Días lluviosos

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Mi abuelo siempre me enseñó a temerle a los días lluviosos. Me contaba historias acerca de Redvark, la prisión local de máxima seguridad. Decía que ahí encerraban a los criminales más violentos. También decía que algunos eran tan peligrosos que no se podía confiar en encerrarlos en celdas normales y mejor los encadenaban a las paredes de piedra.

Me recordaba acerca de los días lluviosos y las tormentas nocturnas. Me explicaba cómo era que la lluvia debilitaba la roca, y algunos de esos hombres podían escaparse de sus cadenas. Me mostraba recortes de periódicos donde se revelaban noticias sobre los escapes. Había siempre unos cuantos cada año y mi abuelo me decía que siempre coincidían con días de lluvia.

Algunos prófugos escapaban hacia vecindarios cercanos intentando esconderse en los garajes o en los sótanos de las personas. A veces entraban a las casas. A veces hacían cosas innombrables con la gente que habitaba esas casas. Nosotros vivíamos a 8 millas de Redvark y en los días lluviosos mi abuelo me recordaba esto.

Solía decirme que en días lluviosos era mejor que me quedara en mi cuarto, asegurara mi puerta, pusiera algo de música, tomara una historieta y dejara a mi mente divagar. Hasta me enseñó cómo convertir mi closet en una fortaleza de la soledad. Solo arrojaba una cobija y un par de cojines dentro.

En mi closet tenía una caja de historietas y un baúl lleno de golosinas. Mi abuelo me sugería que me encerrara en el closet cuando llovía. Y yo me sentaba a escuchar música con mi walkman, hojeaba algunos libros o simplemente me acomodaba en los cojines y me dormía. Me sentía seguro en mi closet. Además de que disfrutaba las horas que pasaba ahí en los días de lluvia.

Solía advertirme que cuando escapaban, los convictos de Redvark generalmente lastimaban a la gente que se topaban en su escape. Si llegaban a irrumpir en una casa y por casualidad había una familia en la sala viendo TV, ellos atacaban. Me decía que si un prisionero llegase a nuestro vecindario y entrara a nuestra casa, yo estaría seguro siempre y cuando me quedara en el closet. Era virtualmente imposible que me encontrara en mi escondite. Así me sentía seguro en mi closet en los días de lluvia.

Pero mi abuelo desapareció un día de junio. Yo vivía solo con él, ya que mis padres habían muerto años atrás. Mi abuelo desapareció y yo tuve miedo de llamar a la policía. Sabía que si algo le hubiera pasado, la policía me llevaría a un orfanato. Yo no quería vivir en un orfanato yo ya tenía una casa. Por eso no le conté a nadie de su desaparición por una semana. Sabía donde guardaba mi abuelo algo de efectivo. Así que no tuve que lidiar con problemas de comida.

Unos 8 días después de su desaparición nos dejaron salir temprano de la escuela. Decían que se avecinaba la tormenta del siglo. Truenos, relámpago y lluvia torrencial toda la noche. La lluvia era tan fuerte que las calles principales se inundaron. Yo me encontraba en mi pequeño escondite cubierto con una cobija. Los truenos resonaban afuera. Tenía miedo, no por la tormenta, pero por lo fácil que era para alguien escapar de Redvark en una tormenta de esta magnitud.

Poco después se fue la luz. Estaba en el closet en medio de la oscuridad. Me puse a escuchar música en mi walkman. Unas horas después, la música se distorsionó. Minutos más tarde se detuvo por completo. Las baterías se habían terminado. Estaba envuelto en oscuridad y silencio. La luz no había regresado todavía. De pronto, el silencio fue roto por un sonido a la distancia. Lo ignoré al principio pero su insistencia me hizo ponerle atención. Era como si rascaran en el piso de abajo. Por unos instantes me negué a salir, pero al fin decidí asomarme por las escaleras. El sonido se escuchaba todavía. Bajé las escaleras y me dirigí hacia la cocina. Ahí me detuve nuevamente. El sonido venía del piso, pero nosotros no teníamos sótano.

Empecé a distinguir más sonidos además del rascar en el suelo. Eran gemidos y quejidos. Caminé hacia la sala donde se escuchaban con mayor fuerza. Salí hacia el corredor principal y tropecé con el tapete. Justo ahí abajo se escuchaban con más fuerza. Retiré el tapete solo para descubrir una puerta con cerrojo en el suelo. No tenía conocimiento de su existencia. Tomé el llavero y comencé a intentar abrir el cerrojo.

Escuché voces calladas: “Ullo. Ebby dare”. No entendía lo que decían. Pero golpeaban fuertemente la puerta. ”Ayuda”, eso sí lo entendí. Rápidamente abrí la puerta y la peor peste que he conocido golpeó mi nariz. Inmediatamente escuché llantos de mujeres y la voz de un hombre llorando: “Gracias, Dios… Gracias, Dios mío…”, mientras otro imploraba por agua para beber.

Los días que siguieron fueron un torbellino de cosas. La policía, los medios y los chismosos rodearon la casa. Nuestro pequeño pueblo de Arizona no había visto semejante cosa. Las noticias de un asesino serial enervaron a la población. La prensa estaba implacable. La policía tenía millones de preguntas.

“¿Dónde está tu abuelo?”

Yo no sabía.

“¿Sabías lo que hacía? ¿Le ayudabas a ocultar su secreto?”

No, nunca. Jamás lo haría.

“¿Le ayudabas a enterrar los cuerpos en el jardín?”

No.

“Debiste haberlo hecho.”

No, no hice nada.

“Debiste ayudarle. Un hombre de su edad no hubiera podido excavar en la arcilla dura de Arizona por sí mismo.”

Ahí fue cuando entendí.

“Lluvia”, les dije.

Los policías me vieron con curiosidad.

“¿Qué dijiste?”, preguntaron.

“Lluvia. Él esperaba a la lluvia.”


Via Creepypastas


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