Juraste jamás olvidarme

Hace dos años mi primo Alex se suicidó.

¿Cómo lo sé? Sus padres lo encontraron colgado de una viga del ático con los brazos cortados y el cuello totalmente fracturado. Parecía como si se hubiera torturado antes de suspirar por última vez.

Al principio, me rehusé a aceptar lo que había pasado, ya que todo ese evento se asemejaba a una historia de terror, una que me atormentaría durante mucho tiempo, pero que poco a poco se iría perdiendo entre mis más profundos recuerdos. Lo único que sé, es que me negué mil veces a aceptar que nunca lo volvería a ver, pero poco a poco lo comencé a olvidar, hasta el punto de sólo recordar su primer nombre.

Una noche, mis padres salieron de viaje y tan solo se despidieron de mí diciéndome que volverían hasta el día siguiente.

Eso no me preocupó en lo absoluto ya que estaba acostumbrada a sus imprevistas salidas sin siquiera avisarme, pero en esta ocasión fue un poco diferente, ya que por alguna razón yo sentí temor de quedarme sola en casa. Sentía en el fondo que algo no estaba bien, pero decidí ignorar dicho sentimiento, ya que si continuaba pensando en ello seguramente no podría dormir tranquila.

Eran las 11pm cuando un ruido en la cocina llamó mi atención. Al principio creí que se trataba de la mascota de mi hermano menor, pero descarté esa idea cuando recordé que él se lo había llevado esa noche para hacerle una broma inofensiva a la hermana mayor de su mejor amigo.

Me levanté de mi cama y comencé a caminar a paso lento con el corazón perforándome el pecho. Mis sentidos se agudizaron y mil situaciones diferentes cruzaron por mi cabeza ¿Sería un ladrón? ¿Sería mi hermano tratando de hacerme una broma también? Simplemente no podía pensar con claridad.

Mis manos temblorosas y frías como un témpano de hielo se aferraron al pasamano de las escaleras. Mis pies descalzos se adherían a la madera del suelo, provocando que un crujido un poco sonoro me paralizara por completo. ¿Acaso me habrá escuchado?

Estaba a punto de retornar a mi habitación para coger mi celular y llamar a mis padres cuando una respiración cerca de mi cuello me lo impidió. Sentí como los vellos de mi piel se erizaron, traté de girarme y enfrentar cara a cara a la persona que trataba de asustarme, pero su voz ronca me detuvo:

— Juraste jamás olvidarme, pequeña —

Ya había escuchado esa voz antes y creí jamás volverlo a hacer. Mis piernas no respondían y las lágrimas en mis ojos me imposibilitaban pronunciar palabra alguna ¿Cómo era posible que él estuviera aquí?

Cerré mis ojos y aún en contra del miedo que invadía mi cuerpo, corrí escaleras abajo en dirección a la cocina. Necesitaba tener algo conmigo para defenderme.

Escuché su risa estrepitosa y sus pasos en los escalones. Tomé un cuchillo y lo coloqué frente a mí.

Mis piernas parecían gelatina y mis manos sudaban debido a la ansiedad que poco a poco comenzaba a atormentarme.

Un silbido, dos silbidos, tres silbidos…

Era lo único que podía escuchar en medio de la oscuridad.

Traté de prender la luz, pero al parecer el bombillo se había fundido. Caminé como alma que lleva el diablo a la sala de estar y traté nuevamente de iluminar un poco el lugar, pero desgraciadamente obtuve el mismo resultado.

Sujeté mi cabello con fuerza y maldije en voz baja mientras trataba inútilmente de buscar la llave de la puerta principal.

— Juraste jamás olvidarme —

Pronunció con ira aquel ser que otra vez me torturaba con su recuerdo. Volteé mi rostro hacia él y un grito ahogado en mi garganta fue lo único que pude emitir antes de que él aprisionara mi cuello con sus manos y estrellará mi cuerpo contra la pared, elevando mis pies del suelo y cortando mi respiración. Las lágrimas surcaron mis desvaídas mejillas de nuevo.

— ¿Por qué? —

Susurré mientras una enorme sonrisa se formaba en su putrefacto rostro. Apretó aún más fuerte mi cuello y acercó su boca a mi oído izquierdo, causando que su fétido aliento chocara contra mi rostro desencadenando en mi estómago varias arcadas.

— Rompiste tu promesa —

Murmuró mientras comenzaba a reír como un loco otra vez. Se alejó un poco de mí y pude apreciar mejor su rostro…

Sus ojos eran blancos como la nieve, aquel caoba que siempre los había distinguido había desaparecido por completo. Su rostro estaba podrido y su mejilla derecha cortada casi a la mitad. Su cuello estaba marcado por una soga, sus brazos estaban abiertos con sangre aun recorriendo su blanquecina y asquerosa piel, y sus ropas no eran más que andrajos rotos y viejos.

Sentí como el cuchillo que portaba en mi mano caía con un golpe seco al suelo, llamando la atención inmediata de mi primo Alex. La sonrisa que se formó en su rostro me hizo temblar.

— Vamos a jugar, prima —

Supliqué que me dejara en paz, pero sus retorcidos ojos me expresaban todo el dolor que había dentro de ellos. Soltó mi cuello y sujetó mis dos brazos para luego elevarlos sobre mi cabeza. Cerré los ojos para no ver la expresión de satisfacción que había en su demacrado rostro, pero los abrí de inmediato cuando sentí como la hoja del cuchillo rozaba mi piel, traté de gritar cuando cortó parte de mi mejilla izquierda con él. Pero por alguna razón desconocida no pude hacerlo.

Cada cortada en mi cuerpo era un martirio, sentía como la sangre escurría hasta tocar el suelo y como la ropa poco a poco comenzaba a adherirse a mi piel. Mis ojos buscaron su mirada aun sabiendo que no la lograría encontrar, su risa perdida en el suplicio de mi tortura provocaba que más lágrimas descendieran por mi rostro, comprendiendo en el fondo que eso no le importaba en lo absoluto.

No sé cuantas cortadas hizo en mi cuerpo, pero cuando colocó el filo del cuchillo sobre mis brazos, sabía que mi fin había llegado.

— Siempre estaré a tu lado —

Fueron las últimas palabras que pronunció antes de dejarme sumergida en la oscuridad, una de la cual jamás podría escapar.

Abrí mis ojos de golpe, provocando que me cegara gracias a la intensa luz que iluminaba mi rostro. Cuando logré que mi vista se acostumbrara, me sorprendí cuando pude reconocer el lugar en el que me encontraba.

¿Cómo había logrado llegar al hospital?

Traté de levantarme pero algo me detuvo, sentí una enorme presión sobre mis brazos, piernas y abdomen. Forcé una y otra vez mi cuerpo para levantarme pero no pude hacerlo. La desesperación era perceptible en mi rostro y más aun cuando observé a un hombre cerca de mí. Le grité que se alejara de mí, llamé a mis padres una y otra vez hasta sentir como mi garganta se desgarraba. Una máquina a mi lado comenzó a producir un ruido estrepitoso que perforaba mis oídos.

Tres mujeres y otro hombre aparecieron en mi campo de visión, sujetando con fuerza mis brazos y piernas que había logrado liberar gracias a todos los violentos movimientos que mi cuerpo hacía en contra de mi voluntad.

Grité una y otra vez hasta escuchar su risa.

Un silbido, dos silbidos, tres silbidos…

Mi vista se dirigió hasta la esquina de la habitación, justo en dónde se encontraba Alex, mirándome con burla mientras se carcajeaba fuertemente, causando que mi corazón golpeara con fuerza mi pecho.

— Juraste jamás olvidarme, pequeña —


Via Creepypastas


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