Cuarto blanco

He despertado, no sé cuánto tiempo he dormido pero siento ese sabor en la boca de haber dormido mucho. Levantó la mirada de este extraño lecho en el que me encuentro, no hay mucho que ver más que literas y más literas. Oh ya recuerdo estoy en un campamento.

Levantar la mirada no fue suficiente y me levanté, me decidí a buscar algo de comer, después de todo quien sabe cuánto tiempo dormí. Intentó abrir la puerta de esta gran habitación pero está cerrada, el estrés me invade y empiezo a golpear la puerta con toda la fuerza que he recuperado al  dormir. No fue suficiente.

Ya llevo allí algunas horas y la puerta por fin se abre, el hombre que está allí se asombra al ver un charco de sangre en el suelo, seguro creyó que ensuciaría su lustrosa bata blanca. No es mi culpa el charco de sangre, solo golpeaba y golpeaba con mis brazos e incluso mi cabeza para abrir la puerta.  Odio estar encerrado, realmente lo odio.

El hombre entra a la habitación, no le importó mancharse. Me mira en mi posición actual, de cuclillas temblando sobre un poco de jugo de tomate derramado por mi propio cuerpo. Aquel ser me toma por los brazos tratando de estabilizarme pero mi temor sigue y sigue. Al parecer estamos caminando por pasadizos que parecen eternos. Todo es tan blanco que empaña mi vista.

Gabriel Schmitz, El cuarto blanco

Al fin llegamos a una habitación, creo que seré bien atendido por la cantidad de seres que están allí, todos son tan blancos, creo que son ángeles. Uno de ellos se me acerca, tiene un hermoso rostro pero sin embargo hay algo en el de color rojo que me molesta. El ángel me quita la ropa manchada con el jugo y me pone una chaqueta. Al parecer está algo ajustada pues no podía mover mis brazos, trato de decírselo pero notó algo diferente en su rostro, creo que es ese algo rojo, está formando un arco. Tengo miedo.

Sigo sin poder mover mis brazos pero ya abandonamos ese cubículo donde estaba yo con los ángeles, al parecer me llevan a un nuevo hogar.

Llegamos a ese lugar del que tanto hablaban, decían que era perfecto para mí y lo creo, después de todo son ángeles. Me ponen allí, y se van, trato de seguirles pero un enorme muro aparece delante de mí. Trato de golpearlo pero recuerdo que no puedo mover mis brazos así que lo hago con mi cabeza.

No tiene efecto, todo es tan suave que no puedo hacerme daño con él, creo que es un mundo de gelatina. Estoy encerrado de nuevo.


Autor: unicorn


Via Creepypastas


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