La soga del ahorcado

Encontró el cuaderno en su primera noche en el motel, apenas había llegado a su cuarto. Sucedió casi por casualidad. Había dejado la maleta demasiado cerca del borde de la cama y, al sentarse en el somier, su equipaje cayó al suelo.

Entonces lo vio, el golpe había revelado un pequeño escondrijo. Una madera suelta había ocultado un pequeño cuaderno de anillas doblado por la mitad. Roberto recogió el cuaderno y empezó a ojearlo. Parecían las cuentas de un vendedor ambulante como él. Aunque por el registro de sus negocios, no debía de haber sido uno muy bueno.

Martes 3 de marzo, de 1998:

» He vendido un fruitomatic.

Miércoles 4 de marzo, de 1998:

» Hoy he conseguido endosarle a un cliente habitual el nuevo pelador automático y el tapper que conserva los olores.

Así seguía durante semanas enteras, hasta las últimas dos anotaciones.

Sábado 4 de mayo, de 1998:

» Ha ocurrido algo horrible. Sucedió mientras conducía por un pequeño pueblo que ni siquiera aparecía en los mapas. Estaba perdido, consultaba mis planos y no lo vi llegar. Sólo… sólo noté una sacudida en el coche y me detuve en seco.

Había atropellado algo y esperaba que tan sólo fuera un animal, pero… ¡oh Dios, mío! ¿Cómo pudiste permitirlo?

En mitad de la carretera había tirada una zapatilla y… y delante del coche, con la cabeza empotrada contra el radiador… ¡santo Dios, era un niño!

No debí haber huído, lo sé. Pero estaba muerto. Ya no se podía hacer nada por él… Yo… yo quiero confesar, pero tengo tanto miedo. Lo metí en el maletero y ahora lo tengo oculto entre mi equipaje. En una bolsa de deporte. Sé que no está bien, es sólo que… ¡yo no quería matarlo!

Roberto dedujo que el hombre había estado llorando mientras escribía, porque en algunos puntos de la hoja la tinta parecía borrosa. Sin embargo, el testimonio seguía.

Lunes 6 de mayo, de 1998:

» Llevo tres noches sin dormir. Cuando se apagan las luces en este motel y todo queda en silencio, oigo a Tomás royendo la bolsa. Sí… se llama Tomás, lo han dicho en la radio. Al parecer le están buscando. Están preocupados y yo… yo lo tengo aquí a mi lado. Sé que quiere salir, quiere vengarse de lo que le hice. Pero antes de que logre escapar de la bolsa yo ya me habré ido.

Así terminaba el cuaderno. Ni una sola explicación más de lo que pudiera haberle sucedido. 

Roberto se quedó un rato meditando. No sabía qué pensar, ¿era aquello una broma? Al final llegó a la conclusión de que no podía ser cierto, ¿cómo era posible que hubiera terminado en una habitación en la que alguien ya había vivido lo mismo por lo que él estaba pasando? Se fijó en su maleta, caída en el suelo. Durante un segundo también creyó que oía a el niño al que había atropellado royendo su mortaja. Entonces se dio cuenta de que en el escondrijo que había ocultado el cuaderno, había otra cosa: una soga. Enseguida supo lo que tenía que hacer.


Via Creepypastas


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