Creepypastas y vivieron felices para siempre

El ilustrador y animador Jeff Hong, tal vez a modo de venganza por los devastadores momentos que vivió de niño en el cine, lanzó su versión de finales alternativos para los clásicos de Disney, titulado: “Y vivieron infelices para siempre (Unhappily Ever After)”.

La propuesta, casi una venganza por tantos momentos angustia frente a la pantalla, presenta a varios personajes clásicos de Disney envueltos en desafortunadas posibilidades de la vida real.

Puede que los niños necesitaran ser niños, puede que incluso los mayores queramos volver a ser niños. Pero la realidad es otra.

Érase una vez que un estudio de animación conocido como Walt Disney Company pronunció un conjuro. Esto le permitió gobernar sobre el Reino del Cuento de Hadas. Desde entonces, generaciones de niños han sido criados a la luz de sus versiones desconcertantes, cuando no directamente trastornados.
Desde luego que no todos las versiones de Disney son nefastas. Por ahí anda Maléfica (Maleficent), que recupera la atmósfera oscura de la Bella Durmiente (Sleeping Beauty). Sin embargo, este tipo de ejemplos no abundan demasiado.El éxito de los cuentos de hadas, y en todo caso del conjuro de Disney, se resume en los tres pilares o motivos esenciales del mito: iniciación, adoración y advertencia. Los chicos adoran los cuentos de hadas por su aparente simplicidad. Todo es acción, sin pasajes descriptivos, monólogos o personajes ambiguos. El bueno es bueno y el malo, malísimo.

De hecho, podemos pensar que los cuentos de hada incluso persiguen objetivos lo menos sofisticados posibles, y eso se logra al no describir en detalle casi nada: los bosques son oscuros, las princesas son hermosas, los castillos son mágicos, sin que se nos ofrezca ningún tipo de información adicional.
Ahora bien, en este punto cabe preguntarse cómo y porqué los cuentos de hadas son tan populares siendo historias tan resueltamente básicas.
Es ahí, justamente, donde reside su enorme profundidad.
A pesar de su aparente simplicidad, los cuentos de hadas elaboran motivos realmente complejos, y con una gran carga de contenido iniciático.
Tomemos por ejemplo a una princesa virginal: Aurora, de la Bella Durmiente, su dedo pinchado por el huso, que desde luego sangra, su posterior estado de letargo entre los arbustos de espino, y el despertar gracias al beso del príncipe azul.
Fuera de contexto, la historia de Aurora parece un motivo exiguo para la psicología; sin embargo, ofrece un tipo de simbolismo meridiano: el huso representa la penetración, la sangre, naturalmente, simboliza la primera menstruación, así como el arbusto de espino también manifiesta de forma externa la maduración de Aurora; variante del mito de la vagina dentada analizado Sigmund Freud; capaz de castrar a cualquier príncipe que se atreva a acercarse a ella prematuramente.
Algo similar podemos hallar en cuentos como el de Caperucita Roja, cuyo color reinante, sumado a sus aventuras por lo prohibido, donde acecha lo masculino bajo su forma bestial, no dejan márgenes para el error.
No importa qué autores y recopiladores seleccionemos, los hermanos Grimm, E.T.A. Hoffmann, Hans Christian Andersen o Andrew Lang; todos ellos capturaron la esencia de historias que jamás habían sido escritas, pero que sin embargo existían desde hace cientos y cientos de años; justamente porque la matriz que las sostiene no puede ser sustituida.
En cierta manera, podemos decir que, al ser escritos, los cuentos de hadas se convirtieron en el ganso de los huevos de oro para tipos como Jung y Freud.A propósito de estos degenerados, ambos recorrieron caminos alternativos para explorar la narrativa y su profundo arraigo en la psique.
Para Carl Jung, los cuentos de hadas están saturados de imágenes arquetípicas, y la razón de su aparente simpleza radica que cada uno de sus personajes simboliza distintos aspectos de nuestra personalidad.
Para Freud, en cambio, los cuentos de hadas cumplen la misma función que los sueños; esto es, la representación de motivos relacionados con los deseos reprimidos; según él, estrictamente de índole sexual.
Uno de los mejores tratados al respecto es la obra de Bruno Bettelheim: El empleo del encantamiento: significado e importancia de los cuentos de hadas (The Uses of Enchantment: The Meaning and Importance of Fairy Tales).
Allí se realiza un extraordinario análisis de la figura del Bosque, muy popular en los cuentos de hadas, según el autor, algo así como una representación de nuestra propia oscuridad interior que debe ser atravesada por el héroe e iluminada por su conciencia.Bruno Bettelheim también identifica la fuerte presencia de los complejos de Edipo y Electra en cuentos como Blancanieves (Snow White), y temas como el onanismo en Jack y las habichuelas mágicas (Jack and the Beanstalk) y el miedo a la castración en Cenicienta (Cinderella).
Menos complejidad ofrecen las típicas metamorfosis que aparecen en los cuentos de hadas, donde lo masculino casi siempre se transforma en reptil (príncipes que se convierten en sapos, principalmente) y lo femenino en ave.Tampoco conviene descartar algo que los cuentos de hadas vienen construyendo desde hace siglos: en todos ellos se nos ofrece el retrato de una familia disfuncional: princesas abandonadas, niños criados por madrastras, y en general fuera de la órbita del padre, silueta decididamente ineficaz, monstruosa o directamente ausente.La adaptabilidad de los cuentos de hadas es uno de los secretos de su supervivencia.
Es fácil tomar cualquier ideología y aplicarla con un alto grado de eficiencia sobre ellos: las feministas entendieron que la Bella y la Bestia era una parábola del sacrificio de la mujer ante la sociedad patriarcal; los marxistas consideraron que los siete enanos de Blancanieves representaban las capas del proletariado que se unen para construir una sociedad solidaria, sustentable y basada en el esfuerzo mutuo; incluso los nazis creyeron que el príncipe azul simbolizaba al pueblo ario que debe despertar a Aurora, el amanecer de la nación, dormida bajo el influjo diabólico del comunismo y la judería.
En este punto conviene alertar a todos aquellos que crean que las versiones de Disney de los más famosos cuentos de hadas son un tanto… fuertes.

Claro que motivos como la muerte de la madre o el padre, el exilio (Flautista de Hamelin), el abandono (Hansel y Gretel), la casi invariable naturaleza huérfana de los protagonistas, son elementos fuertes; el regreso a los originales puede ser aún más perturbador.

La Cenicienta

Escrita por Charles Perrault, se llamaba en realidad Rashin Coatie y se enamoró de un carnero que murió asado. Pidió el deseo de tener un bonito traje e ir a una fiesta y fue concedido. Ahí se dejó una zapatilla (que no zapatito de cristal) y el príncipe fue a buscar a quién pertenecía. En el cuento original la madrastra obliga a una de las hermanas a cortarse los dedos, incluso el talón, para que la zapatilla cupiese.

Otra versión de esta Cenicienta fue escrita por Basile y la protagonista se llamaba Zezolla. Era maltratada desde la infancia e incluso sus padres llegan a cortarle el cuello. Muy bonito todo.

La Bella Durmiente

En La Bella Durmiente (su primera versión en 1836 también escrita por Basile) narraba la historia de una joven de 16 años protegida por su padre para que no se clavara la astilla envenenada de la rueca.

Como el destino está escrito, al final se la clava (la astilla) y su padre decide reposar su cuerpo entre telas. Todo parece coincidir con el original hasta que… ¡PAM! un noble que paseaba por el campo halla a la princesa y quedándose prendado de su belleza, además de darle un besito muy mono, decide mantener relaciones sexuales con ella mientras ella seguía estando en el limbo. Nueve meses más tarde tiene gemelos (aún dormida) y no despertó hasta que uno de sus hijos le succiona el dedo y consigue sacarle la astilla envenenada.

Ni príncipes ni historias, aquí ya sabemos quién es el héroe. El caso es que Talía (que así se llamaba) muere finalmente en la hoguera. Todo un clásico para contarle a los peques.

Hansel y Gretel

En Hansel y Gretel, ni son tan niños, ni se pierden, ni hay casas de chocolate y chuches ni tampoco una bruja. La verdadera historia habla sobre las duras condiciones medievales y la necesidad de supervivencia en épocas donde se pasaba tanta hambre. Los padres deciden abandonarlos en el bosque porque “iniciarlos en la madurez los libra de sus responsabilidades como padres”, y de esa forma, el canibalismo es perfectamente aplicable en condiciones de necesidad extrema. Por si tienes dudas, se los comen.

Caperucita Roja

Caperucita Roja era solo un elemento decorativo en la historia. Fue escrito también por Perrault y data de la época del canibalismo. En algunos casos, el cuento llegó a llamarse “La Finta Nonna” (la falsa abuela). El lobo se come a la abuela (y hasta aquí parece que todo bien); sin embargo, luego extiende la carne sobre la mesa para que Caperucita la devore ferozmente (o poquito a poco con una migajilla de pan). El siguiente turno es el de Caperucita, pero un leñador escucha los gritos de la joven y este abre las tripas del lobo para devolverla mágicamente al mundo de los vivos.

Blancanieves y los Siete Enanitos

De nuevo los Hermanos Grimm haciendo de las suyas. Aunque es cierto que el cuento original mantiene bastante su identidad, lo que no se cuenta es que la venganza del príncipe al enterarse de que la bruja había intentado envenenar a Blancanieves estuvo cuidadosamente preparada.

En el cuento original ordena confeccionar un par de zapatos de hierro que son calentados hasta adquirir un color rojo pasión y posteriormente invita a la bruja (siempre desde el respeto, imagino) a calzárselos calientes y bailar mientras los lleve puestos.

El final es precioso: baila, y baila, y baila hasta caer muerta. Hay que ver el príncipe, ¿eh? menudo carácter, el tío. Como para invitarle a café en casa.

La Sirenita

Si creíamos que ya había drama en el cuento de Disney, en el original escrito por Hans Christian Andersen, ni te cuento. La protagonista solo podía salir de la tierra y renunciar al mar bebiendo una poción que le haría sentir como si caminara sobre cuchillos todo el tiempo. La Sirenita, en un acto de amor profundo, la bebe. Y puede que creáis que esto sería suficiente para disfrutar de Erik en el maravilloso mundo terrestre, pero no. Ni vivieron felices ni comieron perdices, el príncipe se casó con otra mujer y la pobre y pelirrojita sirenita se lanzó al mar hasta disolverse en espuma marina. (Moraleja de este cuento: el amor no es renuncia. Y si no acuérdate siempre de esto si no quieres convertirte en espuma de mar).

Con todos sus aciertos y sus deficiencias, las versiones de Disney son siempre menos oscuras que los cuentos de hadas originales, aunque tras sus finales felices, Disney esconda una macabra verdad manipulada para representar las historias en forma de caricia en la espalda.
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