Ojos de gato

Desde que era una cría no aguanto la oscuridad, pero poco a poco me he hecho más inmune. Nunca apago la luz hasta que me voy a dormir por agotamiento o evito andar por la noche en la casa. Pero la oscuridad está en todos lados, en nuestro corazón e incluso cuándo cerramos los ojos, ese pequeño eclipse lunar que tapa cada porción de luz.

Todo empezó cuándo era una cría, tendría al rededor de seis o quizá siete años. Teníamos un gato, un gato llamado Dina y al igual que el gatito de Alicia este era un gato muy revoltoso. Un día, acerca de las tres en la madrugada oí a Dina bufar, no sabía de que se trataba pero deseaba que fuese un ratón. Primero me pasé por el cuarto de mis padres para ver o comprobar que el ruido no venía de ahí y ellos seguían durmiendo. Y por desgracia acerté. Estaban todas las luces apagadas, ni un resquicio de luz se colaba por la ventana. Era la noche más negra que en esos años había vivido. De repente sentí algo por el pie y luego dos lucecitas brillaron acercándose a mi. Era Dina, y lo del pie era un pequeño ratoncito. Y lo sé por que los ojos de Dina lo iluminaron.

Hasta después de unos años no entendí que los gatos reflejan la luz en sus ojos, pero ¿y aquella noche? Era tan oscura que no se podría haber reflejado ni una mínima gota de luz en los ojos de Dina. Poco a poco le fui dando vueltas, continuamente no dejaba de pensarlo. Ese miedo se fue apoderando de mi, tan suavemente se fue adentrando en mi vida que no sabía cuándo se coló en todo mi ser. Evitaba la oscuridad hasta el punto de no salir ni al baño cuándo era de noche.

Pasados unos años, tendría cerca de 16 años, la edad de las supuestas fiestas, chicos, quedarse en casas ajenas y todo aquello que ves en los demás jóvenes.

Decidí hablar con mi madre e ir a una fiesta. Mi madre aceptó porque para ella también era una edad de salir con los amigos aparte de tener una cierta responsabilidad con las obligaciones y deberes. Realmente a mi toda esta gente me daba igual, me habían invitado por compromiso, por pena supongo.

La noche trascurrió amena hasta que el grupo de chicos y chicas empezaron a pasarse con el alcohol, una pareja que estaba en el armario gritó, al poco salió la chica con las piernas ensangrentadas y el chico con la espalda en las mismas. La chica estaba conmocionada, nadie se atrevía a entrar, pero entre tanto suspense siempre hay alguno que se hace el gracioso y decide ir a mirar y en esta historia no iba a ser diferente. Pero no pasó nada, no había nada así que la fiesta transcurrió cómo debía transcurrir, sin embargo a la que le entró curiosidad fue a mi, ¿qué debió pasar para que esta pareja saliesen así? La muchacha no había dicho nada, sólo que había algo, sí, algo, pero ¿qué? Miré de lejos el armario, no parecía haber nada raro. Quizá fue una simple chiquillada de estos dos pero tampoco estaba segura.

Cuando me metí del todo en el armario comprobé las cosas. Sólo había ropa de los padres del que dirigía la fiesta. Cuándo salí todo parecía normal, pero me fije mejor había una oscuridad que empezaba a cubrir todo cómo si fuese carbón. Las luces fueron estallando, no quedaba nada que combatiese con ese espectro negro. Se oían gritos y se sentía un olor a putrefacción. El pánico se fue apoderando de mi, sentía a mi alrededor algo viscoso y pegajoso. Divisé a lo lejos unas lucecitas que se iban acercando, cómo aquella vez cuándo era pequeña y cuánto más se iban acercando, menos sentía la vida hasta tal punto que sentí que la carne se me separaba de los huesos. Me desmayé del dolor y cuándo regresé en mi, estaba hospitalizada.

Me había desmayado, eso era todo pero había gente de esa fiesta que había muerto. Cuándo me hicieron el interrogatorio parecían desconcertados, al terminar me dejaron, y sobre mi estaba Dina, buscándome con los ojos, buscando esa verdad a la que yo había rehuido y había escondido. 

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Via Creepypastas


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