Nunca se sabe

Un disparo resonó en la noche, solo fue oído por el tirador, segundos más tarde sonó otro, pero éste no sería oído por nadie.

—¡¡Papa!! ¿Qué les pasa? ¿Por qué están tan enfadados?

José miro a su hija desconsolado, contuvo las lágrimas y dijo con la voz más calmada que pudo:

—Nada, cariño, sólo están un poco locos por las compras navideñas.

María vio como su padre se giraba y empezaba a asegurarse de que todas las puertas y ventanas estaban bien cerradas.

—Papá, tengo miedo.

—Tranquila, hija, no pasa nada malo, es sólo que vamos a tener que pasar un tiempo jugando al escondite, porque mucha gente no tiene su regalo de navidad y están muy enfadados, si ves que alguno se acerca a casa, dímelo y yo hablaré con el ¿Vale, corazón?

—Pero, papá ¿Por qué mamá no juega con nosotros al escondite? ¿Se ha quedado buscando su regalo de navidad  como los hombres furiosos del centro comercial?

José sintió cómo su corazón se partía en mil pedazos, no pudo contener más las lágrimas y le dijo a su pequeña niña entre sollozos

—Sí, cariño, mamá no puede venir con nosotros, ella también está muy enfadada, pero estoy seguro de que cuando esto pase, la veremos otra vez.

José sabía que sus palabras sonaban tan falsas como eran, la madre de la niña no iba a volver, ni ella ni nadie más, este era el fin. Pero el tenía algo por lo que luchar y no se iba a rendir tan fácilmente, su hija era su todo, era su esperanza, era el motivo por el que su corazón seguía latiendo.

La miró con tristeza.

—Mamá parecía querer venir con nosotros, se le veía muy empeñada en entrar en el coche, aunque esos ojos eran muy raros, y estaba empapada en un líquido rojo, actuaba como ese perro malo que me mordió hace un año.

María hizo una pequeña mueca que vagamente podía recordar a una sonrisa

—Estaba asustada, pero tú te llevaste a mamá y razonaste con ella, me alegro de que pudieras convencerla de quedarse allí y buscar su regalo de navidad.

José empezó a llorar otra vez, su hija no sabía nada, era tan inocente, para ella todo era un juego.

—Al menos mamá me dejo una marca para que me acordase de ella siempre.

El corazón de José se detuvo durante unos segundos, con un hilillo de voz temblorosa dijo:

—¿Una marca?

—Sí, mira

María, con una gran sonrisa en su cara se bajó una medía que le llegaba hasta la rodilla, dejando al descubierto una herida, no era una herida cualquiera, era una mordida

—Me dolió un poco cuando me lo hizo, pero sé que me lo hizo con mucho amor, luego te la llevaste y ahora la echo mucho de menos.

María seguía hablando pero José ya no la oía, él ya no oía nada, su mundo acababa de romperse en mil pedazos, no podía llorar, no podía gritar, sólo se quedó parado sin mostrar expresión alguna.

—Papá, me duele la cabeza, no me encuentro muy bien ¿Queda algo de ese jarabe tan rico que me daba mamá?

José volvió en sí.

—Sí, voy a buscarlo, hija, quédate aquí y recuerda que aunque mamá ya no esté, yo no te voy a abandonar

Dicho esto le besó la mejilla, le dio un abrazo y le acarició el pelo.

Echó andar hacia el fondo de la casa, llegó a su escritorio en el que guardaba aquella pistola que tanto odiaba y que sólo había comprado para casos extremos, puso dos balas en ella.

María cantaba una cancioncilla en la cocina, José la observaba con los ojos llenos de lágrimas desde detrás de la silla donde ella estaba sentada.

—¿Estás seguro de que volveremos a ver a mamá? —dijo María con tristeza.

—Nunca se sabe hija, nunca se sabe —dijo José sollozando.

Un disparo resonó en la noche, solo fue oído por el tirador, segundos más tarde sonó otro, pero éste no sería oído por nadie.


Via Creepypastas


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