Carretera secundaria

¿Estamos perdidos? *Le dijo Irene Buitrago a su esposo desde el asiento del copiloto con aire autoritario y despectivo*

-¡No estamos perdidos! *Respondió Gabriel molesto y estresado* Además, fuiste tú la que estaba molestándome desde que salimos de La Dorada por que no querías llegar de noche.

-¡Pero no te pedí que te metieras por esta trocha! Ya llevamos mucho tiempo aquí, acepta que estamos perdidos *miró el reloj de su mano* además ya es imposible que lleguemos a tiempo, nos vamos a perder el comienzo del desfile.

Gabriel la ignoró, su matrimonio de más de 30 años ahora se estaba derrumbando. Tenía la vaga esperanza de que el viaje a Victoria podría reconstruir su matrimonio, después de todo, allí se habían conocido.

Irene estiró su mano y encendió la radio, ésta de inmediato empezó a emitir estática hasta que se detuvo en una emisora.

“¡Alabado sea el señor Jesucristo, todos los problemas del mundo son nuestra culpa!, Debemos empezar a cambiar por el amor del padre celestial, ¡Depende de nosotros…!”

Irene cambió de emisora y volvió a emitir estática hasta volver a detenerse en la misma.

“¡…Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa!, Oren unidos, hermanos. ¡Sólo el amor podrá…!”

-¿Es enserio, es la única emisora? *dijo ella apagando la radio* tiene que ser una broma.

Creí que te gustaban esas cosas *respondió Gabriel sin apartar la vista de la carretera de tierra y piedras que dejaba una nube de polvo detrás del Sedán*

Pues se nota que debes conocerme muy bien, Gaby *dijo en tono sarcástico, Gabriel guardó silencio. Se escucharon unos truenos en la lejanía, pero los grandes árboles que se cernían sobre la carretera no les permitían ver el cielo*

Parece que va a llover *Dijo Gabriel en voz baja y esperando que Irene no saliera con uno de sus comentarios hirientes y despectivos*

¿Cuánto falta para llegar? *Dijo Irene*

No lo sé, sólo espero que no nos alcance la noche antes de llegar, * Pudo ver un rayo* y mucho menos la tormenta… y sí que será una buena tormenta.

Le dijimos a Marlene que llegábamos para la cena, no quiero quedar mal con ella *dijo sacando su celular del bolso* La voy a llamar para avisarle que puede que nos demoremos.

La carretera cada vez empeoraba, ahora prácticamente estaban conduciendo sobre piedras, así que tenía que ir despacio. Sólo quería que su Chevrolet Sedán resistiera hasta que llegaran a Victoria.

No tengo señal *Dijo Irene guardando nuevamente su celular* préstame el tuyo a ver si sirve.

Está en la guantera *Dijo Gabriel*

Irene estiró la mano y abrió la guantera, sacó el Smartphone de Gabriel.

¿Tiene contraseña? *Preguntó en un tono muy alto*

Sí, ya te la di… *Dijo Gabriel*

¿Por qué tiene contraseña, ah? estaba realmente enfadada, aunque para Gabriel, parecía que a ella le encantaba hacerse notar con sus gritos ¿Qué tienes que ocultarme? ¿Me estás engañando, es eso?

No, yo sólo…

-¡Cállate, no quiero hablar más contigo! *Interrumpió y puso fin a la discusión*

Gabriel conducía irritado, sin apartar sus ojos de la carretera y agarrando fuertemente el volante. Era el colmo, ¡se había aguantado a Irene desde hacía más de veinte años! La había amado desde el momento en el que su primo Julián los presentó en el parque principal de Victoria, se habían mudado juntos hasta la capital del departamento para tener una vida mejor, poder criar una familia y ser muy felices. Qué lástima que nada saliera como lo esperaban, Irene había tenido el descaro de culparlo por la muerte de su hijo cuando apenas tenía 11 años. ¿Qué culpa tenía él?, había muerto por Leucemia, Gabriel había hecho hasta lo imposible por tratar de salvarlo, ella solamente se sentaba a llorar. Cómo si eso pudiera arreglar las cosas. “oh claro pensó esa es tu respuesta a todo, ¿verdad? Hacerte la víctima y culparme de todo lo que se te pasa por esa maldita cabeza”.

Una mariposa negra impactó contra el parabrisas y manchó una pequeña parte de él, *Gabriel encendió el limpiaparabrisas* y las entrañas de la mariposa se restregaron por todo el cristal. Perfecto, ahora todo estaba empeorando.

Miró a su esposa, estaba con la mirada fría y despectiva hacia el vacío, era la mirada típica de ella. Pero ¿dónde estaba la bella dama de la que se había enamorado?, cuando la conoció tenía una larga y hermosa cabellera castaña, un cuerpo deslumbrante y una personalidad arrolladora; ahora tenía cabello al cuello tinturado de rojizo, había aumentado muchísimo de peso y era la persona más amargada y problemática que conocía, pero aún así la amaba (a su manera, eso está claro).

El Chevrolet Sedán pegó un brinco e impactó contra algo bajo él. El auto frenó en seco y levantó una nube de polvo, Irene pegó un grito ahogado y fulminó a Gabriel con la mirada.

-¿Ahora quieres matarnos, qué mierda estás haciendo?*le reclamó ella mascullando mientras él bajaba a ver qué había pasado* ¡qué bien, ignórame! *Respondió al ver que él ya no le prestaba atención*

La llanta frontal se había salido de su eje al chocar con una gran roca y el rin estaba partido en pedazos, no podría sacar el auto de ahí. Había quedado entre una pendiente y una subida, de cierta forma se encontraba en lo más bajo de una “V”.

Volvió a la cabina y se sentó en la silla del conductor, se frotó las sienes y cerró los ojos mientras Irene se limitaba a mirarlo y luego dijo:

Bueno, ¿no me vas a decir que pasó, cariño? *Ahora tenía un tono más suave*

La llanta está destrozada y el carro quedó atascado *Dijo sin abrir los ojos* No sé qué vamos a hacer.

¿Y qué esperas para llamar a seguridad? *Dijo ella pasándole el celular por el que habían discutido hace unos minutos. Gabriel lo tomó y encendió, en la parte superior se podía leer “Sin servicio”.

Tampoco tengo señal *Dijo metiéndose el celular al bolsillo*

¿A cuánto estamos de Victoria?

No lo sé, pero debemos estar a unos tres o cuatro kilómetros de la carretera principal, podríamos caminar hasta allí y pedir ayuda.

¡Ni loca! *Respondió inmediatamente* ¿No ves qué hora es?, si salgo a caminar los Jejenes me comerán viva. Y quién sabe, me podría dar una de esas enfermedades del Chikungunya o algo.

Los Jejenes no transmiten el Chikungunya…

Tú sabes a qué me refiero, no trates de hacerte el listo conmigo cielito.

Una mariposa negra entró por la puerta aún abierta de Gabriel y se posó sobre el volante, él la espantó con sus dedos.

De todas formas *dijo él* tendrás que bajar las ventanillas, a menos de que quieras cocinarte en este calor, ¿acaso eso quieres “cielito”? *imitó el mismo tono de ella y estuvo a punto de reírsele en la cara, pero sabía que ella le terminaría dando una bofetada tan fuerte en la que los ojos le terminarían en el trasero*

Usaré el aire acondicionado. No soy tonta.

¿Gastarás toda la batería sólo por eso?, tenemos repelente en la cajuela. No querrás que nos quedemos varados aquí toda la noche sólo por un capricho tuyo.

Estaré bien *Dijo con seguridad* y procura no causar problemas con nadie.

No sé cuánto me tardaré, también hay comida y agua en la cajuela, y por favor, no gastes toda la batería. Ah, y tranquila, no vi ninguna casa en la carretera así que es imposible que cause problemas antes de llegar a la carretera principal.

De acuerdo, ya me quedó claro.

Gabriel bajó del carro y abrió la cajuela, sacó una linterna, un paraguas y una botella de agua a la mitad. Luego volvió a la cabina.

Volveré lo antes posible *Dijo mirándola a los ojos*

Adiós *Dijo ella esbozando una sonrisa forzada* Su intención no era que le creyera la sonrisa, pero él le devolvió el mismo gesto forzado para que ella entendiera que él también la detestaba.

Gabriel empezó a caminar sobre las rocas en dirección a la carretera principal, entendía que él tenía parte de la culpa por esto. No debió atravesar una carretera que no conocía, y menos una tan extraña.

Hace dos horas, los dos estaban comiendo en una heladería de La Dorada, Irene no dejaba de apresurarle para que llegaran lo antes posible a Victoria y en ese momento, un hombre alto y de aspecto demasiado elegante para ser del pueblo se les acercó. Le había dicho que conocía un atajo para llegar a Victoria. “la carretera está un poco maltratada, pero se ahorrarán cuarentaicinco minutos y además no tendrán que pasar por el peaje. Sólo tienen que tomar la primera desviación que vean después del río, está cerrado por una puerta de madera, pero es para que los caballos y el ganado no pase por ahí”. Las palabras del hombre no habían convencido a Gabriel, pero cuando vio el acceso a la carretera secundaria mientras conducía decidió entrar por allí, ahora estaba más que arrepentido por haberlo hecho, y no era por estar allí aún así alguien los encontraría sino por estar atrapado con Irene “oh, Irene pensó ¿Cuánto me cobras por quedarte callada cinco minutos?”

-¡Mierda!- dijo en voz baja mientras sentía como el sol le quemaba la nuca y la espalda- ¡qué calor!

Pensaba en lo que pasaría luego; llegaría a la ruta 45, como es tan concurrida podría encontrar a alguien que le ayude a sacar su carro de allí o a llamar a su compañía de seguros para conseguir una grúa. Luego, llegarían a Victoria en la noche, Irene le estaría alegando todo el fin de semana por haberse perdido el desfile de Halloween del pueblo. Luego volverían a la ciudad y esperaría con los dedos cruzados que su matrimonio no terminara de destruirse (y ella terminara llevándose el Sedán). Él estaba haciendo todo lo posible, pero con Irene era algo difícil, sus amigos pensaban que su temperamento se debía a la menopausia, pero se había vuelto así desde que su hijo Martín había muerto hace 9 años.

Los truenos se oían cada vez más cercanos, el viento empezaba a mover las copas de los árboles de un lado a otro, permitiéndole ver las nubes tormentosas que se tragaban el brillante cielo azul. Las nubes alcanzaron el sol y lo cubrieron, la temperatura empezó a bajar rápidamente mientras la tormenta se acercaba.

Irene estaba sentada en su asiento, estaba muy enfadada. Gabriel se estaba volviendo todo un inútil, ¿por qué tuvo que meterlos por esta trocha? Él muy bien sabía que el Chevrolet Sedán no aguantaría nada de esto. Bien hubiese podido seguir la ruta 45 hasta llegar al “Cruce a Victoria”. Aún así, ¿para qué quería que fueran hasta ese pueblo?,  ella había fingido emoción para no hacer sentir mal a Gabriel, había llamado a Marlene- su  antigua vecina y amiga de la infancia- y ésta había quedado más que feliz de que fueran a visitarla. No había ido al pueblo desde hacía años, ¿quién querría visitar un apartado pueblo en el límite de caldas y Tolima? Nadie a menos que sea un fotógrafo, un escritor, artista, o lo que sea. Pero ella no era nada de eso, ella era un ama de casa que vivía en la civilización, y aunque vivía con el inútil de Gabriel, era de cierta forma feliz.

Una mariposa se posó sobre el parabrisas, a un costado de las entrañas restregadas de la otra mariposa por el limpiaparabrisas. Irene observó con inquietud la mariposa, nunca había visto a una igual hasta ese día, su color era el negro más negro que había visto antes, y de seguro el último que volvería a ver; era como si fuese un agujero negro con alas que se tragaba toda la luz y sólo dejaba apreciar su silueta. Se vio un resplandor seguido de un fuerte trueno, Irene pegó un brinco pero la mariposa se quedó quieta en su sitio. Otra mariposa negra se situó en el extremo superior izquierdo del parabrisas, seguida de otras dos. ¿De dónde estaban saliendo?

Otras cuatro cubrieron la ventanilla del lado del conductor, y poco a poco, el exterior del auto empezó a cubrirse de mariposas negras. El interior del Sedán se empezó a oscurecer e Irene entró en pánico, el motor del aire acondicionador empezó a emitir un rugido- como si estuviese triturando algo- y acto seguido, un fino polvo negro salió por las rejillas de ventilación. Irene apagó el aire acondicionado poniéndole fin al rugido y al polvo negro, estiró su cuerpo hasta el volante con la intención de tocar la bocina para espantar a las mariposas.

Al llegar al pequeño botón al costado del volante, lo presionó con fuerza y el auto empezó a sonar, las mariposas se apartaron y el parabrisas se despejó salvo por las entrañas de la otra mariposa, la colonia de insectos se arremolinó a unos seis metros frente al auto y luego se disiparon, dejando al descubierto algo que de lejos parecía una persona, pero no lo era.

Era una criatura alta y escuálida, su piel estaba desnuda y algo lastimada, tenía unas piernas largas y esqueléticas, sus costillas y articulaciones se marcaban sobre la delgada piel con venas negras que surcaban la superficie, sus brazos eran increíblemente largos y tenía unos grandes y largos dedos puntiagudos. Su cabeza era alargada, sus ojos eran totalmente redondos, su pequeña pupila era tan negra como las mariposas, no tenía nariz pero tenía una gran boca sin labios y con colmillos afilados que sobresalían de ella. Parecía que esa boca llegaba de oreja a oreja.

La criatura la miraba fijamente sin moverse, Irene estaba estática en su posición aún estirada y agarrada del volante, tenía la boca tan abierta como una puerta, sabía que esa cosa no podía ser real. Pero sí que lo era. Irene apartó lentamente sus brazos y regresó a su posición normal, emitiendo leves gemidos aún con su boca completamente abierta, luego empezó a gritar llevándose las manos a la cara. Volvió a estirarse pero ésta vez subió al asiento del conductor y cerró con seguro todas las puertas, no sabía qué hacer ahora, Gabriel debía estar demasiado lejos como para oír sus gritos. Ella se trasladó hasta los asientos traseros y se sentó en posición fetal sin dejar de gritar. Las primeras gotas de lluvia empezaron a caer sobre la carretera, la lluvia aumentaba tormentosamente y caía sobre la criatura que seguía inmóvil mirando a Irene. El parabrisas empezaba a empaparse y el interior del vehículo se llenaba de las sombras de las gotas deslizándose por las empolvadas ventanas.

Gabriel ya llevaba caminando un buen rato, una gota gorda de lluvia cayó sobre su nuca, así que abrió el paraguas. Apenas había recorrido un Kilómetro y medio, Irene debía estar desesperada y no dejaría de irritarlo lo que quedaba del año. Tomó su celular, quería escuchar música pero recordó que Irene había eliminado “accidentalmente” todas sus canciones del itunes, esa era la razón por la que él tenía contraseña en su celular. Sin embargo, cliqueó en la aplicación de radio, el radar cargó por unos minutos y luego salieron dos emisoras locales; Radio Jesús 87.9 y Radio Caldas 109.2, naturalmente, eligió la segunda.

“… con todos los preparativos del desfile, también recordamos a nuestros oyentes conducir con cuidado, recordemos que Halloween es un evento familiar, así que procuremos ser lo más responsables posible. El desfile de disfraces de Victoria empezará desde el cruce de la carrera 6-15 con la calle 17 y terminará en el parque del pueblo, donde habrá una fiesta toda la noche para adultos y jóvenes, los disfraces más innovadores recibirán un premio. Según el centro meteorológico de Manizales, habrá una zona de baja presión atmosférica y precipitaciones cerca de aquí, así que esperemos que la tormenta no nos arruine el desfile de este año. De hecho, se puede ver la gran nube de tormenta hacia el este, entre El Llano y el límite con el departamento del Tolima, dicha nube seguirá hasta la zona rural de Manizales y se dispersará al amanecer, según nos informan, es la tormenta más grande que se ha visto en la región…”

Bueno, al menos ya sabía dónde estaba. Llegar caminando hasta Victoria no era una opción, tenía que conformarse en llegar hasta la ruta 45 y pedir ayuda.

La lluvia aumentaba cada vez más y más, los rayos caían en zonas cercanas, y su visibilidad era de apenas 5 metros. El pantano salpicaba por todas partes con cada paso que daba y el viento empujaba el paraguas con fuerza hacia atrás. Empezaba a anochecerse.

Más adelante, pudo divisar un bulto en el suelo a un costado de la carretera, parecía derretirse con la lluvia y hundirse en el suelo pantanoso. ¿Era una persona?

Al acercarse al punto de estar a 4 metros de él, pudo ver con horror de qué se trataba. Era una criatura espantosa, algo que no hubiese podido imaginar ni en su peor pesadilla; el torso no tenía piernas, le salían dos brazos en cada costado de su abdomen y fuera de eso, tenía otros dos en la posición normal -los brazos que parecían más bien patas pese a la posición en que estaban- sostenían el abdomen de la criatura unos cuarenta centímetros del suelo –aunque era imposible calcular cuánto medía, ya que se estaba hundiendo en el creciente pantano. Su cabeza era lo más aterrador de todo, tenía una gran mandíbula alargada, no tenía ojos ni nariz y tenía una protuberancia en lo alto de su cabeza que parecía un sobrero hecho de su propia carne. Parecía una araña humana, pero peor.

Gabriel retrocedió lentamente con sus ojos abiertos de par en par, su corazón le latía fuertemente y su cuerpo se ponía débil por el miedo. Tropezó con una piedra y cayó sentado sobre el pantano, soltó su paraguas y el viento rápidamente lo elevó hasta que el artefacto terminó enganchado en las ramas de los árboles a cinco metros sobre él. La araña humana emitió un chillido ensordecedor y se apresuró hacia el origen del ruido. Él se puso de pie y corrió en dirección hacia su carro accidentado.

Irene seguía sollozando mientras la criatura continuaba de pie frente al auto, ella sólo podía ver la silueta de esa cosa por la lluvia que chocaba constantemente sobre el parabrisas y arrastraba las entrañas de la mariposa hacia el suelo. El agua pantanosa bajaba por ambos sentidos de la pendiente y se estancaba justo donde estaba el Chevrolet Sedán, ahora el agua turbia y espesa llegaba a la altura de las llantas y seguía subiendo.

Tenía miedo de salir y correr, tenía miedo de quedarse y ahogarse, tenía miedo por lo que podría pasarle a Gabriel, tenía miedo por todo.

Pudo ver su bolso recostado en el suelo del asiento del copiloto y se agachó para tomarlo, rebuscó su celular entre sus cosas, lo encontró y se levantó. Lamentablemente seguía “sin servicio”, lo bajó y dirigió la mirada hacia donde estaba la criatura, pero ya no estaba.

Un escalofrío recorrió su espalda, su corazón se aceleró y una lágrima Salió de su ojo izquierdo. Miró en todas direcciones y vio a la criatura a centímetros de la ventanilla trasera izquierda. Sus ojos redondos seguían sin parpadear, una lengua larga, roja y asquerosa salió de su boca y lamió el cristal, dejando libre de gotas de lluvia por el trazo de su lengua, luego la guardó y sonrió con sus horribles colmillos.

Irene gritó más fuerte que nunca, cayó al suelo y se arrastró hasta la puerta trasera, sintió algo en su espalda, lo agarró con su mano y notó que era un cuchillo de punta redonda, con el que habían cortado los mangos unas horas antes.

Nunca había visto tantos mangos desde que se había ido a la ciudad, recordó cuando salía con Gabriel en época de cosechas y cortaban los frutos para llevarlos a casa. El hecho de que Gabriel se detuviera con ella a revivir esos momentos había sido un gran gesto de amor.

La criatura estrelló su cabeza contra el cristal y éste estalló en pedazos, luego metió sus brazos alargados y esqueléticos a la cabina. Sus dedos puntiagudos agarraron la pierna derecha de Irene y se clavaron en ella, Irene gritó de dolor y con la otra pierna pateó el brazo de aquel monstruo, pero él no se retiraba y seguía encarnando su pierna.

El abdomen de la criatura empezó a entrar a la cabina, Irene entró en pánico y trató de apuñalar a la criatura en el ojo, pero ésta abrió su gran boca y le mordió la mano, tragándose el cuchillo, su dedo anular y desgarrando su meñique. Irene pateó la cara de la criatura y el tacón de su bota se clavó en uno de sus ojos. La criatura le soltó la pierna e Irene abrió la puerta detrás de ella con su mano sana, la lluvia empezó a entrar a la cabina y ella se arrastró de espaldas hasta el suelo, pero no la recibió el suelo. Cayó sobre el pantano y el agua turbia, su cabeza se sumergió y salió de nuevo a la superficie.

Irene se puso de pie con dificultad y sin mirar atrás, corrió en dirección por donde vio irse a Gabriel.

Ahora era de noche, la araña humana se había perdido en la oscuridad, Gabriel sujetaba fuertemente su linterna y cada diez segundos caía un rayo que iluminaba todo.

-¡GABRIEL!- gritó una voz familiar en la lejanía, Gabriel se paralizó y forzó sus oídos a escuchar, pero la lluvia se lo impedía. Debía estar a medio kilómetro de su auto, pero no sabía que pasaría al llegar. Irene nunca le creería que una araña o lo que fuera esa cosa lo había estado acechando, ella le gritaría por tener que pasar la noche en un auto atascado en medio de la nada.

Vio la silueta de una mujer caminando con dificultad hacia él, un rayo iluminó su cuerpo ensangrentado y obeso tropezando con las piedras de la carretera. Era Irene.

-¡GABRIEL!- gritó ella con su más profundo aliento, sosteniendo su mano desgarrada con la otra, la sangre se escurría por sus piernas y se dispersaba con la lluvia. Gabriel corrió hacia ella e Irene se desplomó sobre sus rodillas. Él la tomó de los hombros y le ayudo a ponerse de pie.

-¡Irene, Dios mío!- exclamó al ver su mano destrozada- ¿qué te pasó?

-¡Tenemos que irnos!- gritaba- ¡Gabriel, tenemos que irnos de aquí ya!

-Está bien, está bien. ¡Pero dime qué te paso!

-¡Es una bestia, trató de matarme!- empezó a llorar entre sus gritos, pero sus lágrimas no se veían por encima de la lluvia- ¡Viene hacia acá, Dios mío!

-No podemos ir hacia la carretera principal- dijo él tratando de controlar la situación- hay una cosa muy rara hacia esa dirección, tenemos que volver al carro.

Creyó que era imposible convencer a Irene, pero estaba tan asustada que accedió. Nunca la había visto así, estaba aterrorizada, horrorizada. ¿Habría visto lo mismo que él?, ¿Qué estaba pasando?

Él la rodeó con su brazo y le ayudó a caminar hasta ver el auto a unos 6 metros delante de ellos. Ahora estaba sumergido en el pantano hasta la mitad de las ventanillas, no había ninguna forma de entrar en él. ¿Estarían muy lejos de Victoria? Deberían probar suerte e intentarlo, quería salir de allí pero no quería ver a la araña otra vez.

-¿Qué vamos a hacer?- lloró Irene en voz baja, casi susurrando- Él vendrá por nosotros.

-Caminaremos hasta Victoria, no dejaré que nada te pase. Te lo prometo.

-¡Papá, mamá!- gritó de nuevo la voz familiar, ahora Irene también la había oído.

-¿Martín?- respondió ella con la mirada aún más perpleja. Era imposible que fuese Martín, él estaba muerto. Sin embargo, todo lo que estaba pasando esa noche era imposible- ¿Martín, dónde estás?

-Mi amor, tienes que calmarte- dijo él mirándola a los ojos y sosteniéndole los brazos.

Un rugido siniestro se oyó tras ellos, cuándo voltearon a ver, una criatura parecida a un perro pero con cara de cerdo y colmillos desorbitantes apareció a 15 metros de ellos. El animal empezó a bramar hacia ellos mientras se ponía en posición de ataque. Junto a él, un ser esquelético y alto con un ojo ensangrentado y el otro negro fue iluminado con un rayo. Irene empezó a llorar más fuerte mientras Gabriel la abrazaba con fuerza.

-¡Papá, mamá!- gritó la voz- ¡Tienen que salir de ahí!

-Vete- le dijo Gabriel a ella sin dejar de mirar a las criaturas frente a ellos- yo los distraeré, tienes que correr tanto como puedas, trata de llegar al pueblo o escóndete en algún lado.

-No puedo correr- lloró

-Sí que puedes. Escúchame, te alcanzaré pronto.

Irene se dio media vuelta y empezó a trotar mientras tropezaba con todo lo que se encontraba, el agua entraba en sus zapatos y los rayos le permitían ver el contorno del camino. Corrió y corrió, mordiéndose la lengua del dolor hasta llegar a un grupo de autos; un Renault Clio  rojo, un Chevrolet Monovolumen azul y una furgoneta negra a un costado de la carretera.

Irene cayó de bruces al suelo al tropezar con una piedra hundida en el pantano, se puso de pie y golpeó las ventanas del Clio esperando que alguien saliera a ayudarla. Gritó y gritó hasta que notó que el Monovolumen no tenía el seguro puesto. Entró en él.

Al principio no notó el olor, ya que la agitación que tenía y el olor a pantano era suficiente para bloquearle las vías nasales. Se quedó allí un par de minutos, paralizada, con la mirada hacia el suelo, viendo como las gotas de sangre caían de sus manos y piernas y eran absorbidas por la alfombra.

La radio se encendió de repente, emitiendo un leve zumbido.

“…Y la muerte cayó sobre los hombres, los cielos se tornaron negros y las bestias del infierno caminaron sobre la tierra…”

-Mamá- susurró una voz detrás de ella. Irene pegó un salto y miró hacia atrás. Quedó horrorizada al ver cuatro cuerpos en descomposición en los asientos traseros, los cuerpos estaban destrozados y llenos de moscas, pudo sentir por primera vez el olor. Quiso gritar, pero su garganta estaba paralizada.

-¡MAMÁ!- gritó la voz ahora a su lado, y lo pudo ver por fin. Martín estaba sentado en el lugar del copiloto, con su cabeza rapada por la quimioterapia, su piel pálida y azulada y en una bata de hospital. No lo podía creer, ¿estaría soñando?

-¿Ma…? ¿Martín?- preguntó con un hilillo de voz- ¿eres tú?

-Mamá, tienes que salir de aquí.

-¿Qué está pasando?

-Mira- dijo señalando frente al auto. Ella miró, vio un caballo calvo, muy enfermo y ensangrentado mirándola a los ojos, la Radio volvió a interrumpir.

“…Y escuché una voz en medio de las cuatro bestias. Y vi y contemplé un caballo pálido, y el nombre de quien estaba en él era ‘Muerte’, y el infierno venía tras él…”

Sabía de qué se trataba, su madre siempre había sido muy religiosa. Sabía lo que le había pasado a las pobres personas detrás de ella, y sabía lo que le pasaría ahora. La noche de todas las bestias estaba floreciendo ante sus ojos, esas criaturas diabólicas se alimentaban de las almas de los incautos una vez al año. La noche en la que el infierno caminaba sobre la tierra, en la que el Inicuo caminaba sobre la tierra; poseía y se llevaba a los injustos hasta el Hades. Miró nuevamente a su hijo muerto pero ahora había desaparecido, al igual que el caballo. Tenía que salir de allí.

¿Sobreviviría esta noche, o se la llevarían las cuatro bestias? No era una santa, había sido infiel con Gabriel desde hacía mucho tiempo. Había hecho todo lo posible para que él se cansara de todo y se divorciaran, pero él la seguía amando por sobre todo. Tenía que remediar lo que había hecho.

Tenía hasta que saliera el sol para vencer a sus demonios, luego, el Inicuo llamaría a sus siervos a casa.

Gabriel apareció frente a la ventanilla del auto con la ropa desgarrada y ensangrentada, golpeó la ventanilla con pocas fuerzas y dejó la huella de su mano ensangrentada sobre el vidrio.

Irene le abrió la puerta, ella se pasó al puesto del copiloto y el entró sin decir una palabra, pero haciendo muecas de dolor, luego, tomó el volante y lo apretó con fuerza pero sin hacer nada.

-¿Estás bien?- preguntó ella sin mirarlo, ahora sentía todo lo que había hecho.

-Los distraje- masculló sin mirarla.

-¿qué te pasó?

-No hay tiempo de explicar, esas cosas vienen hacia acá. Ayúdame a buscar las llaves de esta cosa.

-Tenemos que dejarnos ir- dijo ella en voz baja mirando al vacío mientras Gabriel rebuscaba las llaves- es la única salida.

Gabriel encontró las llaves tiradas bajo sus pies, entre las manchas de sangre de la alfombra. Las agarró e intentó encender el vehículo, falló tres veces pero lo logró en la cuarta. El automóvil rugió y sus ruedas se movieron por sobre el pantano, las luces se encendieron y pudo ver más allá de la carretera.

-No hay salida- siguió susurrando ella- debemos dejarnos ir, Gabriel.

-¿Dejarnos ir a donde?- preguntó sin apartar los ojos de la carretera, el parabrisas se llenaba de agua pero las aspas no funcionaban.

-Es la única forma de ir con Martín.

-¿Qué?- ahora se estaba preocupando, no terminaba de comprender que estaba pasando e Irene estaba delirando sin ayudar en nada.

-Siento todo lo que hice- empezó a llorar- lo siento tanto, no sé en qué estaba pensando. Tienes que perdonarme, me diste todo lo que siempre quise y ahora esto está pasando por mi culpa.

-No, no es tu culpa- la consoló- yo fui el que decidió traerte hasta Victoria, fue mi idea atravesar esta carretera.

-Te amo- dijo ella

-Yo más- luego de decirlo, miró por casualidad por el retrovisor y vio los cuerpos putrefactos detrás de él; sonreían mientras salían bichos de las fosas nasales y cuencas oculares.

Una de las bestias salió de un costado de la carretera y arremetió contra el auto, ambos perdieron el conocimiento.

Irene despertó sobre la carretera empapada, con heridas por todo su cuerpo, pero no sentía nada. Tan sólo podía abrir los ojos y contemplar la carretera ennegrecida por las mariposas, apenas estaba amaneciendo y sus ojos no se adaptaban al entorno. Pudo ver a lo lejos el caballo pálido, con la silueta de un hombre tan oscuro como las mismas mariposas, tras él estaba la gran nube de tormenta suspendida en el horizonte. El fin había llegado. Podía oír a lo lejos como la radio del auto funcionaba, pero la transmisión ahora era normal.

“…con una oleada de atrocidades cometidas anoche; hace un par de horas, los miembros de emergencias de Manizales descubrieron una masacre en la zona rural, en el que más de 30 jóvenes asesinados fueron hallados en una cabaña en la que se estaría realizando una fiesta anoche. Sin embargo, el desfile de Halloween de Victoria fue todo un éxito, no se reportaron riñas ni desapariciones. No obstante, en La Dorada y pueblos por los que pasó la tormenta –que aún continúa su curso- misteriosamente se han reportado desapariciones y asesinatos, los servicios de emergencia están saturados…”

Pudo ponerse de pie; hacia el otro lado de la carretera, estaba el sol brillante de la primera mañana de noviembre. Pudo ver su propio cuerpo aún tirado sobre la carretera, cubierto de mariposas y con sus ojos totalmente blancos. El auto estaba destrozado, pero de él salió Gabriel, caminando con normalidad y con su ropa limpia, tras él salieron las personas que estaban pudriéndose en los asientos traseros.

Gabriel pudo ver como su cuerpo estaba aún en el asiento del conductor, mutilado por el accidente. Apenas se podía distinguir su cabello canoso sobre la abundante sangre. ¿Había muerto?

Frente al  brillante resplandor apareció un caballo blanco y su hijo estaba sobre él; portando una corona sobre su cabeza calva y un arco de oro entre sus manos.

Gabriel tomó a Irene de la mano, ambos contemplaron sus rostros viejos y sabios y se dieron un beso. El primero en mucho tiempo.

Caminaron lentamente hacia el caballo blanco mientras se escuchaban gaiteros y trompetas junto a sus oídos, y sus cuerpos sin vida eran arrastrados hacia la tormenta.

Ahora estaban todos reunidos nuevamente, era la única forma de que volvieran a estarlo. Ella sabía que comenzaría un nuevo capítulo, y que ya nada volvería a ser como antes.

¿Eran victimas? Ambos estaban seguros que no, ahora el mundo caería en su segunda era de oscuridad y ellos no tendrían que vivir como todo lo que conocían se derrumbaba y convertía en un infierno. Comenzaba la era de oscuridad.

Nota del autor**

Hola, mi nombre es Juan Grajales y esta es la primera historia que subo. Ésta es parte de una novela que escribí llamada “la calabaza oscura”. Todas las historias son narradas entre el 30 de octubre y 1 de noviembre del 2014.


Via Creepypastas


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