me salvé de ese trío de asesinas. Es difícil ver la luz con tanta basura encima. Todo el mundo me odia, los policías son rudos conmigo, las familias de las víctimas de Víctor exigen la pena capital. Yo siento ganas de apoyarlos.

Como sea, no sé que estén pensando en este momento de mí: soy un asesino, soy un psicópata, soy inocente; da lo mismo. No están aquí para verme, para saber qué se siente ser odiado por algo que no hice. No saben lo que se siente casi haber sido apedreado a muerte por tu propia especie. Más que nada, no saben lo que se siente que el único recuerdo ameno y cálido al que puedo recurrir en mis horas más oscuras en un rango de un año y medio, tenga que ver con una vampira que quiso matarme y terminó besándome. Doy lástima, ¿verdad?

Pienso que, muy en el fondo, las personas son impulsadas por los mismos instintos. No hacen más que lo que yo haría en mi contra de ser alguien más. Sólo quisiera que no fuera a mí a quien le está pasando todo esto. Tengo sed de que me crean. Tengo sed de que esta carta les llegue a todos ustedes… Porque me creen, ¿verdad? ¿Creen mi historia?

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Via Creepypastas


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