La luz de la vela

Esto sucedió hace ya tiempo, cuando yo era pequeña. Durante las vacaciones nos fuimos a quedar a casa de mi bisabuela, que falleció tiempo atrás antes de que yo naciera y que ahora su casa sirve como lugar para quedarnos cada semana santa o vacaciones de verano.

Recuerdo que una noche, como normalmente suele suceder, se fue la luz en todas las calles del pueblo. Como era verano hacía mucho calor, así que la gente aprovechaba para salir afuera, sentarse en una silla o mecedora y platicar entre ellos, mientras esperaban que volviera la luz. Algunos niños se ponían a corretearse en las calles obscuras y otros jugaban a alejarse de sus padres; en ese entonces yo era muy pequeña, así que preferí no salir y quedarme dentro con mi abuelo al que le pedí, por temor a que algo pareciera en la obscuridad, que me encendiera una vela.

La colocó en la ventana que daba al pasillo del cuarto contiguo al patio para que iluminara y de esa forma me diera cuenta que no había nadie o nada ahí. Absorta en la luz que temblaba ante mis ojos, empecé a sentir sueño, mi abuelo me recostó en la amplia cama en la que dormían él y la abuela y me cubrió con una sábana. Se recostó a un lado mio mientras esperaba a que yo durmiera, cuando afuera una de mis tías lo llamó. Le rogué que no se fuera porque tenía miedo de que me dejara sola.

“No te va a pasar nada, lo mismo que hay en la noche existe en el día”, dijo tratando de tranquilizarme y salió.

Durante horas me quedé observando el techo, mirando el foco y rezando en silencio que la luz volviera. Entonces sentí un fuerte escalofrío y la presencia de alguien a un lado mío en la ventana. Me volví hacia ese lado, aún recostada en la cama y con los ojos cerrados, esperando para no ver nada.

Lentamente los fui abriendo, primero los ojos se fueron adaptando a la luz de la vela, y poco a poco pude ver en la habitación contigua una figura. Llevaba un camisón largo y amarillento, como esas ropas antiguas que solían usar hace tiempo. Los olanes comenzaban en los puños y después se extendían a lo largo en el pecho, mis ojos seguían desde abajo atenta a la figura y entonces comencé a llorar en voz baja. Los olanes terminaban en el cuello… Y el cuello terminaba hasta ahí, en un pedazo de carne oscura como si le hubieran arrancado la cabeza.


Via Creepypastas


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