Dios nos odia a todos

A Nietzsche

 

¡Es que ya no lo soporto! ¡No, realmente no lo soporto! Llamadme inepto, ingenuo, idiota o alguna palabra que comience con i, pero simplemente soy incapaz de comprender como es que aquellos desahuciados recurren a Dios –si es que acaso existe dicho barbudo hipócrita.- en lugar de la muerte, como yo mismo haré en pocos minutos. Seguid mi ejemplo, almas en pena, y os prometo que no se desilusionarán.

No soy incubador de los valores del cristianismo barato que hoy en día nos venden. ¡No, señor! ¡No lo acepto! ¡No lo comprendo! ¿Ser buenos con aquellos que tanto daño causan? ¿Permitirías entrar en tu casa al asesino de tus hijos y al violador de tu esposa, aquel que te saqueó y que más tarde te escupió en la cara, solamente porque horas más tarde se confesó frente a un hombre vestido de negro que posiblemente persiga la avaricia y la lujuria? ¡Pero, por favor! No os pido que cambies de parecer, solamente exijo una explicación a un comportamiento tan sumiso. A ustedes, necios de la Iglesia, os reclamo la respuesta, y espero que sea una racional, sin recurrir al plan de Dios o a parloteo similar.

Enseñad valores que nos convierten en rebaño. Nos obligáis a ser rebaño y disfrazad vuestras ruines intenciones prometiendo un paraíso –paraíso que ha sido nuestro desde el comienzo de los tiempos.- que nadie, salvo aquellos que ya no pueden hablar u opinar, conoce. Habláis de fe, de creer, de confiar, pero lo más seguro es que hemos matado el barbudo de tanto confiar y creer en su plan divino. Está muerto, he dicho, y como Nietzsche dijo, nosotros le dimos muerte y ahora sólo nos aferramos al cristianismo, a Sócrates, a Platón y a su mundo racional y sus conceptos y metáforas que llaman, con seguridad, verdades. Somos el rebaño sin pastor, que nos inventamos ídolos para no caer en la libertad, en los nuevos valores y en la evolución.

He vivido, desde que nací, como un joven sumiso a las declaraciones que me daba el mundo. «¡Haz esto!» Me decían, y yo lo hacía. «¡Cree en esto!» Me decían, y yo creía. «¡Calla!» Me decían, y yo callaba. Pues ya no más. He soportado suficiente dolor, he navegado por los mares de la ebriedad y la duda, y he llegado a la tierra de la lucidez, donde planeo quedarme y donde planeo que todos vosotros se asentéis.

Muchos han intentado golpearme en la cara para que aleje esta idea de mi cabeza. Se niegan a aceptar que alguien tenga ideas tan torcidas como yo las tengo, y otros más me señalan con el dedo y se atreven a llamarme loco. Puede que esté loco, pero no soy idiota ni tampoco necio. He visto la verdad, la he entendido y la he adaptado a mi nueva realidad, a mis nuevos valores. Ya no me dejaré dominar por nadie, ni por nada, ni por seres que no existen. Aquellos que me tachan de loco son los dominados, los ineptos y los que se aferran en valores muertos, carentes de sentido en un mundo impredecible como las olas del mar o el aleteo de una mariposa.

He soñado con el más allá, y mi sueño estuvo vacío. He soñado con el infierno, y cuando creí que estaba dormido en realidad estaba despierto. No, hermanos, no soportaré más golpes en la cara y tampoco toleraré idiotas. Allá ellos, allá aquellos que se niegan a vivir, a abrir los ojos. ¡Al diablo con todos ellos!

He conocido el amor, y lo he experimentado, para que luego simplemente descubra que fue una gran farsa. Mentiras dan a sus propios compatriotas, que solamente buscan una felicidad. La felicidad, he de decirlo, reside en cada uno de nosotros, y cada vez que traicionan, mienten, engañan, dañan la felicidad dentro de nosotros. Y eso, hermanos, es suficiente para entender lo perdidos que estamos. Nos aferramos a valores falsos que ni siquiera respetamos. Abrid los ojos, hermanos, se los ruego. Se los ruego por el amor Dios. ¡Palabra malsana! ¡Estúpido egocéntrico Creador! ¡Te maldigo a ti, que resides más allá de todo lo que existe, por darme vida, darme conciencia y no darme el poder para hacer algo! Heródoto tenía razón.

Termino esta carta, y con ella termino mi vida. Encontrad mi cadáver sobre esta mesa y tirarlo al río si os hace gracia mi carta. Observad atónitos mi sangre, y si tenéis ganas, lamedla. ¡Bebed de mi sangre, he dicho! ¡La sangre del superhombre del que tanto habló Nietzsche! Libérense del rebaño, disfruten la vida y cread nuevos valores para adaptarlos a vuestra realidad, hermanos míos. Si esta vida se repite siempre, si vivimos en un bucle infinito de tener que repetir nuestras vidas, ¿no les gustaría vivir siempre felices? ¡Entonces háganlo! ¡Empiecen ahora!

Pues hoy, esta noche, os doy una gran verdad. Dios no ha muerto, hermanos míos. Aquel barbudo con brillo nocivo no ha muerto, y todavía descansa en su trono riéndose de nosotros, de nuestros falsos valores y de nuestras falsas verdades. No se arrepiente de habernos creado, seguramente, pues jamás esperaría que nunca que su creación le diera tanta gracia y le diera tantas risas. A veces, incluso, se arrepiente de habernos creado, pues seguramente le damos vergüenza. No nos ama, no. Él se ríe de nosotros, de nuestros fracasos, de nuestras mentiras y de nuestros falsos ídolos que perseguimos por el miedo a los nuevos valores y nuestra fobia a la evolución. Pues hoy, esta noche, os doy una gran verdad; Dios nos odia a todos.


Via Creepypastas


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