La muerte me esta esperando

Volví a casa, desesperada, llorando sin poder contenerme. La rabia, la desesperación, el engaño, la

Cena-con-la-muerte

decepción, todos esos sentimientos se mezclaban en mí con alarmante velocidad mientras brotaba de lo más hondo de mi ser un grito desgarrador de dolor. Ese día terminó todo para mí.

Ian se fue, y desde entonces una nueva personalidad brotó en mí, que no deja salir al exterior a esa otra tímida y preocupada niña que fui antes de conocerle. Este oscuro ser, ha sido creado por el propio odio, el mismo que ahora derrama esas lágrimas que caen por el rostro de mi maléfica, desesperada y ahora oscura alma.

Voy subiendo por la escalera del edificio donde vivo, Trafalgar 7. La pintura de las paredes se pela desde hace años. Me quedo quieta durante algunos minutos, arrancando más trozos con la mano y haciendo un boquete cada vez mayor. A mis pies quedan restos de pintura y un fino polvo blanco que tapiza el suelo. Después continuo subiendo, maldita casa, son muchos pisos y no hay ascensor. Al llegar al segundo piso miro el fluorescente. Apagado y muerto. ¿Por qué nadie se molesta en cambiarlo? ¿Los habitantes de ese piso no se podrían gastar unos céntimos para comprar otra luz polvorienta y insuficiente? Ahora mismo no deseo la oscuridad. Necesito que algo me ilumine. El sol no volverá a tocarme nunca. En estas últimas horas solo veré luz artificial.

Llego a mi piso, abro la puerta y entro. Dejo la mochila en el suelo, entro en el baño y empiezo a desnudarme, dejando la ropa en el bidé. Sin nada encima me meto en la pequeña bañera, porque he tomado una decisión. En la noche tenue y oscura, como no hay otra opción, pienso desgarrar mi vida, esa es mi solución. Tengo dos cuchillas afiladas, son un arma mortal, pero esta sangre que corre por mis venas no es fácil de derramar. ¿Tengo yo derecho a desaprovecharla así?

Terror ante lo desconocido. Miedo a lo ya pasado. Estoy en un túnel en el que sólo hay oscuridad. Avance o retroceda, el resultado no será muy diferente. Si vuelvo atrás, a mi existencia desgraciada, no encontraré la luz al final del túnel, si no una pared contra la cual me daré golpes hasta desfallecer. Si sigo adelante, corro el riesgo de acabar en un infierno de llamas ardientes, peor del que intento dejar atrás. La elección está en mis manos, que sostienen las cuchillas con renovado interés. Unas cuchillas que desean hundirse en mi carne para verme desfallecer en medio de un charco de sangre. Esas cuchillas gritan, pidiendo ser usadas con prontitud, el diablo las izo para cumplir esta noble misión. Mi parte razonable suplica con desespero para que no les haga caso, pero la muerte me esta esperando, como un guante sin mano dentro espera ser llenado.

Y, aunque sea inútil, en mis últimos momentos antes de cumplir la promesa de acabar con mi vida, elevo una oración a Dios, rogándole que me acoja en su reino, pues temo ser devorada por el fuego por el que han pasado tantos pecadores. Pidiéndole que mi muerte no entristezca mucho a aquellos que me aman (si es que los hay). Suplicándole que no me permita arrepentirme de mi decisión cuando no haya vuelta atrás. Y, sobre todo, rogándole que cuando yo me haya ido, Ian se sienta mal por ser la causa de mi suicidio.

El momento está cada vez más cerca. Oigo a La Flaca respirando ansiosa sobre mi hombro, esperando con una impaciencia creciente el instante de llevarme con ella. Puedo incluso ver su silueta oscura, con la guadaña en alto. El frío que desprende su presencia me incita a actuar con silenciosa rapidez. Las dos sabemos que mi madrastra llegará a casa en cualquier momento, y ella podría impedir que me regodeara en el dolor que precede a la paz más temida y esperada de todos los humanos.

No puedo prosternar más este momento. Las cuchillas tiemblan en mi mano, tengo por primera vez un asomo de vacilación. Intentando no pensar en lo que hago, tomo aliento, aprieto los dientes y presiono una cuchilla contra la piel de mi muñeca izquierda. Del corte empieza a salir sangre de color granate. Ya está hecho, ya no hay vuelta atrás, se acabó el sufrimiento, ahora miro hacia delante con esperanza. La sangre (¡mi sangre!) mana en abundancia de mi muñeca, y yo la contemplo, extasiada con el baile, cada vez más rápido, que hace al bajar por el brazo.

Se disparan varias voces en mi cabeza:

¿Qué he hecho? ¡Tengo que parar la hemorragia, me desangro!

Tranquila, no pasa nada.

¡Voy a morir!

Todo está bajo control, no debes preocuparte, ya estaba previsto.

Me duele… No quiero seguir… ¡Que alguien me ayude!

Sabes que ya es demasiado tarde.

Una parte de mí, aterrorizada, lanza mi mano hacia la herida roja de la que mana abundantemente el líquido más preciado que posee cada mujer, cada hombre, cada infante, cada anciano. Mi parte decidida (y menos razonable) baja la extremidad salvadora que intentaba hacer fracasar mi propósito.

Siento mi mente cada vez más nublada, mis fuerzas cada vez más minadas, mi cuerpo cada vez más débil, mi resistencia a la muerte cada vez más ligera. Poco a poco, la oscuridad se va adueñando de mis llorosos ojos, que cansados de ver la crueldad de este mundo se van apagando lentamente. Como una moribunda vela, mi luz va desapareciendo, confundiéndose con el negro vacío del universo humano. Entonces, con apenas un leve movimiento, mi alma se desprende de mi pálido cuerpo físico y emprende el cavernoso camino que a todos nos toca recorrer tarde o temprano. Andando lentamente, desaparece de mi lejana mente cualquier otro pensamiento que el de seguir adelante sin detenerme, avanzando con sigilo para encontrar el extraño destino que desconoce hasta el más viejo de los sabios.


Via Creepypastas


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