La cabaña del doctor Xander

Cabaña vieja

—¿Aún lo ve?

—Sí —susurré— y agáchate, imbécil. Anda despacio.

Era cierto. El doctor Xander andaba muy despacio. No era viejo, pero arrastraba los pies como si tuviera alguna deformidad…, algo oscuramente siniestro y nada apropiado.

—¿Se ha ido ya? —preguntó de nuevo Parker.

—Sí —La figura encorvada había desaparecido por la curva del camino.

Parker y yo nos pusimos derechos.

—Maldita sea —dijo, cogiendo su cámara— tengo un calambre.

Yo también lo tenía.

Tumbarse en la hierba vigilando una casita en mitad de ninguna parte no era lo que un reportero consideraba pasárselo bien. Pero una historia es una historia, y el público debía tener sus sensaciones.

Y es que, de repente, el pequeño pueblo de Elwood se convirtió en el centro de la atención pública, tras descubrirse que sus habitantes habían estado desapareciendo misteriosamente durante años. Era como si hubiera una plaga progresiva y mortal. La gente desaparecía, y no se volvía a saber de ellos.

Las autoridades locales parecían impotentes, y mi periódico me había enviado para investigar.

Mis investigaciones se habían centrado finalmente en la figura encorvada y misteriosa del doctor Xander. Causaba pavor en el pequeño pueblo, pero nadie se atrevía a alzar su mano contra él. La gente retrocedía cuando pasaba a su lado en sus infrecuentes visitas al pueblo, y no se podía engatusar o sobornar a nadie para que se acercara a su pequeña casa de campo al anochecer.

Parker y yo no pudimos encontrar una razón concreta para este miedo; solo rumores imprecisos, susurros siniestros de rústicos sobre lo que no podían comprender.

Así que Parker y yo habíamos montado vigilancia cerca del lugar, y esperamos a que la esquiva figura se fuera al pueblo. Y ahora, al acercarnos a la casa, olimos —o más bien sentimos— algo extraño en el aire.

—Esto no me gusta —murmuró Parker.

A mí tampoco me gustaba. Por algún motivo, alrededor del porche las sombras parecían acercarse más de lo debido, y la vegetación era demasiado exuberante y frondosa. Sentí un escalofrío mientras subía cautelosamente los escalones y empujaba la puerta.

Estaba entreabierta.

Por lo visto el doctor Xander confiaba en que el miedo hacia su vivienda mantuviera alejados a los curiosos.

Dentro, el extraño hedor —era un hedor— era más fuerte. Miré a mi alrededor, usando mi linterna, aunque fuera aún estábamos en pleno día. La habitación estaba vacía, pero daba la impresión de haber sido usada hacía poco.

Parecía haber marcas borrosas de diagramas en el suelo y en las paredes, y también surcos en un extremo de la habitación, como si se hubiera quitado algún objeto pesado. El lugar me recordaba la sede de un culto diabólico que había investigado unos años atrás, y con esto en mente paseé la luz por la habitación, y advertí en un rincón lo que parecía ser un cuenco de algún tipo.

Antes de que pudiera investigarlo, hubo un ruido en algún lugar de la casa.

La pistola saltó a mi mano. No era el doctor regresando, ya que el ruido venía de delante de nosotros, no de detrás. Pensando que tal vez algunos de los aldeanos desaparecidos estuvieran prisioneros en el viejo caserón, apreté el frío acero del arma y abrí la puerta.

La habitación estaba vacía, y nos deslizamos a su interior. Parecía ser un laboratorio o una sala de operaciones, con material químico y mesas por todas partes. En el muro del fondo había otra puerta, de la que procedían los ruidos.

Avancé con grandes zancadas, tiré de los pesados cerrojos de la puerta, y la abrí. Parker estaba justo detrás de mí. Lo que vimos, en el breve instante antes de que cerrase la puerta de golpe y huyésemos de la casa, casi nos roba nuestra cordura.

Nunca, hasta el día que me muera, podré borrar la visión que nos recibió.

Y es que la habitación estaba repleta de monstruos, pálidas caricaturas del cuerpo humano. No puedo decir si eran humanos o animales. Parecían ser grises, deformes y no tener pelo…, y la pestilencia que brotaba de la habitación era abrumadora. Lo peor de todo era el ruido; un sonido húmedo y viscoso cuando los seres se movían.

Corrimos como alma que lleva el diablo al pueblo, avisamos a las autoridades, y regresamos…, para encontrar ardiendo la casa. Un testigo dijo haber visto al doctor Xander entrar poco después de habernos marchado.

La casa estaba completamente destruida, aunque más tarde encontramos bajo los cimientos restos de lo que parecían ser cuevas. Fueron dinamitadas gracias a mi insistencia fanática, a pesar de aquellos que querían explorarlas para buscar a los aldeanos desaparecidos.

—El doctor Xander ha debido de estar operando a la gente secuestrada, convirtiéndola en esos seres —dijo Parker, mientras el ruido de los explosivos retumbaba en nuestros oídos. Yo negué con la cabeza.

—He leído el Necronomicón —le dije—. Esos… seres… viven en cuevas, y en túneles bajo los cementerios. Y se alimentan de… Bueno, no vamos a entrar en eso. Nunca creí que existieran. Pero ya los viste. Probablemente hubiesen sacrificado a los aldeanos a sus obscenos dioses.


Via Creepypastas


También te pueden interesar

El cuarto blanco

Esto es muy extraño, no… no logro comprender que pasa, que… ¿Qué sucede?, ¡¿Qué demonios sucede?!. Soy prisionero,…