Los niños de la luna

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Brilla la luna en lo alto; estás de pie en un campo desierto. La hierba está marchita, su color marrón denota su edad y la carencia de vida que asolaba el área desde hacía ya mucho tiempo. En el centro de todo están dos pequeños arrodillados, aparentemente gemelos.

El mismo cabello rubio, la misma piel de porcelana. Ambos con extremidades arácnidas, y brillantes ojos grises. El niño viste una túnica color beige y un pantalón, la niña un vestido sin tirantes hasta los tobillos. Continúas tu camino a pesar de un extraño malestar que te agobia. La niña se pone de pie y el pequeño se mantiene de rodillas a su lado. “¿Son ustedes?”, te atreves a preguntar, con sus gargantas secas. Centran sus ojos en ti, mientras eres abrumado por cientos de emociones distintas oprimiendo tu pecho. No es muy doloroso, en realidad, pero deforma tu rostro en una mueca. Llevas tu mano a tu pecho mientras un escalofrío recorre tu espina dorsal, helándote de nervios, pero sonríes en tus adentros por la situación familiar.

Ella eleva un dedo al aire, como si comprobara la velocidad del viento. Una membrana une sus dedos como los de algún pez. Luego de eso, pone su dedo en su boca, degustándolo pensativa, como si el sabor le sorprendiera. “Deja que les ayude, por favor”. El sonido de tus palabras apenas sale de tus labios, pero sabes que te han escuchado.

La niña ríe algo vacilante, y sus carcajadas fluyen como la corriente. Otorga su dedo a los labios de su hermano, y este lo degusta con avidez. Sus ojos se abren de par en par, y tú repites tus líneas. “Por favor…”

Ella no responde, pero vuelve la vista a ti. La luz de la luna te permite detallar realmente esos ojos… Blanquecinos, como canicas plateadas. Comienzas a temblar mientras la respiración de ella se acelera. Entre jadeos, revela aquella fila irregular de dientes blancos y filosos. Si sonrisa se ensancha anormalmente, casi llegando a sus pómulos.

Ahora, lloras en voz alta; los fuertes latidos de tu corazón casi igualan al estruendo de tus sollozos mientras tu vista empieza a fallar. Miras cómo ella da un paso hacia ti, luego otro; intentas alejarte, pero tropiezas y caer sobre tu espalda. Cierras tus ojos, los mantienes presionados. Oyes que camina cerca tuyo, por lo que te alejas arrastrándote como un animal indefenso y rezas para que se vayan.

De repente… ella está a tu lado. Se inclina hacia ti, se oye un silbido de su parte. “¿Ves la luna esta noche? Brilla más que nunca” susurra.

– “¿Qué eres?” -Gritas, y la voz de quien supones es el chico te responde.

– “Estamos contigo. Somos lo que queda de ti.”

Sacudes tu cabeza con violencia, como si quisieras lanzar de tu mente aquel recuerdo… Sujetas sus cabellos con tus manos, y les gritas que se vayan entre sollozos. Ella coloca un dedo sobre tus labios: sientes su piel fría como hielo, y para tu sorpresa, más suave que las escamas de un pescado.

El niño se acerca a ti, se posiciona a tu lado y presiona tu pecho con sus manos, manteniéndote inmóvil en tu lugar. Ella tararea en voz baja, mientras luchas salvajemente. A pesar de tu pánico reconoces aquella melodía que quizás fue dulce, pero no sabes de dónde la has oído. Después de unos instantes, te relajas finalmente.

– “Por favor, dejen de hacerlo…” -Murmuras débilmente. Ambos te dan una respuesta rápida y al unísono.

– “La luna no se detiene para nadie”. -Ellos cierran sus ojos antes de terminar las líneas, y tu aliento empieza a ser atraído.- “Ni siquiera para ti”.

Sientes tus párpados caer. Sigues consciente, por completo, pero no puedes moverte, no logras respirar, tus pulmones se sellan al vacío. Todo lo que te quedan son recuerdos casi tan dolorosos como tu estado físico, mientras, tomados de las manos, los niños se alejan y desaparecen en la noche.


Via Creepypastas


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