El señor Bocagrande

Esta historia tiene que ver con un niño argentino de 7 años de edad, padecía de monocleurosis, por lo que su estado de salud era permanente delicada. Era bajito, muy delgado y usaba sendos anteojos sobre sus hermosos ojos azules, era muy buen chico.

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Su padre tenía uno de esos empleos en que le requerían varias ciudades; por lo tanto, no podía pasar ni un año sin que toda la familia se tuviera que mudar. El padre era muy buen hombre, así que se sentó con su hijo y le dijo que esa era la última vez que se iban a mudar, que luego de Salta se irían a otro lugar pero por última vez. El niño no pudo hacer otra cosa más que aceptarlo. Cierto día, este chico salió bien vestido a pasear por el parque cerca de su casa. Ya estaba anocheciendo, cuando aparece frente a él un personaje mucho más bajo que él, muy rechoncho y con una boca que iba de oreja a oreja. No era una persona normal, de hecho, estaba muy lejos de ser una persona. Tenía un aspecto muy grotesco, pero de lejos lo peor era la boca, ya que cada vez que hablaba, parecía que movía la cabeza entera. Sin embargo, el señor Bocagrande, como se hizo llamar ante el niño, era muy amigable. Al menos, le hizo sentir tranquilidad.Le preguntó su nombre, donde vivía, que hacían sus padres, entre otras más.

Ambos se sentaron en un árbol, hablaron mucho, y el señor Bocagrande le dijo que él pertenecía a un Reino Mágico. También le dijo que no les dijera nada a sus padres porque no le iban a creer, porque solo se les aparecía a los niños y a los ancianos. El chico se fue a casa muy contento y muy extrañado. El señor Bocagrande comenzó a aparecérsele cada vez que se quedaba solo, y esto era de noche en la casa; salía de debajo de la cama y le explicó que tenía poderes mágicos y por eso podía hacerlo. Por lo general charlaban y charlaban, se la pasaban charlando hasta altas horas de la noche durante las vacaciones. El señor Bocagrande le preguntó: b¿Quieres que siga viniendo, no te molesta?Y el chico ya convencido de que se trataba de un ser mágico, le dijo que sí. Así que el señor Bocagrande lo visitaba todas las noches y aparecía debajo de la cama, siempre con una sonrisa inmensa.

Pero una noche, las cosas cambiaron. El señor Bocagrande, sentado en una silla frente a la cama, le dijo: “¿Quieres ver algo interesante?” El niño contestó que sí. “Levántate de la cama y acompáñame”, le dijo al chico. Lo agarró de la mano, lo llevó hacia la ventana mientras le decía “mira lo que voy a hacer.”

El duende se lanzó desde el segundo piso, cayó de trasero en el suelo y volvió a rebotar hasta arriba. El niño rió a carcajadas, hasta el momento en que el señor Bocagrande le dijo: haz lo mismo, tírate de la ventana como lo hice yo. El niño fue muy inteligente, cuando le dijo: no, yo soy un ser humano, yo no puedo hacer lo mismo. Negativa tras negativa, el señor Bocagrande frunció el ceño y le dijo: “¿cómo que no puedes hacer lo mismo? si tu quieres lo vas a hacer, ¡hazlo!” El chico sabía en el fondo que no podía hacerlo, porque, aunque quisiera, no iba a sobrevivir de esa caída, así que dijo tímidamente que no.

Al recibir tantas negativas, el señor Bocagrande cambió de rostro completamente, lo miró con una rabia enorme, y se marchó.

Tres días después, el señor Bocagrande regresó, sosteniendo en las manos varios cuchillos de cocina. El señor Bocagrande comenzó a hacer malabarismos con los cuchillos perfectamente, luego, los ofreció al chico y le dijo: “¿por qué no lo intentas tú?” El niño se tuvo que negar nuevamente. Y tras largas insistencias, el señor Bocagrande volvió a poner cara de rabia. Tras muchas negativas y antes de marcharse, el duende le dijo de forma suave: sólo quiero lo mejor para ti, llevarte a mi mundo mágico.

El último encuentro con el duende se dio fuera de la casa; había muchos árboles y mucha maleza, y había un camino muy extraño entre ellos. Y allí el señor Bocagrande le dijo: “dame la mano, vamos juntos.” El niño se negó, pero el duende ya lo tenía agarrado de la mano. tiene una gratitud muy grande con el padre, pues quizá este le salvó la vida, puesto que cuando lo llamó desde la ventana, el duende se esfumó tan rápido como había aparecido, haciendo que el niño corriera hacia la casa.

Varios días después el chico se mudó. Ya en el carro alejándose de la casa junto al camión de mudanza, lo último que vio al girar la cabeza y ver en el cuarto donde él dormía, era al duende despidiéndose con tristeza desde la ventana. Nunca más volvió a ver al señor Bocagrande, pero con el pasar de los años se enteró de dos cosas: ese camino entre los árboles, que supuestamente era el camino hacia el reino del señor Bocagrande, no conducía hacia otra cosa que un cementerio; por último, todas y cada una de las lápidas del cementerio pertenecían a niños.


Via Creepypastas


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