El ave fénix

Fenix1

Seguro escuchaste de ella, ¿no? Un ave del color del fuego, a veces representada en llamas de hecho, que se crema a si misma al morir, y renace de sus cenizas. Miles de mitos hay alrededor de éste ser místico: Que sus lágrimas curan cualquier herida, que con sus cenizas se pueden crear las más variadas pociones, y demás. En general es, de hecho, un ser de bien que un dios envía en ayuda de sus seguidores. Sin embargo, como con todo, hay historias oscuras acerca de ésta inocente ave… Historias que te helarían la sangre. Esta no es siquiera la mejor de ellas.

Caminaba Lautaro por la calle, en dirección a su colegio, cuando en el camino, en la copa de un árbol, creyó ver algo de fuego. A punto de llamar a los bomberos, se acercó y miró detenidamente… Hasta que pudo reconocer a una pequeña ave. Ésta tenía el tamaño de una paloma, y era la fuente del fuego; sin embargo, permanecía calmada, como si fuera parte de ella. Intrigado, tomó fotos de ella con el celular; de inmediato el ave le miró. Podría haber jurado Lautaro que el ave le miró con un desprecio eterno en sus ojos, como si no quisiera ser conocida. El temor pudo más, y huyó en la dirección que debía. 

Su mente no paraba de divagar, ya en el aula; buscaba mil y una razones por las que pudo ver erróneamente. Y encontraba a su vez mil y una razones por las que no era así. No comprendía que era lo que vio… Hasta que, en un momento de debilidad, pudo oír a la profesora decir “… La misteriosa ave Fénix, que, según algunas culturas…” Fénix, Fénix, Fénix… Esa palabra resonó en su cabeza tanto que todo pensamiento fue borrado, sólo por el simple peso de esta palabra. ¿Significaba que vio algo que, supuestamente, no existe? ¿Un ser mitológico más, que, de alguien decir que lo ha visto, de seguro se le tome por mentiroso o loco? Mala suerte la suya. Y peor aún ésta suerte, cuando dirigió la vista a la ventana: el ave que tanto rondaba por su mente estaba ahí mismo, sentada en el lado exterior de la ventana, observándole. Hubiera gritado por el horror que le provocaba; aquellos flamígeros ojos parecían mostrar una visión del infierno mismo. 

Pero el shock, o tal vez su lado racional, le detuvieron. Nadie, absolutamente nadie más parecía notarla, y eso que muchos dirigían su mirada hacia la misma ventana en que ése ser posaba. Sólo él podía verla… ¿Sería, tal vez, un truco del ave? ¿O se había vuelto del todo loco? Ése día lo paso realmente angustiado.

Al terminar el colegio, salió rápidamente por la puerta y dirigió la vista hacia la ventana. Nada a la vista. Ni tampoco a su alrededor. Bueno; al fin un alivio. Su madre llegó en el coche, lista para llevarlo de vuelta a su casa. Abre la puerta y ¡Oh, sorpresa! Ahí estaba el Fénix, del otro lado del asiento, mirándole. Tras unos segundos en shock, unas palabras de su madre le devolvieron la cordura. Subió al auto con cuidado de no aplastar al ave, más por su bien que por el de ella. El camino siguió sin más incidentes, sólo con el ave ahí, mirándole fijamente. El terror que sentía… Indescriptible.

Y así pasó sus días durante una semana entera: A donde quiera que fuera, el ave le observaba desde cerca. En la noche no podía dormir, no tanto por su presencia, sino por la constante iluminación que encandilaría a cualquiera. No emitía sonido, no comía, no bebía, no nada: el ave simplemente le miraba. Su mente se fue deteriorando con rapidez… Empezó a no importarle lo que los demás pensaran. Empezó por murmurarle; luego, por hablarle, llorar ante ella, gritarle, lanzarle objetos. En su locura, la madre no tuvo opción más que enviar a su hijo a una institución mental. 

Y su locura seguía en aumento, a pesar de los tratamientos. Le colocaron una camisa de fuerza, siendo que se le consideraba peligroso. Y seguía insultando al ave, profiriendo maldiciones que sólo confirmaban a los psicólogos su estado mental grave. 

En una ocasión, consiguió ponerse de pie a pesar de la camisa. ¿Qué fue lo que hizo? Simplemente corrió hacia el ave, que le miraba de un rincón, y se abalanzó sobre ella, aplastándola y rompiendo su cuello. Era feliz. Al fin, feliz. Aquella criatura que le atormentaba… Ahora, yacía inmóvil, sus llamas apagadas, muerta al fin. Se las arregló para recostarse en el suelo, de espaldas, lejos del cuerpo del ave que se convertía lentamente en cenizas. Y rió de felicidad; ¡Por fin, libre! Ya todo sería normal. ¿Un final feliz, dices? Bueno…

Sí, ya todo hubiera sido normal… Pero entonces, un ruido extraño, gutural, surgió de aquellas cenizas. Miró confundido, y luego aterrado, cómo el fénix surgía como un horrendo feto y crecía, su plumaje volvía, y finalmente, sus llamas volvían a encenderse, dejando allí a un ave exactamente igual a la anterior, parada sobre las cenizas. Una voz extraña sonó en ese momento en su cabeza, mientras el ave escapaba, atravesando una pared. 

“Está bien, me iré. De todos modos, ya nadie te creerá. Jamás.”


Via Creepypastas


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