El Programa de Radio

Radio al aireee

Armando, un padre soltero de 2 adolescentes de 14 y 13 años, Jimmy y Javier, muy cariñosos y respetuosos con él, todas las noches se reunían, después de cenar, a contar historias de terror. Competían para ver quién decía la mejor, pero no pasaba de ser un juego familiar.

Armando trabajaba mucho. Por las mañanas se despedía de sus hijos, para luego regresar tarde en la noche. Los chicos mientras tanto se dedicaban a atender la granja, ya que necesitaban ayudar a su padre.

Una noche, cuando Armando regresaba de trabajar muy cansado, encendió la radio de su viejo auto para escuchar algo de música mientras llegaba a casa, conduciendo por esos caminos de tierra y polvo, típicos de las áreas donde no hay más que grandes e inmensas siembras de maíz de lado a lado de la carretera, pero lo único que lograba sintonizar era estática. No había ninguna emisora que escuchar, hasta que encontró una muy peculiar, en la que estaba por iniciar un programa nocturno de historias de terror, narradas por una misteriosa voz masculina. A Armando le pareció muy extraña, pero a la vez interesante, así que se puso a escuchar:

“Buenas noches a todos los que nos escuchan en esta oscura y tenebrosa noche, a los que están a solas en casa, a los que están atrapados en algún sótano o a los que vienen conduciendo después de un duro día de trabajo. Esta vez no les contaré una historia, esta vez les voy a poner varias situaciones diferentes, y deberán decidir cómo reaccionar en cada caso. Al final, les dejaré con la peor pesadilla que jamás tendrán. Si no tienen el valor de escucharme, les recomiendo cambiar de emisora en este momento”.

Armando jamás había escuchado de esta emisora. Por supuesto, él no iba a perder la oportunidad de escuchar a este misterioso y tétrico locutor; además, era claro que todo lo que decía era solo para asustar a quien lo escuchara.

“Así que han decidido escucharme, pobres almas perdidas. Demuestran ser muy valientes. Ya fueron advertidos… Solo una última cosa: una vez que comiencen a escucharme, no podrán dejar de hacerlo, AUNQUE LO DESEEN”.

─¡Vaya! Esto será espectacular ─pensó Armando.

“Para los que están solos en casa, ¿se imaginan escuchar ruidos afuera de su casa?, ruidos que no saben de dónde vienen, pero se acercan más y más. Pongan atención, tal vez los escuchen, y los que van conduciendo por un camino oscuro, tengan mucho cuidado, si alguna mujer vestida de blanco a orilla del camino les pide que se detengan”.

Al decir esto, Armando logró ver en el horizonte una silueta, y al acercarse con su auto, vio una mujer de blanco, parada en el oscuro camino, mirando fijamente hacia él. Armando no se detuvo, y aumentó la velocidad, pasando de largo a la mujer…

─¿Pero qué demonios fue eso? Creo que me afectó el comentario de este tipo.

“No se asusten, queridos oyentes, ¡AÚN NO! Imagino que los que están en casa ya están escuchando cómo algo, alguien, o varios golpean sus puertas y ventanas queriendo entrar. Gruñen, murmuran, pero no ven nada, porque no hay luz en la casa, y ustedes, amigos conductores, ya están viendo esos ojos brillantes que se ven entre los sembradíos de maíz, pero tengan cuidado que eso no los distraiga de su manejo. Si se accidentan, los pueden atrapar.

En ese momento Armando vio unos ojos brillantes en la oscuridad de los campos. Se asustó tanto que perdió en control y se salió del camino. Mientras intentaba encender el auto de vuelta, algo se acercaba a él de entre la espesura del campo de maíz; de repente un golpe resonó en su auto. Algo lo estaba sacudiendo violentamente. Armando logró encender el vehículo y aceleró para seguir rumbo a casa, muy asustado.

─¿Pero qué está sucediendo?, es casi como si me hablara de mí. Esto está mal, no pretendo seguir escuchando esta emisora del demonio ─dijo Armando, que intentó cambiar de emisora, incluso apagar la radio, pero era imposible. No podía dejar de escuchar la voz, entonces recordó que el narrador dijo que una vez que empezara, ya no sería posible detenerlo.

“Para este momento algunos de ustedes ya están tan asustados, que desean jamás haberme escuchado, y ustedes en casa ya están corriendo por su vida, no saben quién los ataca, pero no tienen dónde esconderse. Serán degollados, asesinados, pero antes de morir verán en sus paredes rostros, símbolos y algunos detalles de mi parte…”

Al decir esto, solo hubo estática y se perdió la señal de radio. Armando sintió un gran alivio, al no tener que seguir escuchando algo tan siniestro, ya solo pensaba en llegar a casa.

─Demonios, por fin dejo de hablar, maldito demente, por fin veré a mis hijos y terminaré esta noche de locura ─dijo Armando, pero al llegar a casa todo estaba oscuro, y había un gran silencio.

Sacó su linterna y lentamente abrió la puerta, llamando a sus dos hijos que no respondían. Al alumbrar, Armando vio destrozos por todas partes, y se le heló la sangre al encontrar a sus dos hijos muertos en el piso, degollados, asesinados, justo como decía el misterioso locutor.

Armando rompió en llanto, gritando por lo sucedido, pero en medio de su lamento escuchó estática, y se dio cuenta que sus hijos tenían el radio de la casa encendido, escuchando la misma emisora. Alumbró las paredes y vio pentagramas, rostros que sonreían diabólicamente y figuras tenebrosas. Armando se disponía a salir de la casa, pero la voz de la radio regresó, lo que lo hizo detenerse en su caminar…

“Pedimos disculpas a nuestro público, por el tiempo fuera del aire. A los que me escuchaban en casa, ya no tengo nada que decirles, pero a ustedes, conductores, que acaban de llegar a casa, ¿qué tal si sus muertos se levantan, bañados en sangre, con ojos negros como las tinieblas y con un apetito voraz por carne humana? Pero ustedes nunca se dieron cuenta que están justo detrás de ustedes, porque están muy distraídos llorando por ellos. Díganme, ¿qué harían? Los dejo con esa reflexión, y me despido. Esto ha sido todo por esta noche de terror”.

Armando volvió a escuchar estática en la radio, pero también escuchó un par de pasos detrás de él, y entendió lo que quería decir el locutor. Decidió no voltearse para no ver lo que ahora eran sus hijos, y lo que iban a hacerle.


Via Creepypastas


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